Por Fernando Pérez.
La cinematografía de Tim Burton nos regaló una metáfora de una potencia política inesperada. En su versión de Alicia, los cortesanos de la Reina Roja no solo obedecen; se deforman. Para neutralizar el complejo de una soberana de cabeza desproporcionada, el entorno se ve compelido a utilizar prótesis: narices falsas, vientres acolchados, orejas prominentes. Lo que en la superficie parece una muestra de lealtad, en la profundidad es un mecanismo de supervivencia basado en la simetría del defecto.
En la Argentina contemporánea, el fenómeno de Javier Milei invita a un análisis que trasciende lo económico para adentrarse en lo conductual. Asistimos a un proceso de mimetización sistémica. El estilo disruptivo y la agresividad del Presidente —que en su figura pueden leerse como componentes de un carisma «outsider»— se han transformado en el «uniforme» obligatorio de sus funcionarios y seguidores más acérrimos.
La «prótesis» de la soberbia
Si en la ficción de Burton la normalidad estética de los otros era lo que incomodaba al poder, en la actual administración lo que parece incomodar es la templanza. Observamos cómo cuadros técnicos, anteriormente moderados, adoptan hoy la «prótesis del insulto». La soberbia discursiva en redes sociales y la descalificación del disenso no funcionan solo como herramientas de comunicación, sino como credenciales de pertenencia. Para ser parte de la corte, hay que hablar el dialecto del Rey, aunque ese dialecto erosione los puentes básicos de la convivencia democrática.
El riesgo de la uniformidad
El peligro de este fenómeno es doble. Por un lado, la degradación institucional del lenguaje público. Por el otro, la pérdida de la individualidad en la gestión. Cuando el entorno decide «ponerse la prótesis» de la agresividad para no desentonar con el líder, la capacidad crítica se anula. El funcionario deja de ser un asesor para convertirse en un espejo del exceso.
La historia nos enseña que el poder que se construye sobre la validación del agravio tiende a agotarse en su propia intensidad. En la corte de la Reina Roja, la normalidad era una amenaza. En la Argentina de hoy, el desafío profesional y ciudadano es evitar que la prepotencia se convierta en nuestra nueva fisonomía nacional. Al final del día, cuando las luces del escenario se apagan, el riesgo es que las prótesis terminen por fundirse con la piel.

Excelente como siempre Cr. Fernando Pérez, esperamos ansiosos sus próximas columnas.
¡Excelente!