Por Rodri Fers.
Siempre sostuve que los filósofos tienen que alentarnos a pensar de una forma diferente. Brindarnos una mirada distinta. Puede que haya filósofos que escriban libros, pero existen otros —los que me interesan— que cambian la forma en que discutimos. Jürgen Habermas pertenece claramente a la segunda especie, siendo el principal arquitecto de la Teoría Crítica en su segunda generación y el responsable de desplazar el eje de la filosofía contemporánea desde la subjetividad solipsista hacia la intersubjetividad lingüística. Su obra representa el esfuerzo más acabado por fundamentar una moralidad universalista en un mundo desencantado.
Este pasado 14 de marzo, en Starnberg, Alemania, falleció a la edad de 96 años, terminando así con la Escuela de Frankfurt. Para muchos operadores del derecho —me incluyo—, el primer encuentro con Habermas no fue directo. Fue una mediación. Una puerta lateral. Llegamos a él leyendo a Carlos Nino. Nino explicaba con claridad algo que, en Habermas, aparecía con una arquitectura filosófica monumental: que la legitimidad de las normas no nace del poder, sino del mejor argumento. Esta conexión fue fundacional para nuestra “primavera democrática” tras la dictadura; la influencia de Habermas en la reflexión democrática argentina fue decisiva para entender que la Constitución no es un pacto estático, sino un marco que garantiza una conversación entre iguales. Nino articuló su constructivismo ético bebiendo de la ética del discurso habermasiana, la cual postula que una norma solo es válida si puede recibir la aprobación de todos los afectados en un proceso de deliberación racional. Algo que en la actualidad parece totalmente perdido.
También llegó a mí por el nivel de sus “luchas académicas”. Se dice que uno es de acuerdo con los enemigos que tiene. Habermas siempre buscó “enemigos” fuertes: Heidegger fue el primero (y vaya que enemigo), preguntándose algo que en épocas de cancelación en redes sociales se encuentra en boga: separar al artista de su obra. Luego se quiso cargar a Foucault, pero el debate que más me llamó la atención fue el que mantuvo con Ratzinger, o Benedicto XVI para los católicos. Si bien, en mi opinión, fue un partido que terminó por goleada del fallecido Papa, existió una gran humildad en terminar por aceptar su derrota. La última gran discusión en el ámbito filosófico.
Su compromiso con la palabra no fue solo un ejercicio académico, sino una respuesta vital a su propia historia: nacido con una dificultad física para hablar, convirtió la comunicación en el eje de su salvación filosófica y de la salud de la democracia. Esta “herida biográfica” lo llevó a teorizar que el lenguaje no es solo una capacidad humana, sino el tejido mismo de nuestra convivencia. De él se interpreta que el lenguaje tiene como principal función la coordinación, es decir, nivelarnos, converger a través de la palabra.
Durante siglos, la política se organizó alrededor de otra lógica: quién manda ejerce poder sobre los demás. Habermas propuso cambiar la pregunta. No se trata de quién tiene poder, sino de qué razones pueden ser aceptadas por todos bajo condiciones de simetría y libertad. No es una teoría del mando, sino del diálogo; no es una teoría de la autoridad, sino de la justificación pública asentada en el Principio D (de discurso), según el cual solo son válidas las normas que puedan ser aceptadas por todos los participantes en un discurso práctico.
En su teoría de la acción comunicativa, Habermas sostuvo que el lenguaje no es solo un instrumento para convencer o manipular —lo que él denomina acción estratégica, orientada al éxito individual y al control del otro como si fuera un objeto o un medio para un fin—, sino que también puede ser un espacio para buscar verdad, justicia y acuerdos racionales. Desde la perspectiva de la justicia constitucional, esto implica que los tribunales no solo deben decidir casos, sino actuar como promotores del diálogo deliberativo, asegurando que las minorías tengan una voz efectiva en la esfera pública y que el proceso legislativo no se degrade en una mera lucha de intereses.
Es una idea hermosa. Y, al mismo tiempo, profundamente exigente. Asusta, quizá, lo actual que se vuelve Habermas, a pesar de las duras críticas que siempre recibió.
Implica que una sociedad democrática no se sostiene solo con elecciones, instituciones o tribunales. Se sostiene con algo mucho más frágil: la disposición de las personas a escucharse. La democracia, en esta visión, no es un mecanismo. Es una conversación permanente que debe institucionalizarse a través del derecho para evitar que el “mundo de la vida” (Lebenswelt) —ese espacio de significados compartidos, familia y cultura— sea colonizado por la lógica sistémica del dinero (economía) y el poder administrativo (burocracia). El derecho aparece así como el único lenguaje capaz de traducir las demandas del mundo de la vida a la eficacia del sistema.
Quizá por eso Habermas siempre incomodó un poco a todos.
A los autoritarios, porque insistía en que ninguna autoridad está por encima del debate público.
A los relativistas, porque sostenía que los argumentos pueden evaluarse racionalmente bajo pretensiones universales de validez: verdad para los hechos, rectitud para las normas y veracidad para la expresión de la subjetividad.
Y a los cínicos, porque defendía la posibilidad —casi obstinada— de que el lenguaje todavía puede ser un lugar de encuentro.
En tiempos de redes sociales, algoritmos y discusiones convertidas en trincheras, esa idea parece casi ingenua. Pero justamente ahí reside su valor. De hecho, su primer “tweet” en 2011 fue: “Soy nuevo en esto de Twitter. Esto sin duda le da un nuevo significado a la esfera pública”. Habermas nos recordó que la civilización no depende solamente de leyes o instituciones. Depende, sobre todo, de algo más difícil: la ética del diálogo. En su obra madura, Facticidad y validez, logró reconciliar la tensión entre la norma positiva impuesta por el Estado (facticidad) y la legitimidad racional que le otorga el pueblo (validez). Este enfoque permite justificar el control de constitucionalidad no como una imposición aristocrática, sino como una herramienta para reabrir canales de comunicación obstruidos en el proceso democrático, garantizando que el derecho sea siempre un espejo de la deliberación ciudadana. El control de constitucionalidad no se vuelve una cena a la carta para un juez, sino que necesariamente requiere de su análisis axiológico.
Tal vez por eso su obra sigue siendo tan importante para quienes pensamos el derecho. Porque, en el fondo, el derecho también es eso: un intento de convertir conflictos en argumentos. El juez, desde esta óptica, no es un soberano imperativo, sino un garante de la racionalidad que debe fundar cada sentencia bajo una pretensión de corrección que resista el escrutinio del diálogo público ideal. Una sentencia injustificada es, para Habermas, una simple manifestación de poder bruto. Y, lamentablemente, existen operadores del derecho que aún ejercen ese viejo régimen y que, únicamente por argumentos falaces que nacen desde sus entrañas, quitan lo valioso de una solución justa.
Con su partida, se apaga la voz del “sismógrafo moral” de la modernidad. Como último gran exponente de la Escuela de Frankfurt, nos lega un proyecto inacabado: la defensa de una sociedad postsecular donde la razón secular y las tradiciones religiosas se reconozcan mutuamente a través de una “exigencia de traducción” que no excluya a nadie de la esfera pública. Su diálogo con Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en 2004 dejó claro que la razón debe ser humilde y reconocer que las religiones conservan intuiciones éticas que la filosofía aún no ha terminado de comprender.
Y si algo nos enseñó Habermas es que las sociedades no se sostienen solo con fuerza ni con procedimientos. Se sostienen cuando todavía creemos —aunque sea un poco— que las palabras pueden acercarnos a la verdad. Su propuesta de un “patriotismo constitucional” nos invita a buscar la unidad no en identidades de sangre o tierra —nacionalismos excluyentes—, sino en la adhesión compartida a los procedimientos y principios democráticos de la Ley Fundamental.
En un mundo cada vez más ruidoso, su legado es casi una provocación.
Recordarnos que discutir bien sigue siendo una forma de esperanza. Hoy, su ausencia es un llamado a la excelencia académica, jurídica y civil: fundar cada decisión, argumentar cada pretensión y recordar que la paz social no surge de la firmeza del fallo, sino de la solidez de las razones que lo sostienen en una democracia deliberativa. Como él mismo dijo, la democracia vive de presupuestos que ella misma no puede garantizar; nosotros somos los encargados de mantener vivo ese diálogo.
