Por Enrico Colombres.
Existe una crisis más profunda que la inflación, más persistente que la pobreza y más peligrosa que cualquier disputa partidaria. Es una crisis que no aparece en los indicadores económicos ni ocupa el centro de los debates televisivos, pero que atraviesa cada rincón de la vida nacional. Es la crisis del vínculo social. La crisis de una comunidad que parece haber olvidado que, antes de cualquier diferencia ideológica, existe una condición compartida, la de pertenecer a un mismo pueblo.
La Argentina atraviesa un tiempo extraño. Nunca se habló tanto de derechos y nunca pareció existir tan poca empatía. Nunca hubo tantas voces opinando sobre el futuro del país y, al mismo tiempo, tan poca capacidad para escuchar al que piensa distinto. Nunca se reivindicó tanto la democracia y, sin embargo, nunca fue tan evidente la incapacidad de encontrar acuerdos mínimos que trasciendan una elección.
La política se ha convertido en un territorio donde el adversario dejó de ser alguien con una visión diferente para transformarse en un enemigo al que hay que derrotar, humillar o eliminar simbólicamente. El debate público ya no gira alrededor de ideas, proyectos o soluciones. Gira alrededor de identidades. Lo importante ya no es qué se dice, sino quién lo dice. Si la propuesta proviene del sector propio, se justifica; si proviene del sector opuesto, se condena. La coherencia dejó paso a la pertenencia.
Así nacieron las argentinas paralelas.
Una parte del país cree que todos los males nacionales nacieron con el peronismo. Otra sostiene que todos comenzaron con el antiperonismo. Algunos consideran que el mercado resolverá todos los problemas; otros creen que el Estado puede hacerlo todo. Mientras tanto, la realidad avanza indiferente a esas trincheras ideológicas.
Lo verdaderamente preocupante no es que existan diferencias. Las diferencias son naturales en cualquier sociedad democrática. Lo preocupante es la incapacidad para encontrar un punto común desde el cual construir. La Argentina parece haber perdido la noción de destino compartido. Y un país deja de ser verdaderamente una nación cuando pierde la conciencia de comunidad.
Durante décadas se instaló la idea de que el problema siempre era el otro. El empresario culpa al trabajador. El trabajador culpa al empresario. El sector público culpa al privado. El privado culpa al Estado. Los jóvenes responsabilizan a los mayores. Los mayores a los jóvenes. Los dirigentes a la sociedad. La sociedad a los dirigentes.
Todos encuentran culpables, nadie encuentra soluciones.
En ese proceso se fue erosionando algo fundamental: el sentido de pertenencia colectiva. La idea de que el éxito de una nación depende de la capacidad de sus integrantes para reconocerse mutuamente como parte de una misma historia.
Hoy parece suceder exactamente lo contrario. Hay quienes celebran una crisis económica porque perjudica al gobierno que no votaron. Hay quienes justifican hechos de corrupción cuando involucran a dirigentes afines. Hay quienes consideran aceptable cualquier atropello institucional siempre que afecte al adversario político.
La lógica es tan absurda como peligrosa. Se termina defendiendo o condenando los mismos hechos según quién los protagonice, la verdad deja de importar, la justicia deja de importar, los principios dejan de importar, solo importa la tribu de mi calle.
Esta degradación no se limita a la política. Se refleja en todos los ámbitos de la vida social. Se observa en las redes sociales convertidas en tribunales permanentes, en los medios transformados en aparatos de confirmación ideológica, en las conversaciones familiares que terminan en enfrentamientos irreconciliables y en una cultura cada vez más inclinada a etiquetar que a comprender.
La consecuencia es una sociedad fragmentada, incapaz de generar políticas de Estado.
Cada gobierno llega dispuesto a desarmar lo construido por el anterior. No importa si estaba bien o mal. Importa que fue hecho por el rival. La educación cambia de orientación cada pocos años. La política económica oscila constantemente. Los proyectos estratégicos desaparecen antes de madurar.
Mientras otras naciones construyen consensos de largo plazo, la Argentina sigue atrapada en discusiones que deberían haber sido resueltas hace décadas, no existe una visión común sobre qué país queremos ser.
Y sin un horizonte compartido es imposible construir desarrollo sostenido. Pero tal vez el aspecto más alarmante sea la desaparición progresiva del humanismo más elemental.
Vivimos una época donde se habla constantemente de inclusión, diversidad y derechos, pero donde cada vez cuesta más reconocer la humanidad del otro. Se exalta la diferencia, pero se pierde la capacidad de convivencia. Se reivindican identidades particulares mientras se diluye la identidad colectiva.
El resultado es paradójico, cuanto más se habla de tolerancia, menos tolerancia parece existir.
Quien piensa diferente es rápidamente reducido a una caricatura. Se lo clasifica, se lo descalifica y se lo excluye. Ya no es una persona con argumentos atendibles; es una etiqueta.
Y cuando las personas se convierten en etiquetas, cualquier agresión parece justificable.
La historia enseña que las sociedades no se derrumban solamente por razones económicas. Muchas veces comienzan a deteriorarse cuando desaparecen los lazos de confianza que mantienen unida a una comunidad. Cuando se pierde la noción del bien común. Cuando el interés sectorial reemplaza al interés nacional. La Argentina parece estar transitando precisamente ese camino.
Hablamos de soberanía mientras dependemos cada vez más de decisiones externas. Hablamos de justicia social mientras millones viven en la pobreza. Hablamos de igualdad mientras se profundizan las fracturas sociales. Hablamos de democracia mientras el diálogo se vuelve imposible.
Quizás por eso la crisis actual no pueda explicarse únicamente desde la economía o la política. Tal vez sea una crisis cultural y moral. Una crisis de sentido.
Porque una nación no se sostiene únicamente con leyes, elecciones o instituciones. También necesita valores compartidos. Necesita solidaridad. Necesita confianza. Necesita patriotismo entendido no como una consigna vacía, sino como la convicción de que existe algo superior a los intereses individuales.
Necesita comprender que el país no es un territorio ni un gobierno de turno. El país es su gente. Y allí surge la conjetura más importante.
Si hemos llegado al punto de alegrarnos por el fracaso de nuestros propios compatriotas cuando eso perjudica al adversario político; si hemos naturalizado el odio como forma de participación pública; si ya no somos capaces de encontrar una causa común que nos una más allá de nuestras diferencias, entonces el problema no es solamente quién gobierna.
El problema es otro, no el otro.
¿Seguimos siendo una comunidad nacional o nos hemos convertido en una suma de individuos enfrentados que comparten un mismo suelo, pero ya no comparten un mismo destino?
Porque quizás el mayor desafío de la Argentina no sea cambiar de gobierno, de modelo económico o de partido político.
Quizás el verdadero desafío sea volver a reconocernos como pueblo. Antes de que la fractura sea tan profunda que ya no recordemos que alguna vez fuimos una nación.
Y, sin embargo, dentro de pocos días ocurrirá algo revelador. Llegará un nuevo Mundial de fútbol y, como sucede cada cuatro años, millones de argentinos volverán a abrazarse frente a una pantalla, cantarán el himno con emoción, colgarán banderas en los balcones y sentirán que forman parte de algo más grande que ellos mismos. Durante noventa minutos desaparecerán las diferencias ideológicas, las discusiones partidarias, los resentimientos sociales y las identidades enfrentadas. El liberal abrazará al peronista, el peronista al radical, el rico al pobre y el porteño al provinciano. De repente, todos volverán a ser argentinos. La pregunta es por qué esa conciencia de pertenencia colectiva solo parece despertarse cuando once jugadores visten la camiseta celeste y blanca. ¿Cómo puede ser que encontremos unidad para celebrar un gol, pero no para defender la educación, la producción, el trabajo, la soberanía o el futuro de nuestros hijos? Tal vez el problema no sea que hayamos perdido la capacidad de sentirnos parte de una nación. Tal vez el verdadero drama sea que solo recordamos que somos una nación cuando juega la Selección. Y un país que reserva su sentido de comunidad para un campeonato de fútbol corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que la patria exige mucho más que una bandera en la ventana y una canción entonada cada cuatro años.
