Opinar no es pensar

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Por Fabricio Falcucci.

Nunca fue tan fácil opinar ni tan difícil pensar. No porque falten datos, sino porque la opinión ha dejado de ser un punto de partida para convertirse en un lugar de llegada. Hoy se opina para ocupar una posición, no para comprender un problema. En ese desplazamiento, el pensamiento —con su lentitud, su incomodidad y su exigencia de responder ante los hechos— queda relegado como una práctica prescindible.

La ciencia no nació como consenso ilustrado ni como acuerdo amable entre iguales. Nació como ruptura, como desacato, como insistencia en mirar el mundo tal como se presenta y no tal como conviene que sea. Y esa insistencia tuvo consecuencias brutales. Giordano Bruno fue condenado a la hoguera por pensar un universo infinito, sin centro ni jerarquías garantizadas. No murió por un error empírico, sino por haber concebido un mundo que escapaba al orden simbólico dominante.

Algo similar ocurrió con Galileo Galilei, obligado a abjurar públicamente no porque hubiera descubierto algo falso, sino porque había demostrado demasiado bien. La observación, el cálculo y la experimentación ponían en crisis la autoridad de los textos sagrados y de la tradición aristotélica. El problema nunca fue el telescopio. Fue el método. La ciencia introducía una forma de verdad que no pedía obediencia, sino verificación.

Este rasgo es clave para comprender el presente. La ciencia moderna se constituyó como un saber falible, pero responsable. Francis Bacon pensó el conocimiento como una tarea colectiva, lenta, sostenida en la experiencia y en la corrección de errores. René Descartes propuso una duda radical, no para instalar la sospecha permanente, sino para encontrar fundamentos más firmes. Dudar, en la ciencia, nunca significó relativizarlo todo. Significó exigir razones mejores.

Incluso cuando la ciencia avanzó mediante rupturas profundas —como mostró Thomas Kuhn— esas transformaciones no implicaron que cualquier afirmación valiera lo mismo. Los paradigmas cambian, pero los criterios no desaparecen. Sin reglas compartidas de validación no hay ciencia: solo creencias enfrentadas.

Lo que ocurre hoy es cualitativamente distinto. Vivimos una época marcada por la posverdad. No se trata solo de información falsa o de manipulación deliberada, fenómenos tan antiguos como la política misma. La posverdad designa un clima cultural en el que la verdad deja de funcionar como horizonte normativo. Los hechos no desaparecen, pero pierden su capacidad de obligar.

En este marco, lo decisivo no es si algo es verdadero o falso, sino si confirma una identidad, refuerza una pertenencia o activa una emoción. Jean Baudrillard habló de la sustitución de lo real por el simulacro. En la posverdad, esa sustitución se radicaliza: el hecho es desplazado por su interpretación afectiva, y esta se emancipa por completo de la evidencia.

Zygmunt Bauman describió una modernidad líquida en la que las certezas se disuelven. La posverdad es una de sus expresiones más inquietantes. No porque la ciencia haya perdido capacidad explicativa, sino porque se ha erosionado el vínculo social con el conocimiento. La verdad exige tiempo, confianza institucional y disposición a ser corregido. La opinión exige apenas convicción.

Este desplazamiento tiene consecuencias concretas. El cuestionamiento a la eficacia de las vacunas no surge de nuevos descubrimientos científicos, sino de una desconfianza generalizada hacia toda autoridad epistémica. Décadas de investigación, ensayos clínicos, revisiones sistemáticas y consensos internacionales quedan equiparados a testimonios aislados o teorías conspirativas. No se discuten políticas sanitarias ni márgenes de riesgo: se discute el hecho mismo de que las vacunas funcionen.

Lo mismo ocurre con el calentamiento global. La acumulación de datos sobre el aumento de la temperatura media, el deshielo, la acidificación de los océanos y la frecuencia de eventos extremos es abrumadora. Sin embargo, el debate público se desplaza hacia la negación del fenómeno. No porque existan pruebas alternativas robustas, sino porque aceptar el hecho implica responsabilidades incómodas. La posverdad opera aquí como mecanismo de defensa cultural: negar el hecho permite postergar la acción.

Conviene insistir en una distinción que se borra deliberadamente. La ciencia discute interpretaciones, no hechos básicos una vez establecidos. Puede debatir causas, modelos, márgenes de error, proyecciones. No discute la existencia del fenómeno cuando la evidencia es consistente. Cuando ese piso desaparece, la discusión deja de ser racional y se transforma en confrontación identitaria.

La paradoja es evidente. Nunca tuvimos tanto acceso a información científica y nunca fue tan fácil ignorarla. La opinión se presenta como emancipación, pero funciona como exención. Exime de estudiar, de comprender, de aceptar la posibilidad de estar equivocado. Opinar permite sostener una posición sin atravesar el trabajo del pensamiento.

La historia recuerda, además, que el conocimiento científico no solo fue cuestionado, sino castigado. Michael Servetus fue ejecutado por describir la circulación pulmonar de la sangre en un contexto dominado por dogmas teológicos. Antoine Lavoisier, uno de los padres de la química moderna, fue guillotinado durante la Revolución Francesa. “La República no necesita sabios”, se dijo entonces. La frase resuena hoy de otro modo. No porque se persiga a los científicos, sino porque se los desautoriza simbólicamente.

Defender la ciencia en este contexto no implica idealizarla ni desconocer sus errores, sesgos o vínculos con el poder. Implica defender algo más elemental y más frágil: la idea de que el mundo existe con independencia de nuestras creencias y que conocerlo exige procedimientos públicos, discutibles y revisables. Implica defender la diferencia entre hecho e interpretación, entre crítica y negación.

“Opinar no es pensar” no es una consigna elitista ni una nostalgia ilustrada. Es una constatación incómoda. Pensar exige aceptar límites, someterse a criterios, reconocer que no todas las opiniones pesan lo mismo cuando se trata de describir la realidad. En la posverdad, esa exigencia se vive como una imposición intolerable. Pero cuando la opinión ocupa el lugar del pensamiento, lo que se pierde no es solo la ciencia.

Se pierde la posibilidad misma de construir un mundo común, donde no todo sea discutible porque no todo es opinable.

3 COMENTARIOS

  1. Cuando el algoritmo elige por mi, y solo conozco más de aquello que me da la razón, ya se aleja la posibilidad de conocer y comprender.
    Como extraño las discusiones sobre hechos e ideas que al final me dejaban la certeza de que había aprendido algo nuevo o al menos que presentaban como interesante el punto de vista del otro.

  2. Como estudiante de Derecho y diplomada en Política y Gobierno, y desde mi experiencia como becaria de la Fundación Proponer, el artículo “Opinar no es pensar” me resultó especialmente interpelador. En un contexto donde la opinión rápida muchas veces reemplaza al análisis crítico, el texto invita a recuperar el valor del pensamiento fundamentado, la argumentación racional y la responsabilidad intelectual. Considero que esta reflexión es central para la formación jurídica y política, ya que una democracia sólida requiere ciudadanos y dirigentes capaces de pensar antes de opinar, sostener posiciones con argumentos y deliberar con honestidad intelectual.

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