Por José Mariano.
«La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un cielo del infierno, un infierno del cielo.»
— John Milton, El paraíso perdido, Libro I
Este es el número 60 de Fuga. Que no es poco para una revista que nació y creció intentando leer una época sin acomodarse del todo a ella. Me regalaron El paraíso perdido poco antes de que comenzara el Mundial, y pensé que la editorial de esta edición tenía que llamarse así. Todavía no sabía exactamente de qué iba a tratar, pero tenía una idea, quería hablar de la desobediencia como ese movimiento paradójico mediante el cual nos volvemos cada día más humanos. En Milton, desobedecer significa perder el paraíso, abandonar un mundo terminado e ingresar en la libertad, la conciencia y la historia.
Fui leyendo el Libro I de partido en partido. Las dos experiencias terminaron mezclándose. Milton narraba la caída y la pérdida de un mundo; el Mundial parecía construir otro. Cada noche volvía al libro. Cada partido parecía agregarle una imagen.
Todos conocemos la maquinaria que sostiene este espectáculo. Las apuestas legales y las pausas de hidratación convertidas en espacios publicitarios terminaron de revelar su lógica incluso a los más crédulos. Aun así, nos dejamos llevar. Algo puede estar construido para capturarnos y, al mismo tiempo, producir una experiencia que no queremos perdernos.
Para cualquier argentino este Mundial fue especial. Era el último de Messi y, desde los dieciseisavos, cada partido tuvo un sufrimiento auténtico y una escena destinada a permanecer en la memoria. Durante esas semanas el país siguió siendo el mismo, pero nuestra manera de habitarlo fue otra. Cambiamos horarios de clases, trabajos y compromisos. Millones esperábamos juntos algo que todavía podía suceder. Por un momento dejamos de mirar realidades distintas. La mente colectiva había hecho un todo con los materiales de un país dividido.
La semifinal contra Inglaterra llevó esa experiencia a su clímax. Argentina perdía un partido que comenzaba a escaparse y lo dio vuelta en los últimos diez minutos. En medio de los festejos apareció una bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas». La secuencia parecía imaginaria. Argentina vencía a Inglaterra, remontaba un partido y celebraba con una bandera de Malvinas.
El fútbol no corrigió la historia, no puede hacerlo. Las islas continúan ocupadas y ninguna victoria deportiva puede reparar una guerra. La realidad material permaneció intacta, pero cambió por un instante el lugar que esa herida ocupaba. Aquello que había sido condenado a la derrota reapareció dentro de una victoria. La frase de Milton ya estaba ahí; la mente había encontrado un cielo posible dentro de una historia infernal.
Después vino España. La final terminó y comenzaron las teorías conspirativas; imágenes detenidas en el momento exacto, decisiones inexplicables, pactos e intereses capaces de conectar cada gesto con una trama mayor y anterior. España ganó, pero algo no terminaba con el resultado. Habíamos perdido la final, pero seguían ahí las semanas vividas y la comunidad fugaz que se había formado alrededor de la selección. Lo real se imponía. Lo verdadero seguía abierto.
El paraíso nunca había sido un lugar incontaminado. Fue el momento en que una sociedad consiguió reconocerse dentro de una realidad compartida. Estaba construido y fue verdadero mientras lo habitamos. La derrota nos expulsó de ese mundo y el tiempo volvió a correr de otra manera. La caída, sin embargo, todavía no era la desobediencia.
Desobedecer no consiste en negar la derrota ni en inventar una explicación que la vuelva soportable. Esa sería otra forma de obediencia, someter lo ocurrido a la versión que necesitamos creer. La desobediencia empieza después de aceptar los hechos, cuando nos negamos a entregarles también el sentido de lo vivido.
Aceptamos que el paraíso terminó y aun así rechazamos que la realidad que vuelve sea la única posible. En Milton, la pérdida del paraíso rompe la seguridad de un orden terminado y entrega a los hombres a un tiempo abierto. Desde entonces deben elegir, responder por sus actos y construir un mundo sin garantías. Ahí aparece lo humano, en la conciencia de la pérdida y en la libertad que nace después.
Quedan la bandera, la remontada contra Inglaterra y la prueba de que nuestras fracturas todavía no ocuparon por completo la imaginación. Durante un mes, la mente colectiva hizo un cielo de este país difícil. Después, la derrota amenazó con convertir en infierno aquel cielo perdido. La realidad nunca llega sola. También está hecha del lugar que construimos para recibirla.
Ahora pienso que Fuga también llegó a su número 60 por una desobediencia parecida. Cada edición nació de la negativa a aceptar que la realidad disponible fuera la única posible, de la necesidad de abrir una grieta y mirar detrás. Sesenta números también son una forma de persistir fuera de los órdenes terminados, de atravesar la época sin obedecer por completo sus lenguajes, sus urgencias ni sus certezas.
La historia comienza cuando salimos del paraíso. Después queda una realidad áspera, sin la protección de los mundos cerrados. Pero también queda la libertad de imaginar dentro de ella un lugar que todavía no existe. Desobedecer es aceptar esa intemperie y empezar de nuevo.
Esto es Fuga.
Edición 60.
