Por Alfredo Elías Acevedo.
«La transparencia no siempre es claridad, a veces es un límite que ciega.»
Thomas Merton
La creencia en el diálogo con la inteligencia artificial disuelve el territorio biográfico del padecimiento. Cuando el síntoma se reduce a un simple error de sistema, la subjetividad se queda sin dique.
La ilusión del espejo sin falla
El chatbot no es una herramienta de diálogo; es un dispositivo de eco. Este es el primer punto necesario para desnaturalizar la idea de «interacción» que se instala en la conciencia de quien decide no consultar a un especialista y, en su lugar, confía sus problemáticas —e incluso sus urgencias subjetivas— a la máquina. La creencia de que allí se sostiene una conversación se apoya sobre una ingente capa de datos que solo replican un reflejo, como un grito que resuena en el desierto.
Bajo el imperio del principio de eficacia y eficiencia —el reino absoluto de la evidencia—, el síntoma y el padecimiento ya no pueden fallar. Se vuelven la constatación de lo perfecto, un escenario sin lugar para el equívoco, para el alojamiento de la falta ni, mucho menos, para la emergencia de la subjetividad. Aquí, como nunca, «la verdad es la palabra sometida». Sin la alteridad del intercambio, la palabra se muda definitivamente a un circuito cerrado de información.
El solitón digital y la cancelación del deseo
Frente a la pantalla, la respuesta automatizada empuja al sujeto a un conformismo clínico: «Entonces soy eso…» Ya no opera la ecuación del deseo, sino la operatoria del cálculo de probabilidades. Esto cancela, en el territorio biográfico del padecimiento, la emergencia de la angustia como antesala y brújula del deseo. El proceso se diluye en un mapeo de sentido común, sostenido desde un solitón digital que dialoga únicamente con el promedio estadístico de la cultura.
La clínica de hoy es la clínica del desborde del goce, un goce que no encuentra un dique en la palabra humana y busca el auxilio del código. Ya no se trata de los destinos del más allá del principio del placer; habitamos un más acá del principio del cálculo y de la probabilidad. Hemos transitado, de forma silenciosa, de la pulsión gramatical a la pulsión indexada.
El síntoma como glitch
Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿y si el síntoma ya no es más un enigma a descifrar? Al ser leído por el algoritmo, el síntoma es degradado a la categoría de glitch: un mero error de sistema, más que una formación del inconsciente en relación a un «no saber» del que se es portador.
La genialidad de Sigmund Freud fue, justamente, correr el eje del síntoma —hasta entonces tejido en el marco de los hallazgos anatomo-patológicos de la neurología y la psiquiatría clásica— para entenderlo no como una falla de lo orgánico, sino como un enigma cifrado; un goce paradójico que el sujeto no puede evitar, pero sí interrogar.
Quizás, ante esta posibilidad de secuenciación subjetiva que ofrece la época en lugar de una relación terapéutica, ya no se trate de un deslizamiento por la superficie del aparato psíquico allí donde los senderos se bifurcan. El riesgo actual estriba en quedar atrapados en una trazabilidad massmediática y tecnológica, regida por la rigidez del silicio y el eco de una voz sin cuerpo que, desde la ilusión de ese «otro lado» sin presencia, solo obtiene respuestas mudas.
