Por @somosunberenjenal.
En la literatura contemporánea del NOA, pocas voces logran la tensión que Eugenia Campero despliega en Nadie quiere ser Beth. No estamos ante una simple antología de cuentos; estamos ante un ejercicio de posesión. Campero habita cuerpos —humanos y no humanos— para desarmar la realidad desde adentro, ignorando cualquier cronología lineal para jugar con un tiempo que va y viene al ritmo de su propia urgencia.
La experiencia de lectura es, en esencia, una montaña rusa. No hay una transmisión pasiva de emociones; hay un choque. Eugenia juega con el lector, lo arrastra hacia la incomodidad y lo sitúa en ese punto exacto donde se espera el impacto. Es esa trompada en la boca del estómago que, masoquistamente, el lector elige no esquivar.
Lo más fascinante es cómo la autora logra que todo este tránsito por la oscuridad suceda mientras baila en la tucumanidad. No es un escenario, es una vibración que atraviesa cada relato, dándole una identidad filosa y auténtica.
Para quienes aún no se han cruzado con su obra, encontrarla es una tarea urgente. Pero lean bajo su propio riesgo: Campero no deja sobrevivientes, solo lectores sedientos.
Al final, solo queda confesar que la autora hizo lo que quiso conmigo en mi rol de lector. Te odio, Eugenia Campero. Dame más (y que alguien más la encuentre para que entienda de lo que hablo)
Encontralo, por supuesto, en @somosunberenjenal Experiencias lectoras
