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Alberdi en el espejo: estar ahí

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Por José Mariano.

Lo primero con lo que me encontré fue con una concurrencia poco común para un preestreno de película en Tucumán. El lugar tampoco era habitual, se hacía en el teatro Rosita Ávila. Llegué puntual, y ya había muchísima gente.

La conferencia de prensa —a la que estaba invitado— ya había comenzado. No llegué a tiempo. Estaba armando Fuga, como todos los viernes, y todavía no terminaba. Desde afuera, sin ver, se notaba que dentro de la sala estaba pasando algo. Me imaginaba una cierta efervescencia entre Fabián Soberón, Catalina Lonac y el actor que integraba la mesa, algo que desbordaba incluso los tiempos previstos.

Afuera, la cola crecía. Era larga, pero no se sentía como una carga. Había conversación, entusiasmo, expectativa. Y también algo más, muchas caras conocidas. Gente del mundo del arte, de la universidad, de la cultura local. No era solo público, era, en algún punto, una comunidad reunida. Eso cambiaba todo. La espera dejaba de ser un trámite y se volvía parte de la experiencia.

Entramos cuando la sala ya estaba llena. Por esas casualidades que ordenan la escena, terminamos en la segunda fila. Antes de sentarnos, saludamos a quienes estaban adelante. Alcancé a abrazar a Fabián y le dije que me gustaba su saco azul Francia, con pequeños puntos que parecían estrellas.

Ya sentados, a punto de comenzar, Fabián tomó la palabra. Dijo que no tenía nada más que agregar, que lo que quedaba era ver la película y que cada uno sacara sus propias conclusiones. Catalina Lonac también habló. Señaló algo que me pareció importante: la película no solo era relevante por su contenido, sino por su modo de producción. Había sido realizada con apoyo privado, por iniciativa de empresarios y familias, por fuera del circuito tradicional. En su intervención había algo más que una aclaración, era una interpelación. Una invitación —o una exigencia— a que una sociedad vuelva a reconocerse en sus propias producciones artísticas.

Después, ya no quedó nadie en el escenario. Y empezó.

La película es cine independiente. Primeros planos, cámara en mano, un cierto vértigo incómodo en la imagen. Sonidos de piano que se superponen. La imagen se abre y se cierra, construyendo un relato visual que a veces parece fuera de foco, incluso impertinente. En ese gesto hay algo que recuerda a Werner Herzog, una forma de intervenir directamente sobre el estado del espectador.

La trama se sitúa en San Miguel de Tucumán. Un titiritero encarna, en principio, una vida bohemia contemporánea, un creativo, probablemente formado, no un autodidacta. Tiene una pareja, profesora de música, pianista. La relación es limpia, auténtica, incluso cuando empiezan a aparecer signos de extrañeza, como una mancha en la mano, pequeñas alteraciones sin explicación.

Ahí aparece otro personaje, un historiador, amigo de la pareja, que está enseñando sobre Juan Bautista Alberdi. Y a partir de ese momento, todo comienza a tensarse.

El titiritero entra en un proceso de transformación. Primero física, luego onírica. Los sueños irrumpen, perturbadores, y en ellos aparece Alberdi, reclamando presencia. La película se mueve entre lo íntimo y lo histórico, la vida del personaje y fragmentos de Alberdi, sus tensiones con Juan Manuel de Rosas y Bartolomé Mitre, escenas de una biografía que nunca termina de cerrarse.

En ese cruce, la película abandona cualquier comodidad narrativa. Se vuelve exigente. No se deja consumir fácilmente. Obliga al espectador a sostener la incomodidad, a aceptar que no todo va a ser explicado.

En ese sentido, la película dialoga con una tradición del cine independiente que no busca agradar ni facilitar el acceso. Una tradición más compleja, a veces incluso críptica para quien no está habituado a ese tipo de lenguaje, donde la experiencia no está pensada para ser transparente sino para ser atravesada. No hay aquí una voluntad de traducción inmediata, sino algo más exigente, la necesidad de sostener una forma, incluso a riesgo de perder al espectador en el camino.

No es una película pensada para todos. Y eso no es un problema. Es una decisión.

Y ahí es donde empieza a pasar algo más interesante.

Porque la película no solo cuenta algo, te involucra en un proceso. Te vuelve parte de ese desdoblamiento. Ya no sabés si estás viendo a Alberdi, al personaje, o a vos mismo tratando de entender qué significa todo eso hoy.

Cuando terminó, vino el momento de las preguntas. Pero el ambiente no estaba listo. Había una especie de silencio espeso. No de desinterés, sino de saturación. La película pedía tiempo. No se deja cerrar en una respuesta rápida. Necesita ser digerida.

El momento más fuerte llegó cuando todo el equipo subió al escenario. Más allá de gustos personales, la ovación fue honesta. Porque hay algo que la película no negocia: su autenticidad.

Pero hay algo más.

Porque el problema no es Alberdi. Nunca fue Alberdi.

El problema es qué hacemos hoy con eso que alguna vez intentó pensarse como país.

La película no responde. No explica. No ordena.

Deja algo abierto. Algo que incomoda.
Algo que persiste incluso después de salir de la sala.

Y ahí aparece, quizás, lo más importante.

En un contexto donde muchas veces la producción cultural parece condicionada por sus propios límites, esta película hace otra cosa. Empuja. Insiste. Se arriesga. Y en ese riesgo encuentra su forma.

Tal vez por eso incomoda. Tal vez por eso no se deja explicar del todo.

Pero justamente ahí, en ese punto donde la obra deja de ser cómoda y empieza a exigirnos, es donde vuelve a aparecer algo que creíamos perdido.

La posibilidad de pensar.

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