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Reconocer el sin sentido de la valiosa vida sin sentido

Publicado el

Por Néstor Iván Cajal.

La vida no tiene sentido a priori. Antes de vivir, es usted quien da sentido a su vida.
Jean-Paul Sartre.

La vida cotidiana se nos presenta hoy como una exigencia constante de sentido. Todo debe justificar su existencia: el trabajo, el tiempo, las decisiones, incluso el descanso. Vivir parece haberse transformado en una tarea que reclama coherencia permanente, dirección clara y resultados visibles. Se nos exige saber quiénes somos, hacia dónde vamos y por qué hacemos lo que hacemos, como si la duda fuese un defecto y no una condición.

Sin embargo, basta detenerse un instante —un gesto mínimo de atención— para advertir que esa exigencia choca de frente con la experiencia real de existir. La vida, cuando se la vive y no cuando se la explica, aparece atravesada por la incertidumbre, la contradicción, la angustia, la soledad y, muchas veces, el absurdo. No como excepción, sino como regla.

Reconocer el sinsentido no implica renunciar a la vida. Implica, paradójicamente, empezar a mirarla con mayor honestidad.

A comienzos del siglo XX, mientras las grandes ciudades norteamericanas crecían al ritmo del trabajo industrial, la migración masiva y la desigualdad social, un grupo de pintores decidió apartarse de la idealización y mirar de frente la vida urbana. La llamada Escuela de Ashcan eligió pintar aquello que generalmente se ocultaba: bares gastados, calles sucias, habitaciones mal iluminadas, cuerpos cansados, escenas mínimas donde lo extraordinario estaba ausente.

No buscaban embellecer la existencia ni ofrecer consuelo. Pintaban lo que había. Y lo que había era rutina, desgaste, silencios incómodos, miradas perdidas. Personas acompañadas que, sin embargo, parecían profundamente solas. En esas imágenes no hay héroes ni promesas; hay presencia. Hay estar-ahí.

Ese gesto pictórico dialoga de manera profunda con una de las preguntas centrales del existencialismo: ¿qué hacemos con una vida que no trae sentido incorporado?

Filósofos como Sartre, Camus, Beauvoir o Heidegger no ofrecieron respuestas tranquilizadoras. Por el contrario, insistieron en que la vida no viene dada, que no existe un significado previo esperando ser descubierto. El ser humano está arrojado al mundo, obligado a decidir, a elegir, a hacerse cargo de su propia existencia. Esa libertad, lejos de ser liviana, pesa. Produce angustia. Produce vértigo. Produce responsabilidad.

Las pinturas de la Ashcan School parecen comprenderlo sin necesidad de decirlo. En ellas, el sinsentido no se explica: se habita. Los personajes no parecen buscar una verdad trascendente ni una finalidad última; simplemente están ahí, viviendo, soportando, continuando. Y en esa persistencia silenciosa aparece algo profundamente humano.

El sinsentido no es una falla del sistema. Es una condición de la existencia.

Quizás por eso incomoda tanto. Porque aceptar que la vida no tiene un sentido garantizado nos deja sin excusas. Ya no podemos delegar la responsabilidad en una moral prefabricada, en una promesa futura o en una explicación definitiva. Somos nosotros quienes debemos decidir qué hacer con el tiempo que nos toca, aun sabiendo que no hay manual ni garantías.

Heidegger habló del ser humano como un ser-para-la-muerte. No como una amenaza permanente, sino como un recordatorio esencial. Vivir sabiendo que la vida es finita, que no hay ensayo general, que cada instante es irrepetible. Esa conciencia no paraliza necesariamente; por el contrario, vuelve urgente lo cotidiano, vuelve significativo lo mínimo, vuelve decisivo lo aparentemente insignificante.

Camus fue aún más directo. Antes de preguntarnos por el sentido de la vida, hay que preguntarse si vale la pena vivirla. Y esa pregunta no se responde con teorías abstractas ni con discursos grandilocuentes, sino con actos concretos. Con la manera en que habitamos el presente, incluso —y sobre todo— cuando el futuro no ofrece garantías ni consuelos.

Reconocer el sinsentido no es caer en el nihilismo. No es afirmar que nada importa. Es, tal vez, el primer gesto de lucidez. Es aceptar que la vida no necesita ser grandiosa para ser vivida, ni coherente para ser real. Que hay valor en la experiencia misma, incluso cuando no encaja, incluso cuando duele, incluso cuando no promete redención.

Las escenas urbanas pintadas hace más de un siglo siguen hablándonos porque el problema persiste. Seguimos rodeados de gente, pero solos. Seguimos exigiéndole a la vida que tenga sentido, mientras ella insiste en mostrarse esquiva, ambigua, imprevisible. Seguimos buscando respuestas totales para una existencia fragmentaria.

Tal vez vivir consista en eso: en habitar el sinsentido sin negarlo, sin maquillarlo, sin convertirlo en consigna. En aceptar que no todo se explica, pero aun así se vive. Que no todo se entiende, pero aun así se elige. Que no todo se ordena, pero aun así se continúa.

Y entonces, la pregunta no es si la vida tiene sentido.
La pregunta —la única que importa— es qué hacemos nosotros con ella.

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