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ARGENTINOFOBIA

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Por Fabricio Falcucci.

“Durante décadas, el fútbol fue, sobre todo, una competencia entre selecciones nacionales. Hoy también es un escenario privilegiado para disputar sentidos”

La final del Mundial terminó con España levantando la copa. Pero para la Argentina el partido no concluyó con el pitazo final. De alguna manera, recién empezó allí. Mientras los españoles celebraban el título, el debate global siguió girando alrededor de la Selección, de Lionel Messi y, sobre todo, del país.

No era una reacción surgida de la derrota. Era el desenlace de un clima que se había construido durante todo el campeonato.

Desde los primeros partidos, Argentina no solo enfrentó rivales dentro de la cancha. También convivió con una sospecha permanente instalada en redes sociales, programas deportivos y transmisiones de distintos países. Cada victoria parecía exigir una explicación alternativa. Si el equipo ganaba, era porque la FIFA quería despedir a Messi con otra Copa del Mundo. Si una decisión arbitral favorecía a la Selección, aparecía de inmediato la acusación de que el torneo estaba arreglado. Si una jugada generaba polémica, el concepto “ArgenFIFA” inundaba las redes como si fuera una verdad evidente y no una consigna repetida hasta el cansancio.

El fenómeno no era exclusivamente deportivo. El fútbol funcionó como el escenario donde comenzaron a proyectarse tensiones culturales, políticas e identitarias mucho más profundas.

Messi fue el principal blanco de esa construcción. El mejor futbolista de todos los tiempos dejó de ser únicamente un jugador extraordinario para convertirse en un símbolo sobre el que se depositaban admiraciones, frustraciones y resentimientos. Cada gesto suyo era analizado, exagerado o reinterpretado. Cada triunfo despertaba sospechas. Cada derrota provocaba celebraciones que excedían largamente la lógica competitiva del deporte.

Uno de los casos más llamativos fue el de México.

Desde hace algunos años, especialmente después del Mundial de Qatar, parte del ecosistema mediático mexicano comenzó a construir una rivalidad con Argentina de una intensidad difícil de encontrar del otro lado. Periodistas, streamers, influencers y cuentas dedicadas al fútbol instalaron cotidianamente la idea de que Argentina era el rival a vencer, incluso cuando México ya no seguía en competencia.

Durante este Mundial, esa tendencia alcanzó uno de sus puntos más altos. La derrota argentina en la final fue celebrada masivamente en el Zócalo de Ciudad de México. No se festejaba únicamente el título español. También se celebraba la caída de la Argentina.

El episodio adquirió todavía mayor dimensión cuando la propia presidenta mexicana hizo referencia pública, en tono irónico, a un gesto de Lionel Messi. Que una discusión nacida alrededor de un partido terminara llegando al discurso de una jefa de Estado mostraba hasta qué punto el clima había dejado de ser exclusivamente futbolístico.

Pero México fue apenas una parte de un escenario mucho más amplio.

Las redes sociales internacionales multiplicaron publicaciones en las que Argentina aparecía asociada al fraude deportivo, al supuesto favoritismo arbitral y a un trato preferencial por parte de la FIFA. Después de la final, esos discursos se expandieron todavía más.

La consultora Ad Hoc registró millones de interacciones alrededor de cuatro grandes ejes: la acusación de que Argentina era un país racista, la vinculación del país con la discusión internacional sobre Israel, la difusión del término “ArgenFIFA” y una creciente corriente abiertamente antiargentina. Lo relevante del informe no es solamente la cantidad de publicaciones, sino la velocidad con la que esos discursos comenzaron a reforzarse entre sí hasta construir una imagen homogénea del país.

Lo que empezaba como una discusión futbolística terminaba convertido en una caracterización política y cultural de toda una nación.

Las intervenciones de figuras públicas contribuyeron a profundizar ese clima.

Rosalía compartió un video de Mia Khalifa que se burlaba de los argentinos y celebraba la derrota de la Selección. Samuel L. Jackson amplificó publicaciones que presentaban a la Argentina como un país racista. En Estados Unidos, incluso congresistas utilizaron el episodio para cuestionar públicamente al seleccionado nacional y transformar un conflicto deportivo en un asunto político.

Las redes hicieron el resto. Celebridades, dirigentes, periodistas, influencers y millones de usuarios reprodujeron una misma imagen del país hasta instalarla en el centro del debate mundial. El fútbol había dejado de ser el único tema en juego.

En ese clima también intervino el escritor español Arturo Pérez-Reverte. Lejos de bajar el tono, publicó un mensaje que tuvo enorme repercusión: “No seamos injustos, no nos equivoquemos. Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina”. Pero inmediatamente endureció aún más su posición al afirmar que había representado “solo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”.

No fue un episodio aislado. Las declaraciones del novelista español se sumaron a una sucesión de pronunciamientos que, desde distintos ámbitos, terminaron consolidando una visión degradada de la Argentina. Lo que había comenzado con sospechas sobre los arbitrajes, acusaciones de “ArgenFIFA” y burlas dirigidas a Messi derivó, con el correr de los días, en descalificaciones contra el país, su cultura y su identidad.

Ese punto resulta central para comprender lo ocurrido durante el Mundial.

La Argentina ya no era solamente un equipo de fútbol. Era una representación. Un símbolo sobre el que distintos actores proyectaban debates acerca del racismo, la inmigración, la identidad nacional, Occidente, el colonialismo, el éxito deportivo e incluso la política internacional.

Por eso la derrota frente a España no modificó demasiado las cosas.

Los ataques continuaron circulando con la misma intensidad. No desaparecieron porque nunca habían dependido exclusivamente del resultado. Si Argentina hubiera ganado, probablemente las acusaciones de favoritismo se habrían multiplicado. Como perdió, la derrota fue utilizada para celebrar algo más que un título deportivo.

Quizá esa sea la principal enseñanza de este Mundial.

Durante décadas, el fútbol fue, sobre todo, una competencia entre selecciones nacionales. Hoy también es un escenario privilegiado para disputar sentidos. Se juega por la interpretación de los hechos, por la legitimidad de las victorias, por la reputación internacional de los países y por el significado de determinados símbolos.

En ese terreno, Messi dejó de ser únicamente el mejor futbolista del planeta. Se transformó en una figura cultural capaz de condensar adhesiones y rechazos mucho más allá del deporte. Lo mismo ocurre con la Argentina.

Hay países que pasan inadvertidos. Argentina no pertenece a esa categoría. Ganó el Mundial de Qatar y se dijo que había sido un torneo comprado. Llegó nuevamente a una final y convivió durante semanas con acusaciones de favoritismo, racismo y manipulación. Perdió la copa y, aun así, siguió ocupando el centro de la escena internacional.

La final consagró a España. Pero también confirmó otra cosa: que la Argentina se ha convertido en mucho más que una selección de fútbol. Hoy es un símbolo sobre el que se proyectan admiraciones, resentimientos y disputas culturales que exceden largamente el deporte. Las copas cambian de manos. Los relatos permanecen. Y esa batalla, mucho más silenciosa y profunda que la que se juega durante noventa minutos, está lejos de haber terminado.

 

8 COMENTARIOS

  1. De otro parte, para los argentinos fué una oportunidad para compartir emocioné y sentimientos, que se hicieron comunes y eso hacía mucho que no ocurría. Nos unió la adrenalina pero también la representación del país con Messi y los demás jugadores, esa aparente armonía; humildad, alegría y bravura ( o garra como se dice en futbol) propio de nuevas masculinidades – al mismo tiempo, del equipo y director técnico, fue cautivante. Ese fue el lado bueno.

  2. Creo que fue una campaña orquestada con un objetivo claro: desprestigiar a nuestra selección y a nuestra gente. Molesta que podamos ser buenos o los mejores en algo. Les irrita que no nos rendimos ni suplicamos. Mientras los españoles mantienen la boca cerrada por Gibraltar, nuestros jugadores hicieron visible un reclamo justo por Malvinas que llegó hasta sectores impensados. Somos pasionales y eso también molesta. Sufrimos en la derrota y gozamos en cada victoria. No creo que Argentina sea un país racista, por el contrario, creo que es el país que recibe a los estudiantes en sus universidades que vienen en busca de conseguir su sueño. O los que se atienden en hospitales públicos sin mayores inconvenientes. Pero ojo, porque todo eso está en peligro. Hay que revisar si quienes nos representan no han generado mucho de lo que hoy se habla.

  3. Lo más fuerte del artículo es que muestra cómo Argentina dejó de ser solo una selección de fútbol para convertirse en un símbolo sobre el que muchos proyectan admiración, críticas y prejuicios. El partido terminó, pero el debate siguió.
    Lo más llamativo es que, aun perdiendo la final, Argentina siguió siendo el centro de todas las conversaciones. Eso demuestra que el debate iba mucho más allá del resultado deportivo.

  4. Excelente artículo. El campeonato terminó y no se deja de hablar de Argentina.
    Muy claros tus enfoques para tratar de entender este “fenómeno”.
    Me parece que también hay cuestiones vinculadas al mercado: que todo lo que toca convierte en oro y en este mundial norteamericano se hizo más patente aún. A ese juego están llamadas y son funcionales las redes sociales y la prepotente y autoritaria “instalación de temas”, algo habrá que hablar tanto de Argentina vende.

  5. Muy interesante, Fabricio. Creo que también existe una campaña orquestada contra la Argentina. Incluso se detectaron granjas de bots operando con un nivel de sofisticación muy alto, lo que demuestra hasta qué punto hoy es posible manipular la información y moldear la percepción pública.

    En la era de la posverdad esto se vuelve especialmente peligroso, porque los hechos objetivos pierden peso frente a las emociones, las creencias y los relatos que se viralizan. Cuando existen campañas coordinadas capaces de amplificar determinados mensajes, la opinión pública puede ser influenciada con facilidad, haciendo cada vez más difícil distinguir la verdad de la desinformación.

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