Por Leonor Benedetto.
El Paraíso de la Cristiandad es el lugar de perfección del que Adán y Eva fueron expulsados por haber cometido pecado de desobediencia.
Todas las religiones tienen un sitio equivalente ya sea que se llamen Nirvana, Jardín del Edén, Eliseo, Tao. Para el budismo es la posibilidad de la Iluminación. Lo contrario es el infierno, el hades, el sufrimiento eterno, la oscuridad, el fuego.
Todo humano viene al mundo con la amenaza del castigo o la consigna de la salvación, y tiene que lograrlo en el transcurso de su vida aquí en la tierra. Pero no traemos bajo el brazo un Manual de Instrucciones para la Vida Buena. Y el bien y el mal de nuestra infancia ya no tiene vigencia.
Entonces consultamos a los brujos de la tribu, los psicoanalistas, los confesionarios, y a cuanto oficiante fatiga los caminos, porque todos creemos merecer el paraíso.
El teatro fue siempre el lugar de invocación a los dioses para lograr la salvación y conectar con lo divino, ceremonia para curar o hacer llover en tiempo de sequía, religión de ateos y agnósticos desconcertados.
Lo sagrado ocurre sin que lo invoquemos, inesperadamente, y una vez en sus garras nos sacude sin piedad, nos transforma y, si se lo permitimos, nos despierta. Y depende del oficiante que esto ocurra.
Si se desangra y se ríe de sí mismo, si se ha tragado una lupa y un cuchillo, y ha visitado su interior innumerables veces, y nos dice que el pecado no existe y que todo es posible, saldremos del teatro con menos certezas, y eso es mérito nuestro, recordando la ceremonia presenciada, y eso es mérito de él.
