Por Daniel Posse.
Abrió los ojos; sin poder entender demasiado, examinó los muros. Quiso moverse y se dio cuenta de que estaba encadenado: su cuerpo pendía desnudo de una pared donde el moho cedía para dejar manchas negras. Sólo un halo de luz penetraba por la claraboya, dividiendo las sombras como un tajo en el aire. Los ojos se acostumbraron a la claridad de manera muy lenta. Comenzó a recordar cómo llegó ahí y trató de calcular el tiempo que llevaba en ese lugar. La memoria fue convocándose; las imágenes lo llenaron de espanto, era como volver a vivirlas. No tenía noción de días ni de horas, sólo golpes, sólo chorros de agua fría y el rugido de las picanas. Le costó aceptar cuál había sido su pecado. El delito sólo constaba de actos en los que acompañó la fe y lo que creía correcto. Podía sentir por instantes el eco de sus gritos rebotando en las paredes de hormigón. Las esperas se amortajaban de un bullicio plagado de chillidos de ratas, de ritos encarnados de violencia y humillación.
El soldado entró; su rostro seguía siendo impasible. La costumbre del horror deja de ser un enigma para volverse imperceptible con el tiempo. Se detuvo frente a él y dijo:
—Es la hora.
Él entendió que de nada valdrían las lágrimas y, encomendándose a Dios, agregó:
— ¿Puedo pedir algo?
El carcelero asintió con la cabeza. Abel susurró:
—Un cigarrillo.
El guardia lo encendió y se lo puso en la boca. Abel preguntó de nuevo con la voz firme:
—¿Tu nombre?
El verdugo lo miró a los ojos y respondió:
—Caín.
- De Sueño y Azar- El Azar del Sueño- Editorial Nuestra América 2004
