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¿Es una novedad la posverdad?

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Por Catalina Lonac.

Todos hablan hoy de la posverdad, en el convencimiento de que esta fue provocada por las nuevas tecnologías. La comunicación actual, es cierto, da lugar a que cualquier anónimo diga cualquier cosa, y la gente está acostumbrada a creer todo lo que está escrito en letra de molde. Pero esto siempre fue así. De hecho, existían los diarios y periódicos a los que llamábamos amarillistas, y sin embargo los leíamos igual.

Lo verdaderamente grave de la situación actual es que la información ha perdido nombre propio. Se ha vuelto cobarde. Y la cobardía es capaz de todo. Justamente de eso se trata. El cobarde puede ser malo, pero esconde su maldad muchas veces tras un velo de aparente bondad.

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre el antes y el ahora? Antes existían libros que, sobre un mismo hecho, ofrecían miradas muy diferentes. No todos se tomaban el trabajo de leer todas las versiones —mucho menos aquellos demasiado ideologizados—. Al contrario, buscaban la literatura que fuera afín a su pensamiento.

Esto demuestra que siempre hubo contradicciones y falsedades sobre los hechos y acontecimientos, con una diferencia fundamental: antes llevaban una firma. Las opiniones se formaban de acuerdo a quién escribía y a quién leía. Hasta la física lo sugiere: los objetos pueden cambiar según la mirada del observador.

El revisionismo siempre existió. No es algo nuevo, ya sea que se escriba en libros o en computadoras. Una misma persona puede haber sido considerada un santo o un demonio, según el subjetivismo y el sentir de cada época.

Esto nos lleva, inevitablemente, al concepto de verdad. ¿Existe realmente la verdad? Aún hoy hay discusión sobre eso.

Los estoicos decían: “Una proposición es verdadera cuando coincide con lo que realmente es”. Pero ¿cómo sabían que algo es? Sostenían que había impresiones verdaderas, llamadas cognitivas: percepciones tan claras y firmes que la mente racional podía asentir con seguridad.

Pero cabe preguntarse: ¿cómo hacían los estoicos para saber si alguien robó? ¿Acaso creían ciegamente en la justicia? No es lo mismo afirmar “creo que es de día porque el sol me alumbra” que emitir una opinión sobre un político, por ejemplo. Creo que ahí el estoicismo encontraba sus límites.

Si bien afirmaban que percibir algo no es todavía verdad ni falsedad, sostenían que el error consiste en creer verdadero lo que no lo es. Sin embargo, esto no resuelve del todo el problema de la subjetividad del criterio.

A esta altura, viene muy bien recordar el mito de la caverna de Platón: los hombres viven encadenados viendo sombras en una caverna y creen que esas sombras son la realidad, hasta que uno se libera, sale afuera y ve el sol. Cuando vuelve, los demás no le creen.

La conclusión es clara: la mayoría vive en la apariencia; pocos acceden a la verdad.

Alguna vez, en mi vida, recuerdo haber hecho en la Facultad de Filosofía y Letras un curso sobre la verdad con el Dr. Rojo, donde llegué a una conclusión: la verdad no existe como tal; hay tantas verdades como seres en el mundo. ¿O no se trata de eso la torre de Babel?

Nietzsche aborda la cuestión desde otro punto de vista mucho más interesante —confieso que es mi favorito—.

Para él, lo que llamamos verdad no es algo absoluto ni objetivo, sino una construcción humana profundamente ligada al lenguaje, la cultura y el poder. Afirma que la verdad es un ejército móvil de metáforas, metonimias y antropomorfismos.

Es decir, la verdad no es objetiva: es creada. A diferencia de los estoicos, no accedemos a la realidad en sí, sino a interpretaciones. Lo que llamamos verdad son formas de ordenar el mundo que nos resultan útiles para vivir.

La verdad es una mentira que se ha vuelto sólida por costumbre, porque está ligada a la vida, no a la realidad. Olvidamos que son metáforas y empezamos a creer que son verdades absolutas.

El ser humano necesita ficciones para vivir. Y a veces la ilusión puede ser más vital que la verdad.

Estoy totalmente segura de que este era el plan del Creador: nos puso en una cancha para salir a jugar. Se puede jugar limpio o se puede jugar sucio, y eso no incidirá en las opiniones subjetivas de la gente, que seguirá pensando que su jugador de preferencia hizo un gol, mientras la otra mitad creerá que no lo fue.

Creer lo contrario nos llevaría a un mundo de autómatas, donde ni siquiera podríamos dialogar, porque todos pensaríamos igual.

Este es un mundo diverso, y está bien que así lo sea. Caso contrario, todavía seríamos monos chimpancés o seguiríamos pensando que la Tierra es plana —aunque algunos aún lo crean—.

Nos enfrascamos en creencias que construimos de acuerdo a nuestras circunstancias. ¿Quién no ha sido socialista en la universidad? ¿Cuántos peronistas leyeron a Perón? ¿Cuántos mediocres que denostan a triunfadores morirían por sentarse en su mesa?

Somos seres moldeados por las circunstancias y creemos cosas que a veces nada tienen que ver con nuestros deseos más insospechados.

En definitiva, lo único que debemos lamentar de esta nueva posverdad es el anonimato cobarde, que, por supuesto, jamás persigue el bien.

Volviendo al principio: ¿existe la posverdad?

No.

Lo que existe son construcciones que no difieren en nada con lo que hizo el ser humano durante toda su historia, con la diferencia de que ahora pueden ser infames por el anonimato que permiten las redes y la cobardía que eso supone.

Se avergüenzan de sus propias convicciones usando un nombre falso. Tienen en su contra la fugacidad de la “noticia” y el pronto olvido de la misma. Es decir, ni siquiera tienen tiempo de convertirse en una metáfora creíble que les permita vivir.

Simplemente descargan su furia y su frustración.

La posverdad no existe. Es un invento.
Solo existen nuevas herramientas que deforman rápida y anónimamente la ilusión que necesitamos para formar una mentira que se vuelva sólida.

1 COMENTARIO

  1. Es cierto que hay q ser valiente para decir lo que se piensa.
    Nietzsche, filósofo disruptivo y tan lúcido , decía que la verdad no es sino un conjunto de conjeturas necesarias para vivir.
    Me encanta esa negación de valores absolutos, que pretenden ocultar lo diverso.

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