InicioCuentoEl Sueño

El Sueño

Publicado el

Por Daniel Posse. 

Cuando tomó conciencia, se dio cuenta de que estaba montada en un dragón que, enloquecido, lanzaba chispas y humo por doquier. En sus fauces se mezclaban llamas transparentes. Una baba verde y aceitosa se descolgaba del hocico como un chorro de lava hirviente. Se preguntó entre gritos cómo llegó allí e intentó bajar, pero las escamas descascarándose entre azules y grises le dieron repulsión. La cresta, esa hoz que se empecinaba en crecer, parecía nacer desde su propia cabeza y expandirse hacia el infinito. Miró al cielo pidiendo ayuda, pero la única respuesta fue un cuarto creciente derramado en el perfil de una noche incipiente. Las calles eran las mismas de siempre: las que la vieron crecer y juguetear a la rayuela, las que atraparon los primeros instantes de los juegos del amor y las distancias; pero ahora adquirían una imagen irreconocible. Los naranjos en las penumbras no eran más que siluetas al acecho, las sombras abrigaban un miedo pegajoso, los minutos parecían horas y, estas últimas, eternidades. Nada detenía al demonio, ni el rosario de súplicas que caía de su boca. Al llegar a la esquina, la bestia extendió las alas; trató de levantar su pesado y alargado cuerpo, pero comenzó a girar como un barco sin timón. Se convirtió en un tremendo trompo de azufre y fuego que, al romper el equilibrio, inició otra vez la marcha. Su masa descomunal, sin control, arrasó con todo. Fue allí cuando, en una fracción de segundo, vio a la mujer sentada sobre la vereda como en un ritual, sobre una silla plegable de mimbre, con un vestido celeste atiborrado de flores rojas y blancas. Ahí reapareció la tarde enquistándose y, cuando las sombras del miedo parecieron desaparecer, sintió el golpe. Pudo adivinar cómo las garras aprisionaban el cuerpo, desarmándolo contra la pared blanca, convertida en un charco vertical de sangre y carne. La angustia creció hasta apretarle la garganta; se sintió asfixiada y, en la desesperación, perdió la noción del tiempo y del espacio.

Ángela despertó abruptamente. Buscó a los manotazos encontrar la forma más rápida de encender la lámpara; cuando lo logró, recién entonces sintió el sudor goteando desde la frente. Trató de acostumbrarse a la luz y saber la hora exacta. Abrió y cerró los ojos para lograr convencerse de que eran las 6:30 de la mañana; dudó en volver a dormirse, todavía estaba asustada cuando llegó el primer bostezo. Inició el día como de costumbre. Le costaba olvidar ese sueño; las ojeras violáceas debajo de sus ojos atestiguaban una mala noche. Ángela tomó el maquillaje, lo untó en dos dedos y empezó a colocarlo en su rostro. Entre sorbos de té con limón y el reflejo del espejo, poco a poco olvidó las imágenes del sueño. Primero fue al mercado, después a la feria. Esta le pareció siempre algo intemporal, un lugar donde los olores hacían y deshacían el espacio común. Era una especie de antesala de una gran cocina, enorme y mundana, en la que los preparativos hacían el manjar de las moscas, sazonando con todos los ingredientes, desbordando comentarios y regateos. Las habas, los porotos, las verduras, las frutas y ese burdel que eran los puestos de carne, en los que se confundían los cortes de los cadáveres de animales. Los pechos insinuados de una inmensa variedad de escotes trataban de distraer al puestero para llevarse la mejor parte. Hasta parecía un acto de herejía en esa línea equidistante y no siempre paralela a la sombra de la iglesia. Miró la silueta proyectada en el asfalto y, siguiendo la línea, subió hasta llegar a las formas cuadradas del campanario. Lo observó absorta y este dio el Ángelus.

Entró en la cocina, encendió la radio y empezó a prepararse el almuerzo. El cuchillo trozó la carne y ella sintió un escalofrío correrle por la espina dorsal; entonces abandonó el pedazo de carne y prefirió los tomates y la lechuga. Las ensaladas, en realidad, le hacían bien. Le había costado dejar de comer cadáveres compulsivamente. Se rió al pensar en esa palabra tan usada por su hija mayor, que era una vegetariana precoz. En el fondo le atribuía a su hija, durante la anterior cena, las causas del mal sueño que tuvo. Quizás era el resultado de algún tipo de sugestión por escucharla tanto decir siempre lo mismo. El mediodía transcurrió tranquilo; llegó a la siesta entregándose impávida y desganada. Se introdujo en la cama y dejó que su cuerpo se engarzara entre las sábanas. La alarma del reloj la despertó. Era tarde. Se vistió de forma apresurada. El sol caía suave y somnoliento; el invierno seco y polvoriento la golpeó en la cara al salir a la calle. A pesar de eso, la tarde mostraba tranquilidad y sosiego, sólo algunos nubarrones ocultaban por momentos al sol, dejando un juego intermitente de luces y sombras proyectarse entre las calles. Después de andar por varias cuadras, llegó a una esquina donde la familiaridad la golpeó en el pecho. En ese instante, el automóvil giró enloquecido para convertirse en un trompo; fue allí cuando Ángela se dio cuenta de que montaba una bestia.

                                                                                     

*Del Libro De Sueños y Azar- de la sección El Azar del Sueño- Editorial Nuestra América – 2004

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

La reforma del entendimiento

Por José Mariano. “Miramos el presente a través de un espejo retrovisor.” — Marshall McLuhan Hay épocas...

La mirada insomne

Por Alfredo Elías Acevedo. “¿Puede alguien despertar de su peor pesadilla… cuando no está dormido?” —...

La obediencia como sistema

Por Enrico Colombres. "Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo...

Más que humanos

Por Rodrigo Fernando Soriano. La humanidad magnífica y herida. Primera vez que tengo dudas sobre si...

Más noticias

La reforma del entendimiento

Por José Mariano. “Miramos el presente a través de un espejo retrovisor.” — Marshall McLuhan Hay épocas...

La mirada insomne

Por Alfredo Elías Acevedo. “¿Puede alguien despertar de su peor pesadilla… cuando no está dormido?” —...

La obediencia como sistema

Por Enrico Colombres. "Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo...