Por Marcela Zadoff.
«El mayor mal del mundo no lo cometen hombres malvados, sino hombres que nunca deciden ser buenos ni malos.»
— Hannah Arendt
Cuando Hannah Arendt asistió al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén esperaba encontrarse con el rostro del horror. Imaginaba que uno de los responsables del exterminio nazi debía expresar, de algún modo, la excepcionalidad de sus crímenes. Sin embargo, frente a ella apareció un hombre común. Un funcionario gris, meticuloso, incapaz de formular una reflexión moral sobre sus propios actos y convencido de haber cumplido simplemente con el deber que le había sido asignado. Aquella escena alteró para siempre la manera de pensar el mal. Lo verdaderamente perturbador no era la monstruosidad de Eichmann, sino su absoluta normalidad. El horror podía organizarse sin necesidad de demonios. Bastaba una sociedad donde demasiadas personas dejaran de pensar por sí mismas.
De esa constatación nació una de las categorías más inquietantes de la filosofía política contemporánea: la banalidad del mal. No porque el mal sea banal en sus consecuencias, sino porque puede instalarse silenciosamente en la vida cotidiana, avanzar entre rutinas, procedimientos y obediencias hasta volverse casi imperceptible para quienes conviven con él. El mayor peligro no reside únicamente en quienes ejercen la violencia, sino también en la facilidad con la que una comunidad aprende a acostumbrarse a ella.
Esa incomodidad vuelve inevitable pensar en nuestro presente.
El asesinato de Agostina Vera no fue solamente un crimen atroz. Fue también una prueba para nuestra capacidad de conmovernos. Durante algunos días ocupó el centro de la conversación pública, despertó indignación y provocó reclamos de justicia. Sin embargo, como ocurre con una frecuencia alarmante, el paso del tiempo comenzó a hacer su trabajo. Llegaron nuevas noticias, aparecieron otros escándalos y el horror empezó lentamente a retirarse de la escena, como si el calendario tuviera la capacidad de disminuir la gravedad de aquello que ocurrió.
Tal vez esa sea una de las formas contemporáneas de la banalidad del mal.
No porque la sociedad apruebe la violencia, sino porque aprende demasiado rápido a convivir con ella.
Vivimos rodeados de acontecimientos que hace apenas unas décadas habrían paralizado a toda una comunidad. Femicidios, asesinatos, desapariciones, corrupción, violencia cotidiana. Cada episodio genera una reacción inmediata que, casi sin excepción, termina siendo reemplazada por la siguiente urgencia. La velocidad con la que circula la información también acelera el desgaste de la memoria. La indignación se consume con la misma rapidez que las noticias y el sufrimiento ajeno corre el riesgo de convertirse en un episodio más dentro del flujo incesante de acontecimientos que atraviesan nuestras pantallas.
Quizás el problema más profundo no sea la existencia de estos crímenes, sino la naturalidad con la que comenzamos a incorporarlos al paisaje. Cada vez cuesta más distinguir entre aquello que todavía debería escandalizarnos y aquello que simplemente aceptamos como parte inevitable de la realidad. El horror deja entonces de interrumpir nuestra vida cotidiana para convertirse en uno de sus componentes habituales.
Existe además otra forma de esa indiferencia, menos visible pero igualmente peligrosa. Consiste en delegar toda responsabilidad en las instituciones, como si la ciudadanía pudiera reducirse al papel de espectadora mientras espera que el Estado, la Justicia o los dirigentes resuelvan aquello que también depende de la conciencia colectiva. Ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre leyes o estructuras administrativas. También necesita ciudadanos capaces de reconocer que la indiferencia no constituye una posición neutral, sino una forma concreta de participación.
Ian Kershaw escribió que «el camino hacia Auschwitz fue construido con odio, pero pavimentado con indiferencia». La frase no pretende establecer equivalencias históricas imposibles. Recuerda algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más inquietante; ninguna sociedad se degrada de un día para otro. Los grandes horrores suelen ser precedidos por pequeñas renuncias morales, por silencios que dejan de incomodar, por gestos de resignación y por una lenta adaptación a aquello que alguna vez habría resultado intolerable.
La historia está llena de esos momentos. No porque se repitan idénticos, sino porque conservan una misma lógica. La violencia nunca actúa completamente sola. Necesita siempre de un contexto que la vuelva posible, de instituciones que miren hacia otro lado, de discursos que la relativicen y de ciudadanos que, agotados o resignados, terminen aceptando como inevitable aquello que todavía podría evitarse.
Por eso el asesinato de Agostina Vera no interpela únicamente a quienes cometieron el crimen ni a quienes deben investigarlo. También nos obliga a preguntarnos qué ocurre con una sociedad cuando el horror deja de alterar su rutina, cuando la memoria comienza a disiparse antes de que exista justicia y cuando el paso del tiempo parece beneficiar más al olvido que a la verdad.
Arendt comprendió que el mayor triunfo del mal no consiste solamente en producir víctimas. Consiste, sobre todo, en lograr que los hombres dejen de pensar, de reaccionar y de asumir responsabilidades. Allí donde la indiferencia ocupa el lugar del juicio moral, la violencia encuentra siempre el terreno más fértil para reproducirse.
Tal vez esa sea la advertencia que todavía conserva intacta la banalidad del mal. No nos invita únicamente a reconocer a los culpables. Nos obliga, antes que nada, a preguntarnos cuánto del mundo que habitamos depende también de aquello que elegimos no ver.

Muy interesante. He leído mucho sobre esto y siempre encuentro algo nuevo.
Marcela, gracias por el texto que pusiste. Es muy necesario recordar en este momento de locura.
Excelente y real