Por Leonor Benedetto.
Habíamos asistido a la proyección de una película rumana en el festival cinematográfico de un pequeño pueblo francés.
Nuestra comitiva era reducida y amigable, y los días transcurrían entre la exhibición de buenas películas, en un entorno en el que la naturaleza se desperezaba cada día, pródiga en belleza y hospitalidad, actuando generosamente. Durante el vuelo, y entre bromas, caímos en la cuenta de que todos los integrantes del grupo viajábamos solos, a pesar de tener compañía estable que esperaría nuestro regreso. Eso dio lugar a las humoradas de rigor acerca de la libertad personal, la fidelidad, y otros lugares comunes. Demasiado comunes.
El rito de la comida después del cine se respetaba rigurosamente y esa noche se aceptó la propuesta de una mesa de póker posterior a la cena, ofrecida por el anfitrión, chef y dueño del mejor lugar de la ciudad. Decliné la invitación y regresé al hotel.
La decisión de subir y leer hasta dormirme cambió sin consultarme y me empujó al salón de fumar, lugar que había evitado los días anteriores ya que, como ex fumadora, escapaba del aroma de mi antiguo placer. El único ocupante del recinto estaba sentado de espaldas a la puerta y un humo espeso y gris le envolvía la cabeza.
Mi mente civilizatoria me recordaba, con léxico prudente, que un libro estupendo esperaba ser leído unos pisos más arriba, mientras la misma intuición del salvaje ancestral que aún me habita, comenzaba a caminar hacia el hombre en llamas, irreflexivamente. Hablamos hasta el amanecer. Ocho cafés, cuatro vasos de agua con limón, y cinco cigarrillos después, nos separamos.
En un momento de la noche jugó con las llaves de nuestras habitaciones. La suya era la 808. Le dije que el ocho significaba el infinito. Lo tengo duplicado me contestó. Subí a mi cuarto con el tiempo justo de cambiarme y volver a bajar. Dejó el hotel, me informó la recepcionista.
Ha pasado mucho tiempo, pero sé, aún hoy, que, si me hubiera pedido que me fuera con él, lo habría hecho. Esa noche la infidelidad le puso nombre a lo ocurrido. Abrir el corazón a ese ser, anónimo y errante, fue uno de los mayores actos de fidelidad para conmigo misma que he perpetrado a lo largo de mi vida.
P/D.1) “Si pudiéramos revivir cada momento infinitamente… Esa conversación, ese rostro, ese latido, no volverán jamás. Llegan, se sientan un momento junto a nosotros y se marchan. Lo terrible es que se van. Lo hermoso es que estuvieron aquí.” Fiodor Dostoyevsky.
P/D.2) “…y quizá por eso duele tanto amar, porque el amor es un mortal que imagina eternidades.” William Shakespeare.
P/D.3) ¿Solo es amor cuando permanece en el tiempo?
