Por Fabricio Falcucci.
Mi corazón, tu ronca maldición maleva.
Hay instrumentos que acompañan una música. Hay otros que terminan convirtiéndose en su voz. El bandoneón pertenece a esta última categoría.
Resulta difícil imaginar el tango sin ese sonido quebrado que parece arrastrar una nostalgia antigua. Sin embargo, el instrumento más argentino de todos nació a más de diez mil kilómetros de Buenos Aires. No surgió en los conventillos del Río de la Plata ni en los cafés de Corrientes. Nació en Alemania, a mediados del siglo XIX, como una variante de la concertina creada por Heinrich Band.
Su destino original estaba lejos de cualquier milonga. Había sido pensado para acompañar música religiosa y celebraciones populares. Nadie podía sospechar entonces que terminaría convirtiéndose en el corazón sonoro de una cultura del sur del mundo.
Como tantas otras historias argentinas, la del bandoneón es también una historia de inmigración.
Llegó al Río de la Plata entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Lo trajeron marineros, comerciantes e inmigrantes europeos. No existen registros definitivos sobre quién fue el primero en desembarcarlo. Lo cierto es que apareció en los puertos y comenzó a mezclarse con una música que todavía estaba buscando su forma definitiva.
En aquellos años el tango se interpretaba principalmente con guitarra, violín y flauta. Era una música marginal, asociada a los suburbios, a los patios de conventillo y a los márgenes de una ciudad que crecía al ritmo vertiginoso de la inmigración. El encuentro entre el tango y el bandoneón fue casi accidental. Pero algunas casualidades terminan cambiando la historia.
La llegada del fueye modificó para siempre la sonoridad de esa música naciente y transformó radicalmente la composición de las orquestas típicas.
Quizás el secreto resida en que ambos compartían una misma condición. El tango era hijo del desarraigo. El bandoneón también. Los dos venían de otra parte. Los dos hablaban el idioma de la distancia.
Por eso el bandoneón no tardó en convertirse en el instrumento capaz de expresar aquello que ninguna palabra alcanzaba a decir. Su respiración parecía humana. Se abría y se cerraba como un pecho. Lloraba sin necesidad de lágrimas. Cada nota llevaba consigo algo de ausencia, de pérdida y de memoria.
En la literatura argentina pocos comprendieron esa dimensión como Jorge Luis Borges. Aunque desconfiaba del tango sentimental de las grandes orquestas, entendió que el género guardaba una forma singular de la memoria porteña. En sus poemas y ensayos aparece una Buenos Aires construida tanto por los hechos como por los recuerdos. El bandoneón terminó ocupando un lugar semejante. No describía la ciudad. La evocaba.
Después llegaron los grandes nombres. Eduardo Arolas descubrió posibilidades expresivas que nadie había imaginado. Pedro Maffia refinó la técnica hasta convertirla en arte. Aníbal Troilo hizo algo todavía más difícil: logró que el instrumento pareciera hablar. No por casualidad terminó siendo conocido como «El Bandoneón Mayor de Buenos Aires». Su relación con el fueye fue tan profunda que aún hoy resulta imposible separar una figura de la otra.
Cuando alguien menciona el sonido clásico del tango, muchas veces está pensando en Troilo aunque no lo sepa.
Luego apareció Astor Piazzolla y con él llegó una revolución. Tomó la tradición y decidió empujarla hacia adelante. Incorporó elementos de la música clásica y del jazz. Amplió las fronteras del género. Recibió críticas feroces. Muchos lo acusaron de traicionar al tango. Con el tiempo ocurrió lo contrario. Terminó demostrando que las tradiciones sobreviven precisamente cuando son capaces de transformarse. El bandoneón encontró en sus manos una nueva forma de respirar.
Quizás por eso el bandoneón sigue ocupando un lugar tan singular dentro de la cultura argentina. No es solamente un instrumento musical. Es una metáfora.
Representa el encuentro entre Europa y América. Entre la inmigración y la identidad. Entre la nostalgia y la esperanza. Entre aquello que se pierde y aquello que permanece.
En alguna entrevista, Troilo dijo que el bandoneón era un amigo al que había que tratar con cariño. Tal vez porque entendía algo esencial: mientras los instrumentos suelen producir sonidos, el bandoneón produce recuerdos.
Y acaso allí resida el misterio de su permanencia. Más de un siglo después de haber llegado desde Alemania, sigue diciendo algo sobre nosotros. Sigue contando una historia colectiva hecha de viajes, despedidas, amores y regresos. La historia de un país que encontró en un instrumento extranjero una de las formas más profundas de expresar su propia alma.
