Hay épocas que no se explican, sólo pueden sentirse.
Y esta es una de ellas.
Un tiempo atravesado por una extraña mezcla de dolor, injusticia e impotencia, donde todo parece desbordarse sin encontrar forma, donde las palabras llegan tarde o no alcanzan. Un tiempo donde lo inmediato lo ocupa todo, pero deja, sin embargo, una sensación persistente de vacío.
Y es justamente ahí, en ese desajuste, donde algo comienza a moverse.
No como una consigna, ni como una moda, ni siquiera como una reacción consciente. Más bien como una necesidad. Como un gesto que vuelve desde abajo, desde la tierra, desde aquello que no fue del todo arrasado. Una búsqueda, o quizás un reencuentro, con nuestras raíces norteñas y latinoamericanas.
Porque cuando lo común se vuelve frágil, la comunidad deja de ser una idea para transformarse en urgencia.
Se hace imprescindible encontrarnos.
Hacer comunidad.
Abrazar lo que somos antes de que sea traducido, recortado o convertido en espectáculo.
Sostener la tierra.
No como metáfora, sino como práctica.
En ese gesto —simple y profundo a la vez— aparece la figura de Mercedes Sosa. No como recuerdo, sino como presencia. Como una voz que no se agota en lo que fue, sino que sigue operando en lo que somos capaces de hacer hoy con esa herencia.
Mercedes no es sólo una artista.
Es un símbolo.
De fuerza, de belleza, de verdad.
Una voz que no se impone, sino que abraza. Que no explica, sino que sostiene. Que no distrae, sino que reúne.
Y quizás por eso vuelve.
No como homenaje vacío, sino como materia viva que se reactiva cada vez que alguien decide cantar desde ese lugar. Desde ese vínculo entre arte y tierra, entre canto y memoria, entre presente y pertenencia.
Ahí es donde aparece TAFINANDO.
No como espectáculo. No como producto.
Sino como lo que son, artistas de los nuestros.
De esos que trabajan en otra cosa para vivir, pero que, al momento de entregar su canto, lo hacen desde un lugar que no admite cálculo. Hay algo en esa condición que no es precariedad, sino libertad. Una forma de sostener el arte sin que sea absorbido del todo por la lógica del mercado.
Cantan porque no pueden no hacerlo.
Porque ahí, en ese gesto, algo se juega.
Y lo que se juega no es menor.
Es la posibilidad de volver a encontrarnos en otro registro. De vivir el arte no como consumo, sino como momento. Como experiencia compartida. Como un espacio donde todavía es posible decir “nosotros” sin ironía.
Por eso este encuentro no es un evento más.
Es un gesto.
Un modo de decir que, incluso en medio del ruido, todavía hay lugares donde la música no es fondo, sino presencia. Donde la palabra no se disuelve, sino que convoca. Donde el arte no distrae, sino que reúne.
Un espacio donde el canto vuelve a ser lo que fue alguna vez:
un acto de amor,
de patria,
y de amigos.
El encuentro será el 25 de abril a las 21:30 hs, en Espacio Cultural Belloto (Pasaje Uraga y Avellaneda, Concepción), como parte del ciclo Latidos del NOA.
Porque a veces, en medio del ruido, lo único que hace falta es volver a escuchar.
