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Tecnofeudalismo, enjambre digital e infocracia

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Por Facundo Vergara.

Cada mañana cuando comenzamos nuestras actividades cotidianas de trabajo, estudio u ocio, como acto reflejo, agarramos nuestro celular e inmediatamente nos sumergimos en el mundo digital; un mundo idealizado, que nos ofrece libertad de expresión, de pertenencia y de participación. Sin embargo, en ese universo, resulta dificultoso distinguir entre autonomía y dependencia. Es ahí, en ese terreno de ambigüedad, donde aparece el “tecnofeudalismo”, un concepto desarrollado dentro de la economía política que intenta describir una posible mutación del capitalismo tal y como lo conocemos. 

La idea central del tecnofeudalismo es que las grandes plataformas digitales ya no operan solo como empresas capitalistas tradicionales, sino como “señores feudales digitales” que controlan infraestructuras esenciales como datos, algoritmos y plataformas para extraer “rentas” de los usuarios, tanto individuos comunes, trabajadores digitales y también empresas. Así, en lugar de un mercado competitivo clásico, el tecnofeudalismo plantea un sistema donde el poder económico se concentra en ecosistemas cerrados y donde los usuarios no son tanto clientes sino “vasallos digitales” que generan valor constantemente aportando datos, contenido y atención. 

Son varios los autores que trabajan sobre el concepto. Uno de ellos es Yanis Varoufakis, quien sostiene que el capitalismo ya murió y fue reemplazado por un sistema donde las Big Tech actúan como señores feudales. Otro autor es Cédric Durand, que nos dice que las plataformas digitales generan una economía basada en rentas monopolísticas.

La tesis del tecnofeudalismo plantea que ya no vivimos en un sistema dominado por mercados competitivos, sino en uno estructurado por plataformas que funcionan como territorios privados. Personalidades como, entre otros,  Jeff Bezos (Amazon); Marck Zuckerberg (Facebook, Instagram y WhatsApp) y Elon Musk (X, Tesla y SpaceX), son los “señores tecnofeudales” de la actualidad. Los autores referentes del concepto sostienen que el capitalismo cambió cualitativamente. Ya no hay mercado libre real, sino dependencia de infraestructuras privadas, como lo fue el feudalismo en su momento con la tierra.

El tecnofeudalismo describe, por ejemplo, cómo hoy no compramos simplemente en una plataforma como Amazon, navegamos en Google o socializamos en redes. Es mucho más profundo. Hoy habitamos espacios diseñados, gobernados y monetizados por actores que establecen sus propias reglas. Así, la clave no está solo en el dinero, sino en el control. Las grandes plataformas no se limitan a vender productos o servicios, sino que organizan la visibilidad, jerarquizan la información, intermedian vínculos y, sobre todo, capturan datos que se constituyen en recurso estratégico para predecir comportamientos, tomar decisiones y moldear preferencias. En ese estadio, el usuario deja de ser únicamente consumidor para convertirse en productor, casi de manera involuntaria, ya que sutilmente es inducido a hacerlo. 

El enjambre y la infocracia

Esta concepción del término tecnofeudalismo puede ser vinculada con el pensamiento filosófico de Byung-Chul Han cuando nos habla de “enjambre” e “infocracia”. Allí el pensador coreano describe cómo la digitalización transforma no solo las estructuras de poder, sino también la forma en que pensamos, sentimos y actuamos colectivamente.

Han nos dice que “el enjambre digital” reemplaza a la masa. Allí no hay un “nosotros” organizado, con dirección o conciencia compartida, sino una multiplicidad de individuos hiperconectados que reaccionan en tiempo real. El enjambre no delibera, sino que responde; no construye discurso, sino que amplifica impulsos. Los likes, retuits y comentarios son microacciones que, en conjunto, producen efectos masivos sin necesidad de coordinación. Y es en ese punto donde la conexión con el tecnofeudalismo se vuelve evidente. Las plataformas son los nuevos señores; el enjambre es la forma contemporánea de la servidumbre. 

Pero hablamos aquí no de una servidumbre impuesta por la fuerza, sino de una participación voluntaria y hasta entusiasta. Uno como usuario no se siente dominado, sino todo lo contrario: se siente libre. Libre para expresarse y para mostrarse, pero esas manifestaciones ocurren dentro de límites definidos por los algoritmos que priorizan determinados contenidos y ocultan otros.

Cuando Han habla de la “infocracia” nos argumenta que no se trata simplemente de un exceso de información el que encontramos en el mundo digital, sino de un régimen de poder basado en su gestión. En ese marco la política deja de organizarse alrededor de ideologías y pasa a depender de flujos informativos. La infocracia no censura, lo que hace es saturar y dispersar; y en ese ruido permanente lo que prevalece no es lo más relevante, sino lo más visible; es aquello que logra captar atención del usuario en el menor tiempo posible.

El tecnofeudalismo describe la estructura económica de las plataformas digitales mientras que la infocracia nos describe su lógica política. Ambos conceptos se retroalimentan. Por un lado las plataformas necesitan mantener al usuario activo, conectado y produciendo datos. La infocracia, con su dinámica de estímulo, garantiza ese flujo ininterrumpido. En ese proceso de retroalimentación permanente, el enjambre de usuarios es el mecanismo que convierte tal actividad en movimiento colectivo. El resultado es un ecosistema donde el poder se ejerce de manera sutil y a la vez efectiva. Aquí no hay un “señor” visible. No hay coerción directa, pero sí incentivos específicamente diseñados para orientar la acción; esa acción casi involuntaria que nos lleva a navegar en las redes y plataformas, donde el control no se hace visible como imposición, sino como elección.

El tecnofeudalismo, el enjambre y la infocracia son conceptos que funcionan como herramientas que nos ayudan a pensar una realidad que todavía estamos procesando como sociedad. Día a día nos conectamos, participamos, opinamos, censuramos y exponemos nuestras individualidades voluntariamente, lo que nos da una sensación de libertad, por cierto, una libertad condicionada en función a lo que determinan los algoritmos. 

 

3 COMENTARIOS

  1. Considero importante destacar que en principio la virtualidad no fue creada como herramienta de dominación y control. Por ejemplo Internet nació con fines académicos y militares para un sector cerrado; luego se abrió colaborativamente y permitió el libre acceso, cosa que fue aprovechada luego para fines económicos y políticos. Es decir, hubo una deriva en los objetivos principales. Todo desarrollo tecnológico en algún punto abre posibilidades para nuevas aplicaciones y ahí si, en este caso, estamos hablando de una deriva aprovechada y moldeada conscientemente con los fines descriptos en la columna.

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