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Un murmullo alcanza para decirlo todo

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Por Sergio Gabriel Lizárraga.

Gabriel Gómez Saavedra encuentra en la poesía un espacio de libertad y reclusión. Sus versos vencen todo vacío sin que el vacío desaparezca; diluyen distancias sin acortar caminos.

Sus textos nacen del silencio, como nacen las confesiones en los rincones, sin que la palabra pierda su fuerza: le basta un murmullo para decirlo todo. El autor crea un mundo a medida que lo cuenta, lo poetiza. Permite al lector explorar un universo de sensaciones, asido a la seguridad que dan las palabras cuando nacen de la pluma de un poeta fecundo, que establece una exquisita relación entre su ser y su nada.

Gómez Saavedra, a través de su lírica, nos permite tomar contacto con un acto esencial: el de crear palabras misteriosas pero desnudas.

Con este destacado poeta tucumano inauguramos, de la mejor manera, un nuevo espacio para compartir la literatura contemporánea de nuestra provincia.

 

 

 

Poesía y poema

A Diana Bellessi

Perturbador es
que podamos convivir
con materia muerta;
que un tejido necrosado,
que la sangre ennegrecida
no estén en el frío

ni en la atención de las moscas,
sino dentro nuestro
hasta que una oportunidad de salud
logra expulsarlos.

Así también
hay algo
aún más terrible
cantando en lo interno,
pero que nunca toca en la muerte;
que es vida encima
de la vida. Un aleteo
de caballo con malambo
hacia todos los puntos cardinales
en cuya cueva entro
para raspar un poco de su día de fuego
y sacar apenas
un coágulo oscuro.

Coágulo al que le hundo
mil veces el filo
por limpiar
el agua que sobra
el agua que falta
y que
al final del tiempo
será el único oro digno
de mirar desde el suelo
con los bolsillos destrozados
por el viento.

 

 

 

El poeta convida su humo

A Manuel Serrano Pérez, in memoriam

Lee para mí
la suma de sus papeles amarillos.

Sordo a la noche rojiza,
sordo también
a mí.

“Todos están inéditos”,
me dice.

La voz débil
pero interminable
hace nacer en el espacio
una arcilla ya
inapresable
y unas criaturas de las desapariciones
que llegan a abrigarnos
como colchas tristes.

Al despedirme queda
un hombre marcando
las paredes de la piedra
de espalda a la luz
comprimida de salida.

Afuera
la ciudad deforme
me ofrece una historia
del viejo marinero de Coleridge.

Yo sólo
deseo cruzarme
con un caballo de color inexistente
para poder empezar
a soltar el llanto.

 

 

El lector

Lo alzó entre las manos
para cubrirlo
del morboso jugueteo del perro.

Pensó:

“otro gorrión interrumpido
contra la mampara de la galería,
otra ausencia minoritaria
para esta especie abultada
y sin lustre.”

(Arriba
una avioneta repetía
la publicidad de un circo.)

Al mirar
por la agüita asesinada
que se paraba en el ojo del caído,
repentinamente
sintió
cómo se nublaban y perdían
todas las palabras de su lenguaje.

Metido entero
en aquel analfabetismo,
como dentro de un viento
sin fricciones,
abrió brevemente su torso
con el más querible de sus cuchillos
e insertó allí
el peso despojado
del cuerpo del pájaro.

A partir de aquel hecho
cada vez
que lo rapta el impulso
de leer un poema
arrima el libro al pecho
y, como dichoso entenado
de un cielo prestado,
deja que el gorrión
ladre.

 

 

 

Casa

A Cuny

Sabe que la casa
remoja su pulso
en la orilla de los años
y los espejos,
que aún
bajan a beber de la piscina
murciélagos rasantes.

Como inquilino de la habitación trasera
diagramará el conjuro que descabece
la biografía de su nada
(por si otro amanecer marchita).

Pero,
atrofiada la tarde,
funde eucaliptos linderos
y ahoga su naranja
en los vidrios de la tapia.

La lechuza
puede salir
breve
a chillar su calavera.

 

 

 

 

Entre el niño y lo perdido del niño se mostró el amor. Lo recuerdo como una ola golpeando las rocas de la escollera en la caja del silencio.

Hoy sé que estuvo para que tenga una música en el tiempo y una lámpara bajo el agua.

 

 

 

 

Que llueva sobre mí: de dos tormentas haremos el eje y también la periferia

Santiago Sylvester

La lluvia va desposeyendo al mundo. Me visto con la piel que guardo desde el olvidado invierno y salgo. Afuera hay sol descabezándose por todas partes, y los pájaros son nuevos y queman.

Pero el agua golpeada no ha lavado nada. La noche deberá nacer, otra vez, con el primer carro de cartoneros que llegue a masticarle la cáscara.

 

 

Poema de la víspera de la Batalla de Tucumán

Intentar generar la matriz de un país
cuando sólo puedo escribir: tal es el caso.
Sé que pagaré por ello.

Aldo Oliva, Ese General Belgrano

La ansiedad
—única emoción de lo crudo—
cargaba sobre los intestinos del General
como los filos improlijos
que coronarán las tacuaras.

La víspera desgrana ya
en las fosas de la incertidumbre.

El sol nuevo,
antes de asfixiar el verde,
no debe caer
sobre una sombra de caballo partido.

Que se haga, entonces, el galope madre
e intenso.

Para eso tenemos
al triste fuego del desarraigo
parándonos las espaldas
y al fuego atrevido
suelto por Lamadrid.

La fe se empuña
mejor que un sable.

La sangre
desde el barro
sabrá que las alas también
pueden batir a garganta
de langosta en los guardamontes.

La sangre
después de la sangre
sabrá que las alas
para nacer enteras
subieron
entre temblores de madrugada.

 

 

Gabriel Gómez Saavedra (Concepción, Tucumán, 1980)

En poesía publicó las plaquetas Huecos (Ediciones Del Té, 2010) y Palabras abrazadas (junto a la poeta Silvina Chacón, Editorial Pliegapalabra, 2022), y los libros Escorial (Huesos de Jibia, 2013), Siesta (Último Reino, 2018) y Era (Falta Envido, 2021).

Textos suyos han sido incluidos en La Gaceta, Hablar de Poesía, La Papa, Vallejo & Co. (Perú), Iris News (Italia), entre otros.

Participó en compilaciones como Antología Federal de Poesía. Región Noroeste (Consejo Federal de Inversiones, 2017) y Poetas de Tucumán (1960–1990) (Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, 2021).

Obtuvo el Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán (Región NOA) y fue becario del Fondo Nacional de las Artes en el programa Pertenencia: puesta en valor de la diversidad cultural argentina.

 

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