Por María José Mazzocato.
Hay algo que cambió en el lenguaje de las relaciones internacionales. Ya no se habla solamente de disuadir, contener o estabilizar. Hoy se habla de aniquilar. Y cuando la aniquilación entra en el vocabulario político, no lo hace como metáfora: lo hace como horizonte posible. El reciente posteo en Truth Social del presidente estadounidense, Donald Trump, vuelve a poner en evidencia ese desplazamiento. No se trata únicamente del contenido del mensaje, sino de la palabra elegida. Aniquilar.
El poder, históricamente, siempre ha buscado legitimarse a través del lenguaje. No es lo mismo invadir que “intervenir”, no es lo mismo bombardear que “neutralizar”, no es lo mismo matar que “desarticular”. La diplomacia internacional se construyó sobre ese sistema de eufemismos que permitía encubrir la violencia bajo formas discursivas más aceptables. Pero algo se rompió. El eufemismo ya no alcanza. El poder comienza a decirse sin mediaciones.
Aniquilar es una palabra total. No admite negociación, no contempla sobrevivientes, no deja margen para la reconstrucción. Implica borrar, eliminar, hacer desaparecer. Cuando esa palabra aparece en el discurso político, la política deja de pensarse como administración del conflicto y empieza a pensarse como eliminación del adversario. La lógica ya no es convivir con la diferencia, sino extinguirla.
Ese desplazamiento no es menor. Durante décadas, el orden internacional se sostuvo sobre la idea de que incluso en la guerra existían límites. Límites jurídicos, límites morales, límites políticos. La destrucción total quedaba asociada a los momentos más extremos de la historia. Hoy, en cambio, la aniquilación se desliza en el discurso como una posibilidad estratégica más. Y cuando eso ocurre, la violencia deja de ser excepcional y se vuelve estructural.
Lo más inquietante no es que un líder utilice ese término. Lo verdaderamente inquietante es que el sistema internacional ya no tenga mecanismos discursivos para expulsarlo. La palabra no genera ruptura, no provoca aislamiento, no desencadena sanción política. Circula. Se reproduce. Se normaliza. Y en ese proceso, el lenguaje del poder se vuelve más crudo, más directo, más peligroso.
Hablar de aniquilar implica asumir que hay poblaciones prescindibles. Que existen territorios sacrificables. Que hay conflictos cuya resolución no pasa por acuerdos sino por desapariciones. El discurso deja de reconocer sujetos y empieza a reconocer obstáculos. Y cuando los sujetos se transforman en obstáculos, la eliminación se vuelve una forma de decisión.
En ese punto, la soberanía también se redefine. Ya no como capacidad de autodeterminación, sino como vulnerabilidad frente a la voluntad de otros. Si aniquilar es una opción dentro del repertorio político, entonces la seguridad de los Estados deja de depender del derecho y pasa a depender exclusivamente del poder. La norma pierde peso. La fuerza recupera centralidad.
El mundo se transforma entonces en un entramado sin resolución. No hay cierre de conflictos, hay acumulación. No hay equilibrio, hay tensión permanente. Cada actor se mueve dentro de una red de amenazas latentes donde la aniquilación ya no es impensable. Y cuando lo impensable se vuelve posible, la política internacional se vuelve más inestable, más imprevisible, más frágil.
La hegemonía también se construye desde ese lenguaje. No necesita ejecutar la aniquilación; le alcanza con instalarla como posibilidad. El poder hegemónico define los límites del discurso y, con ellos, los límites de la acción. Si la aniquilación entra en el vocabulario legítimo, todo el sistema se reorganiza alrededor de esa amenaza. La política exterior deja de orientarse a la cooperación y comienza a estructurarse en torno a la supervivencia.
En ese escenario, las sociedades quedan afuera del proceso decisorio. Observan cómo se habla de destruir, borrar, eliminar, sin capacidad real de intervenir. La política internacional se vuelve un espacio distante donde las palabras pesan más que los consensos. Y esas palabras no son neutrales: configuran el mundo que viene.
Aniquilar no es solo un término. Es una forma de poder. Porque quien puede nombrar la desaparición como opción legítima, también puede redefinir la política como un campo donde la existencia misma está en juego. El lenguaje deja de ser descriptivo y pasa a ser performativo: no solo describe la violencia, la habilita.
Quizás el cambio más profundo no esté en las decisiones que se toman, sino en cómo se empiezan a nombrar. Cuando la política internacional abandona el eufemismo y adopta la aniquilación como categoría, el orden global se desplaza. Ya no se trata de gestionar conflictos, sino de decidir quién permanece y quién no.
Y ahí, en ese punto, la palabra se vuelve más peligrosa que la acción. Porque antes de que la aniquilación ocurra en el territorio, ocurre en el discurso. Y cuando ocurre en el discurso, empieza a volverse imaginable. Cuando se vuelve imaginable, empieza a volverse posible. Y cuando se vuelve posible, el poder ya no necesita justificarse. Solo necesita decidir.
