Por Alan Watts.
El hombre moderno vive intentando asegurar su existencia. Quiere garantías emocionales, estabilidad económica, certezas filosóficas, explicaciones científicas, sistemas políticos definitivos y relaciones que prometan durar para siempre. Pero cuanto más intenta protegerse de la incertidumbre, más profundamente cae en ella.
Ésa es la paradoja de nuestra época.
Nunca una civilización tuvo tanto control sobre el mundo material. Podemos atravesar océanos en horas, almacenar millones de datos, anticipar tormentas, modificar organismos vivos y comunicarnos instantáneamente con cualquier parte del planeta. Y sin embargo, pocas generaciones estuvieron tan dominadas por la ansiedad.
¿Por qué?
Porque hemos confundido seguridad con vida.
La mente occidental fue entrenada para creer que existir significa resistir el cambio. Desde pequeños aprendemos a organizarnos alrededor de una ficción muy extraña: la idea de que debería existir un “yo” permanente capaz de controlar el movimiento del universo.
Pero nada en el universo funciona de ese modo.
Un río no intenta conservar su forma. Un árbol no se angustia porque llega el invierno. Las olas no ofrecen resistencia al océano que las produce. Todo en la naturaleza ocurre como un proceso dinámico, mutable, inseparable del cambio.
Solo el ser humano pretende convertirse en una estatua en medio de una corriente.
Y entonces aparece el miedo.
La ansiedad no nace simplemente de los problemas externos. Nace del intento imposible de fijar aquello que por naturaleza se mueve. Queremos asegurar el amor, asegurar el cuerpo, asegurar el futuro, asegurar la identidad. Queremos incluso asegurar nuestras ideas sobre nosotros mismos.
Pero la vida no puede poseerse.
El problema comienza cuando pensamos el tiempo como una línea rígida en la que el presente es apenas un puente incómodo entre el pasado y el futuro. Entonces dejamos de vivir aquí para habitar constantemente lo que ya ocurrió o lo que todavía no existe.
La mayor parte de las personas ya no experimenta el presente. Lo interpreta. Lo compara. Lo calcula. Lo utiliza como medio para alcanzar otra cosa.
Y así la existencia entera se convierte en preparación.
Preparación para mañana. Preparación para el éxito. Preparación para el descanso. Preparación para una felicidad futura que casi nunca llega porque cuando finalmente aparece, la mente ya volvió a desplazarse hacia adelante.
Ésa es la tragedia silenciosa del hombre contemporáneo: ha aprendido a sobrevivir, pero olvidó cómo vivir.
Por eso el entretenimiento permanente no logra tranquilizarlo. Tampoco el consumo. Tampoco la acumulación de información. Puede rodearse de pantallas, horarios, actividades y estímulos, pero aun así sentir un vacío persistente.
Porque el vacío no proviene de la falta de cosas.
Proviene de la separación.
Nos sentimos separados del mundo, separados de los demás y hasta separados de nosotros mismos. Vivimos como observadores atrapados dentro de una mente que comenta la realidad sin participar verdaderamente de ella.
Y cuanto más pensamos la vida, menos la habitamos.
La sabiduría de la inseguridad consiste precisamente en comprender algo que al principio parece aterrador: no existe ningún suelo absolutamente firme. Nunca existió.
La vida es movimiento.
Intentar convertirla en algo fijo produce sufrimiento del mismo modo que intentar inmovilizar el agua destruye el río.
Sin embargo, esto no debería conducirnos a la desesperación sino exactamente a lo contrario. Porque cuando dejamos de exigirle permanencia al universo, ocurre algo extraordinario: aparece una forma nueva de libertad.
Ya no necesitamos controlar cada instante.
Ya no necesitamos saber constantemente quiénes somos.
Ya no necesitamos vivir aterrados por el futuro.
Entonces descubrimos que el presente —este instante simple, irrepetible y frágil— era lo único real desde el comienzo.
Y quizá también lo único que alguna vez necesitábamos.
