Por Fernando Pérez.
El significante «batalla cultural», caballito de batalla de la narrativa oficialista contemporánea, exige una disección quirúrgica para revelar lo que oculta bajo su cáscara de épica militante. Al observar la praxis de quienes hoy detentan la palabra pública desde el poder, nos enfrentamos a una doble estafa semántica: una que vacía de contenido la palabra «cultura» y otra que deshonra la nobleza intrínseca de toda «batalla».
La cultura como campo de exterminio
La cultura, en su acepción más profunda —del latín colere, cultivar—, implica un proceso de sedimentación, cuidado y construcción de sentidos compartidos. Es el espacio donde una sociedad se piensa a sí misma. Sin embargo, lo que el oficialismo denomina su avanzada cultural se parece más a un bombardeo de tierra arrasada que a una siembra de ideas.
Cuando el argumento es reemplazado por la descalificación ad hominem, y la dialéctica se rinde ante el insulto procaz, la cultura no se está transformando; se está evaporando. No hay «producción de sentido» en la bajeza; hay, simplemente, una pulsión de destrucción del otro. Lo que presenciamos no es el surgimiento de una nueva hegemonía intelectual, sino la entronización del resentimiento como categoría política. La precariedad conceptual de los «intelectuales» del régimen no es una falla del sistema, es el sistema mismo: una estética del grito que busca aturdir para no tener que demostrar.
El código roto de la contienda
Por otro lado, la metáfora bélica les queda grande. En la historia de Occidente, incluso la guerra ha tenido sus leyes, sus fueros y su ética. De los caballeros medievales a las convenciones modernas, la batalla presupone un adversario, no un enemigo a ser aniquilado moralmente. El guerrero respeta al par; el fanático solo conoce la humillación del diferente.
Lo que hoy se nos presenta como una gesta por la «libertad» carece de la hidalguía que requiere cualquier disputa de valores. En una batalla real, hay códigos que se respetan; en el fango de las redes sociales y los atriles oficiales, solo hay el uso de la asimetría del poder para ensañarse con la vulnerabilidad ajena. La recurrencia a la infamia y el regocijo en la crueldad no son señales de fortaleza, sino síntomas de una profunda inseguridad metafísica.
La victoria pírrica
Quienes creen estar ganando esta supuesta «batalla» deberían revisar sus clásicos. La victoria que se construye sobre la degradación del lenguaje y el envilecimiento del debate público es, por definición, una victoria pírrica. Se podrá dominar el algoritmo, se podrá acallar la crítica mediante el escarnio, pero el resultado no será una sociedad más libre, sino una más embrutecida.
Al final del día, la cultura —la de verdad— siempre sobrevive a los bárbaros, incluso a aquellos que, para disimular su carencia de ideas, deciden autoproclamarse sus soldados.
