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La tentación

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Por Leonor Benedetto.

Como me cuento entre los cientos de millones que la estadística contempla como personas con inclinaciones adictivas, me siento con autoridad suficiente como para referirme a ellas, con cierta libertad. 

Las grandes adicciones, las letales, las que pueden llegar a ser problemáticas para la salud pública de un país, tienen prensa y difusión suficiente y me temo, insuficiente eficacia. 

Y en general se refieren a consumos de sustancias peligrosas para el adicto y su entorno. Hablo de las otras, las pequeñas, las socialmente aceptadas, las imperceptibles, las simpáticas. 

No molestan a nadie, no destruyen familias, no incitan al delito. No son visibles a simple vista y a sus portadores los adora el mundo. Un dicho popular afirma que es mejor evitar la tentación que vencerla. 

Un ejemplo de trazo grueso sería que, si soy adicta a los dulces, es mejor no tener una torta de chocolate en casa, que tenerla sobre la mesa, mirarla, rodearla con adoración, olerla incluso, mientras desafío mi voluntad y me congratulo por mi fortaleza interna. 

Nueve veces de cada diez terminaré con la cara incrustada en la torta, limpiando los restos del naufragio, y, en casos realmente agudos, dándome una ducha. 

En esas situaciones no hay final feliz para la horrible culpa que azota los días siguientes por la promesa incumplida de salir del dulce laberinto. 

Pero hay una adicción disfrazada de encanto personal que es la de agradar a los demás.  Gustar a las personas, a los niños, a los animales, al mundo. Suponer qué esperan de mi los demás, y cumplirles la ilusión sin excusas. 

De manera que no queda tiempo ni espacio en la agenda para hacer, pensar, o imaginar algo real para mi propia vida, porque existo para cumplir el sueño de los otros. Y es en ese momento en que la milenaria propuesta socrática del “Conócete a ti mismo” queda para otro momento, o para nunca. Cambiar es difícil y se paga peaje por ello. 

La amenaza de ser desterrado del círculo áureo de amistades es real, y no faltará quien diga: “Viste cómo cambió?, me gustaba más antes”. Aceptar el reto es el principio de la transformación. Y produce alegría. Más que comerse la torta de chocolate.

P/D.1) La dependencia, cualquiera sea, nos hace esclavos.

P/D.2) Abandonarla, es el principio de la libertad.

P/D.3) Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo. León Tolstoy.

1 COMENTARIO

  1. Hacer lo que dices es genial !!! Yo hace tiempo que lo ejerzo con muy buen resultado . Hasta a veces aparecen nuevas amistades que son mejores que las anteriores .

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