Por Daniel Posse.
Belisario López, parado en medio del claro, con los ojos inyectados de melancolía perdía su mirada en la desbordante vegetación. De pie, miró hacía el horizonte, la línea que marcaba ese edén donde el verde era un azote, un suplicio que nunca lo dejaría en paz.
Había heredado la Santa Ana y era la quinta generación de su estirpe que ponía los pies en esa tierra.
Sus ancestros habían muerto en medio de esas entrañas selváticas, en situaciones extrañas. Pero él se sentía diferente, no quería tener el mismo final. Soñaba con Londres, no con ese sitio, donde a su parecer, las únicas muestras de civilización eran el nombre y su propia humanidad.
Todo lo que lo rodeaba le parecía parte del engranaje de la selva, inclusive las criaturas que lo servían. Las creía mediar entre lo salvaje y un vano y elemental entendimiento. Le costaba ponerlos en el lugar de seres humanos.
Para Belisario López, Santa Ana era el reino del aburrimiento y el olvido.
Entró a la cocina; entre mates dulces y calientes, inició la espera del comprador. Tenía la seguridad de que ahora por fin se despojaría de esa maldición con cerros al oeste.
Imaginó qué haría con el dinero. Lo primero sería viajar, vivir un tiempo en Inglaterra. Bajó los párpados y se vio con Elisa, su esposa, caminado en un anochecer enmarcado por el ruido y la niebla de Londres.
Clodomiro Hileret llegó, bajó de su caballo, con su rostro y manos sudorosos. El largo camino lo había puesto irritable. En esos momentos, era cuando más deseaba estar en París.
Se secó la frente con un pañuelo de seda, acomodó su sombrero, pudo ver la flama verde que se extendía por esa maraña sembrada de charcos y riachuelos.
La brutalidad y el salvajismo de la selva lo inquietaron. Se preguntó, mientras se rascaba la barbilla, cómo era posible tanta aglomeración de vida; además, que la misma, poseyera esa libertad de movimiento. Estaba molesto, pensó que era una aberración para la modernidad, demasiado caos sin el orden impuesto por el hombre. Era una herejía para su culto: “La razón”.
Observó a su alrededor, el caballo siguió trotando, la vegetación lo desesperaba, le costaba respirar. Ahí, en ese momento, decidió que él haría algo para ordenar ese mundo.
Desmontó, caminó por un sendero de piedras pisoneadas, el atardecer se fundía en un juego de luces sangrientas. Los olores a musgo se adherían a su chaqueta.
En el trayecto imaginó cómo sería la construcción de su sueño. Debería aniquilar la espontaneidad, debería dar lugar a la vitalidad planificada que fluye de las mentes racionales. Miró hacía los cuatro puntos cardinales, analizó cada una de las alternativas que florecían en su cabeza.
Una serie de escalofríos le recorrió hacía la nuca. Tuvo miedo. Una parte de él no comprendía de dónde surgía esa obsesión repentina por destruir la selva; su alma se estremeció. El deseo de vejar y poseer esa tierra hasta la extinción se volvió abrumador. Esquivó enormes helechos, al correrlos los dejó jugar en el azar de la tarde.
Por un instante creyó ver a todo el verde del mundo concentrándose ahí. En un segundo de lucidez dijo: —Esperaré a la noche—, y se dirigió hacia la ranchería.
Belisario López encendió un puro hamacándose en un sillón de mimbre. Vio acercarse a Clodomiro con el rostro mojado de sudor, emitiendo suspiros, jadeando; se paró y mirándolo a la cara pregunto:
— ¿Santa Ana es lo que usted imaginaba?
El francés respiró profundamente y secándose con su pañuelo de seda respondió:
—Bueno, sí, pero no me ha sorprendido.
— ¿La quiere o no la quiere? ¿La va comprar, sí o no?
— ¿A qué?
—A la estancia, ¿no es lo que está buscando? Digo: ¿no es ideal para su ingenio azucarero?
— Sí, claro que sí, la compraré.
Entraron al rancho más grande, era una habitación cuadrada de paredes de barro blanqueadas con cal. En el centro había un mesón rustico de quebracho colorado. Clodomiro se sentó en una banqueta con asiento de totora, estiró las piernas y mojó la pluma en el tintero y estampó la firma. Cuando terminara de pagar, sería el dueño y señor de esa tierra.
La noche se repetía en cada sombra, la luna trepaba abundante en el perfil de la montaña. Belisario sintió el cuchillo cortarle las entrañas, supo que no llegaría al amanecer, que tampoco podría confundirse en la niebla matinal de las riberas del Támesis.
El verdugo dejó que la sangre se esparciera por su cara, que salpicara en sus manos. La muerte se convocaba arrogante, sorpresiva, puntual. El asesino alternaba entre los golpes punzantes del cuchillo fragmentos de sus sueños; en los que chimeneas y máquinas nacían de una planificación perfecta, violando y sometiendo el cuerpo de la selva, diezmándola, matando hasta el último vestigio de libertad para dar lugar a un nuevo orden, un nuevo paraíso, el propio.
Escuchó al trapiche moverse, a la caldera arrastrar el canto y la ofrenda, a la sangre dar espacio para que su vientre diera a luz el azúcar virginal, para expandirse y anidar en todas las casas.
Cerró los ojos, mirando hacia adentro, para ver un París de a pedacitos, que se desplomaba y armaba entre partes, entre la locura y la avaricia.

El atardecer se fundía en un juego de luces sangrientas. Es como si el mañana tuviera aún más por verse; es un camino realista. Muy interesante como siempre. Un abrazo Daniel!!