Por María Jesús Benites.
Toda presentación de un libro es un acto de celebración, es un convite a la lectura, un reto a transformarnos en lectores y lectoras. Esa es una condición determinante para escribir, antes de que todas las intensas palabras que habitan estas hojas se agruparan, estuvieron precedidas por escenas de lectura, pero cuando hablo de esos actos no solo me refiero a la materialidad de los libros, sino a “leer” como una acción múltiple y compleja que involucra cada gesto cotidiano, cada uno de los aspectos que rodea nuestra existencia. Es ese el desafío que asumen Susana Maidana y Catalina Lonac al compartir en este segundo libro sus nuevas lecturas del mundo, porque cuando dos mujeres sensibles, lúcidas y con una poderosa capacidad asociativa deciden dialogar y yuxtaponer sus ideas, las posibilidades de reflexión son inagotables.
Desde la elección de la tapa, que replica en colores la del primer texto, se apela a la duplicidad y a las búsquedas; José Mariano, autor del pórtico liminar y, por lo tanto, el primer lector de la obra enfatiza la potencia simbólica que encierra el cuadro con esta mujer que emerge de la oscuridad para descubrir el mundo, un cuerpo desnudo que anhela el saber. Si en el primer libro el gran interrogante era “el pensamiento perdido” y en su búsqueda nuestras autoras ponían en diálogo temas profundamente ontológicos como la soledad, el odio , la ética, la venganza, la justicia, en esta oportunidad siguen compartiendo los discursos que las atraviesan (el de las leyes, la educación, la filosofía) pero, en este segundo volumen, lo hacen a través de una mirada propositiva, mucho más interpelante y cuyo núcleo es la reforma del pensamiento. Nuevamente eligen hacer esta travesía juntas porque, intuyo, parten de la certeza de que el saber se construye en el vínculo con el otro, que “el junto con” es una de las puertas para acceder a la reflexión y a la creatividad pero es también un modo, a veces solapado, otras explicito, de exponer detalles que nos definen.
Quienes estamos hoy aquí conocemos las diversas facetas de nuestras autoras, dos personas públicas, de reconocida y sostenida trayectoria intelectual y empresarial, con una fuerte presencia en la vida académica y cultural de nuestra provincia y, por eso, resulta revelador, porque determina mucho del contenido del libro, el modo en que cada una, brevemente, se inscribe en su propio libro y relata las vidas vividas, vidas que reconstruyen orígenes, que hablan de los vínculos familiares (Susana, por ejemplo, recuerda a una madre hermosa que le cosía vestidos), de la condición del desarraigo o de los mandatos no aceptados (por lo que nos cuenta Katy, en el entorno familiar se vislumbraba para ella un futuro como farmacéutica). Ambas coindicen en referirnos la felicidad que les suscitó dar origen a este libro dual.
Esa sinceridad fundante, ese efecto de intimidad cómplice entre ellas y nosotros los lectores, se reescribe en una profunda generosidad. Ni una sola línea de las meditaciones e interpretaciones que palpitan en estas páginas podrían existir sin la capacidad interpretativa de ambas autoras, pero tampoco sin el modo en que comparten el caudal de profusas bibliotecas que, lejos de ahogar al lector con referencias eruditas, hacen visible la poderosa capacidad reflexiva de cada una de ellas y el anhelo de trascendencia a la letra impresa como una acción comunitaria para continuar el diálogo .
El lector no encuentra, entonces, lecturas lineales o rígidas, lo que proveen los ensayos son campos del saber que se conjugan para enfrentar juntas nuevos desafíos. Así, el libro puede ser pensado también como una constelación de ideas que dialogan y que se ensamblan porque reconocen sus semejanzas, porque especulan sobre diversos núcleos críticos en clave política, social, cultural y educativa para dar vida y fuerza argumental a ese pensamiento reformado, concepto que abraza la obra.
Susana Maidana, autora del primer ensayo, nos invita a un intenso recorrido iluminando una de las categorías más definitorias y a la vez más inaprensibles de nuestra existencia: el lenguaje. Allí comparte su caja de herramientas, retoma sus lecturas, nos invita a recorrer en clave polifónica las voces potentes de Descartes, Wittgenstein, Bachelard, Foucault … Nos delinea una cartografía temporal que condensa las principales tensiones y el espesor de aquello que nos hace humanos, de lo que nos diferencia de las otras especies, los que no habilita a nombrar , a emitir juicios, a dar cuenta de nuestros sentimiento porque el lenguaje, ya sea escrito u oral, nos define. Creo que Susana, asume la premisa de que el conocimiento más valioso es el que se comparte y, quizás por eso, el estilo de su escritura, claro y ameno y la vez complejo, no se resiste a abandonar las aulas. Quienes hemos tenido el privilegio de ser sus alumnas y alumnos reconocemos ese momento como una experiencia significativa en nuestra formación humana y académica. Ese don natural para transmitir saberes crece en cada fragmento, el tono de Profesora es optimista ya que se apoya en el firme convencimiento de que las humanidades fortalecen y alientan la apropiación crítica de la cultura, abren espacios de debate y mantienen su dimensión utópica. Ella misma afirma en un fragmento: “El filósofo no descubre nuevas realidades: describe los usos. No construye sistemas- sino que disuelve confusiones”. Entonces, el lenguaje es lo que nos permite construir nuestras identidades, encontrar los sentidos, vincularnos, transmitir vivencias y emociones.
Aula, conocimiento, conciencia y reflexión (entre otras categorías) se consolidan en el ensayo de Catalina Lonac. La escritura fluye y el devenir del pensamiento se centra en el aspecto educativo, no en tanto acontecimiento limitado a la mera transmisión de conocimientos, sino como un espacio para reformar el pensamiento y proporcionar nuevos sentidos al lenguaje. Reformar supone atender no solo los marcos conceptuales, sino también a todos los aspectos que se involucran en nuestra experiencia cognitiva.
La autora, con enfática honestidad, parte de sus convicciones personales, y subjetivas para acercarnos una interpretación propia de la educación: “En los profundo lo que importa es el modo en que nos han enseñado a mirar el mundo”, afirma en un tramo del ensayo.
La educación como eje y sentido principal de la escritura se arraiga en su condición de interdisciplinariedad y diversidad de paradigmas. Katy destaca la importancia del arte como una de las diversas, pero también poderosa herramienta que orbita alrededor de la construcción semántica de la acción de educar, por eso insiste en la necesidad de dimensionar los condicionamientos a los que se nos somete , de manera paradójica, nuestra libertad. La educación debe ser esa instancia que no sucumba al exceso de información, tiene que constituirse en un espacio de armoniosa reconciliación entre inteligencia y sabiduría.
En este sentido, podemos trazar un in crescendo cuando terminamos de leer ambos ensayos: Susana Maidana parte de reflexiones rigurosas sobre el lenguaje y sus vinculaciones con el poder, las instituciones, en particular las educativas, en tanto que el escrito de Catalina Lonac nos ilumina aspectos complejos acerca del modo en que nuestras vidas están atravesadas y por qué no, también condicionadas, por el uso sistemático, progresivo y silencioso de lo que para mí es una entelequia, casi resultado de alguna ensoñación pero que, como detalla se ha transformado en una parte insoslayable de nuestra cotidianeidad: el algoritmo. Pero no pensemos que el ensayo tiende al tono apocalíptico, al contrario lo que surgen son preguntas que marcan las tensiones de nuestra existencia en términos de agencia, de acciones concretas que eviten que nos transformemos en variables, cálculos … datos.
La clave está en el devenir reflexivo, en evitar las fracturas sociales y los abismos de la desigualdad, resistir ante la sobreinformación, de no fenecer ante la amenaza de ser considerados prescindibles o irrelevantes. El término que usa la autora es desamparo, una palabra potente porque nada hay más desesperante, que la falta de refugio, de contención.
De manera inexorable vuelve a ser determinante la educación, principalmente la universitaria, locus donde potenciar recursos claves que nos permitan desarrollar el juicio y la conciencia críticas, desplegar todas las lógicas que sostienen, hasta ahora, nuestro pensamiento. Algo que no ha logrado superar ninguna de los diversos programas de Inteligencia artificial, otro de los temas sobre el que se reflexiona en el libro .
Por eso la educación se transforma en un agente estructural clave en todo proceso de transformación social. Ningún giro epistemológico puede construirse en los márgenes, ninguna reforma del pensamiento puede consolidarse si no está mediada por una dinámica de aprendizaje que pondere la capacidad reflexiva.
Tampoco los actores del sistema son silenciados, por eso Katy dedica, progresivamente, momentos para reflexionar sobre el aula y el rol del docente como una figura ética, idea sugerente que , como la totalidad del libro, habilita el diálogo con el lector y seguro algunas preguntas. Hay certezas con respecto a los conflictos y los desafíos pedagógicos que este proceso de reforma del pensamiento involucra, por eso en el último tramo de su ensayo piensa la capacidad de atención, lo que me parece un hallazgo, como una práctica cultural que involucra al proceso creativo y las dimensiones estéticas y temporales.
Como afirma la autora “ educar hoy, es también enseñar sin presión, escuchar sin interrupciones, pensar sin obedecer al ritmo impuesto”. Así la acción de educar de quienes estamos involucrados en ese proceso renueva los diversos sentidos de la vida, proyecta lo existencial, se transforma en un acto que asume , con responsabilidad, los riesgos. En este anclaje histórico y universal, la universidad y sus aulas y los sujetos que las habitamos somos nucleares para la reforma del pensamiento. Pensar el presente y comprenderlo son las bases estructurales que habilitan un futuro de transformaciones, un futuro más amable, más pausado, crítico, donde la libertad y el uso del libre albedrío se asuman de manera reflexiva.
Estas breves palabras que trataron de rescatar la esencia de esta obra , son también una invitación a leer porque quien comparte por escrito sus libros, lecturas y reflexiones genera un cambio, parto del certidumbre de que el mundo siempre es menos hostil cuando leemos un libro y la propuesta de Susana de Maidana y Catalina Lonac nos desafía a asumir la lectura como una acción comunitaria, nos interpela a la reflexión crítica y por qué no también a apropiarnos de las ideas yuxtapuestas.
Escribir es también una manera otra, potente y maravillosa de decir y habitar el mundo y el libro que hoy nos reúne posee esa densidad porque es atravesado por preguntas que nos interpelan pero que no se clausuran. Y esto debe ilusionarnos y llevarnos a especular que esta travesía por el pensamiento aún no ha terminado porque, conociendo la pulsión apasionada que define a nuestras autoras, nos seguirán interpelando y cada una de las personas que hoy estamos aquí acompañando el nacimiento de este libro armonioso, atractivo, y por sobre todo tan necesario, volveremos a reencontrarnos.

