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La estética del algoritmo

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Por Bruno Negri.

“La inteligencia artificial inaugura un poder de naturaleza inédita: el de orientar nuestras conductas en tiempo real.”
— Eric Sadin

No vemos el mundo. Vemos una versión operada de él.

Durante mucho tiempo, el problema de los medios fue pensado en términos de manipulación: qué se decía, qué se ocultaba, qué se distorsionaba. Ese esquema suponía un emisor identificable, una intención y un mensaje. Hoy ese modelo resulta insuficiente. No estamos frente a una realidad falseada, sino frente a una realidad previamente organizada.

Lo que está en juego no es el contenido, sino la forma de aparición.

En ese desplazamiento, el aporte de Eric Sadin resulta decisivo. Sadin describe el surgimiento de un poder que ya no actúa sobre lo que pensamos, sino sobre lo que puede ser percibido. No se trata de imponer ideas, sino de configurar el campo de lo visible. La cuestión ya no es qué vemos, sino qué tiene la posibilidad de aparecer ante nosotros.

Abrimos el teléfono. Deslizamos el dedo. Una secuencia infinita de imágenes, titulares, videos, opiniones. Nada parece forzado. Todo parece elegido. Sin embargo, cada elemento que aparece fue previamente seleccionado, jerarquizado y ordenado según criterios que no vemos. No hay prohibición. Hay priorización.

Los algoritmos no operan como filtros neutros. No se limitan a ordenar información: producen realidad. Definen qué circula, qué se intensifica, qué desaparece. Y lo hacen bajo una lógica que no responde ni a la verdad ni a la relevancia, sino a la captura de la atención. Lo visible no es lo importante: es lo que mejor funciona.

Shoshana Zuboff lo explicó desde otro ángulo: la experiencia humana se ha convertido en materia prima para sistemas que predicen y orientan comportamientos. No se trata solo de mostrar contenido, sino de anticipar respuestas. Cada click, cada pausa, cada deslizamiento alimenta un modelo que aprende a dirigir la mirada.

Evgeny Morozov advirtió, por su parte, el riesgo del “solucionismo tecnológico”: la reducción de problemas complejos a variables medibles y optimizables. En ese marco, la realidad pierde espesor. Se convierte en datos que pueden ser procesados, organizados y devueltos en forma de experiencia personalizada.

Pero hay algo más profundo aún. Como señala Antoinette Rouvroy, estamos frente a una forma de gubernamentalidad algorítmica: un modo de regulación que no necesita normas explícitas ni coerción directa. No prohíbe, no sanciona, no ordena. Simplemente orienta. Modula el entorno de tal manera que ciertas conductas se vuelven más probables que otras.

No es una mediación. Es una conducción.

En este contexto, la estética del algoritmo no es un efecto secundario: es el núcleo del dispositivo. Porque lo que está en juego no es solo qué información recibimos, sino cómo se organiza nuestra sensibilidad. Qué nos impacta, qué nos interesa, qué nos resulta visible.

La experiencia se vuelve una superficie continuamente modulada.

Byung-Chul Han lo formuló en términos de positividad: ya no vivimos bajo el signo de la prohibición, sino del exceso. No se nos dice “no veas”, sino “mira esto”. Y luego esto otro. Y luego algo más. La saturación sustituye a la censura.

La paradoja es que cuanto más libre parece la experiencia, más determinada se vuelve.

En ese punto, la lectura de Boris Groys adquiere una nueva dimensión. Si en la modernidad la pregunta era qué se mostraba, hoy la cuestión es quién decide lo que merece ser mostrado. Y esa decisión ya no pertenece a una institución visible, sino a sistemas automáticos que operan en segundo plano.

El resultado es una transformación silenciosa pero radical: la fragmentación de la realidad.

Dos personas pueden habitar el mismo espacio físico y, sin embargo, no compartir ningún punto de contacto perceptivo. No porque interpreten distinto, sino porque ven cosas distintas. La diferencia ya no es ideológica: es anterior. Es perceptiva.

Y eso tiene consecuencias profundas.

Porque cuando la realidad se presenta como una secuencia de estímulos diseñados para maximizar la atención, lo que se pierde no es solo información, sino densidad. Se pierde la posibilidad de sostener una mirada, de atravesar una experiencia, de construir sentido en el tiempo.

El mundo deja de ser algo que se habita y pasa a ser algo que se consume.

Sadin lo plantea con claridad: estamos entrando en una era en la que los sistemas tecnológicos no solo asisten nuestras decisiones, sino que tienden a sustituirlas. Una forma de gobierno sin gobierno, donde la orientación es constante y casi imperceptible.

No hay imposición. Hay conducción.

Y quizás por eso la crítica se vuelve tan difícil. No hay un centro claro al cual oponerse, no hay una estructura visible que pueda ser confrontada. Lo que hay es una red difusa que organiza lo sensible desde adentro de la experiencia cotidiana.

No nos dicen qué pensar.
No nos obligan a mirar.

Pero deciden —cada vez con mayor precisión—
qué aparece ante nosotros.

Y en ese gesto, aparentemente mínimo, se redefine todo lo demás.

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