Por Sergio G. Lisárraga.
¿Desde dónde llora la poesía? La de Eliana Costilla no llora desde la distancia, llora desde adentro, desde un caos flotando entre muchos cuerpos, presentes y ausentes. Llora desde migraciones que han dejado voces latiendo, huellas en la lengua de la poeta.
En las poesías de Costilla, el estilo se tensa entre lo visceral y lo contenido. Los versos avanzan como quien tantea el dolor con los dedos: aparecen el vientre estirado como árbol, la piel cosida en cruces, el cuerpo que abren y cierran tres veces. Abundan las metáforas de lo orgánico (larvas, peces recién nacidos, ácaros alunados) y verbos de acción manual y precisa: raspar, deshojar, apretar los labios hacia adentro. No hay adorno gratuito. Cada palabra pesa porque nace de una experiencia encarnada, de una memoria que sangra. Y ahí está el trayecto de la herida en la poesía contemporánea: ya no se llora la pérdida desde afuera, sino que se escribe desde el filo mismo del corte, desde ese borde que con el tiempo termina siendo la misma cosa que quien escribe.
Eliana Costilla inunda de trazos su piel, escribe desde un cuerpo que desborda las fronteras, hasta lograr que ese cuerpo sea todo un pueblo entero que sigue hablando debajo de los hilos.
I
Privilegio
Hubo un antes
entonces el dolor sabía migrarme
hoy sus ojos han venido a desbordar
la noche en que me miro
las escucho latir el cuerpo,
desarmar la metáfora,
desdoblar la piel curtida de origamis
he decidido guardarlas como pétalos en un libro
antes de que les cubran el iris con lienzos o claveles pardos
Soy un caos flotando entre tantos cuerpos
Sucumbo a esa noche que es la misma noche
nombrándose a sí misma
las palabras rotas
todas juntas
me lloran en la lengua
Una y otra vez he pensado en traerlas de vuelta
hundo mis manos
enciendo con cuidado una vela
froto apenas un reflejo en el cordón umbilical
Hubo un antes.
Yo sigo viva afuera de un poema,
ellas no.
II
Denuncia
No sé vivir conmigo
o sin ellas
extraña necesidad de denunciar
la muerte
murmullo de bolsillo izquierdo
segundero de reloj
ojo de pez detrás de los vidrios
sus ojos de plena noche
me crecen el alma
como árboles rosados
les acaricio el velo de mirada triste
las dejo andar con los pies mordidos
de pesadumbre
nunca supe devolverlas
al otro lado
a veces pienso
que yo misma he muerto
y no hay nadie
detrás de la hoja
para escribirme.
III
En lo lejano
hay alguien que sueña mi angustia
y me existe
Yo sabía quedarme quieta
en la ribera nocturna
como quien recuerda una ausencia
tu risa de pájaro
la desnudez del otoño en la tierra
tu voz sosteniendo las tardes
en un cuenco de arcilla.
Repito incansablemente
algunos insomnios
-no habré de llorar-
una manada de ácaros alunados de tiza
ha venido
a escribirme los ojos.
IV
Palumbrar
A veces le temo
a las palabras que me vienen
en vorágine
como larvas
o peces recién nacidos.
Flotan como vendavales de agua
en la boca
las sostengo
aprieto fuerte con los labios hacia adentro
las saboreo
las vuelvo finitas
les raspo la comezón con la uña
las deshojo como a esa memoria
que he decidido enterrar
No es el momento de nacerlas aún
-me digo-
les marco una pestaña
en el vértice derecho
acaso hasta que haya tiempo
de recordar
qué dolor
vinieron a llevarse.
V
Cicatriz
Tres veces abrieron y cerraron mi cuerpo
tres veces me han dormido los ojos
para abrirlos allá lejos
en medio de la negrura.
Apenas niña lo supe
salían de mi
pequeños monstruos sin crecer
así, sin manos y sin pies
me estiraban el vientre como un árbol.
Yo agachaba mi cuerpo
lo ladeaba,
acunándolo
le cantaba canciones aromadas de cerro para que al fin se quedara dormido
bajo la mora azul.
Yo los he visto
sacaron de mi
una vasija de barro
la escarcha del amanecer sobre los yuyos
un puñado de maloja
la misma hendidura del surco
Me cosieron la piel en cruces
para que no me fuera a caer otra vez
en la lejanía del monte.
Los he visto
me sacaron una niña de ojos abiertos adormecida
yo rezaba profundo para no morirme
mientras su llanto
se volvía una ausencia.
No les miento,
los he visto
no terminan de vaciarme
el silencio del mandato
la pena que cargaban mis ancestras
el hambre que no amaina
la ceniza de un fogón dormido
la piel curtida del obrero.
Tres veces abrieron y cerraron mi cuerpo.
Al fin he abierto los ojos
doy dos o tres pasos
camino torcida
como la caña tras el machete
me muevo lenta, casi arrastrándome
como caracol en el barro.
Los he visto
tres veces me abrieron el cuerpo
zurciendo una línea horizontal
que me entrecruza.
No me animo a tocarla
la miro
intento escuchar lo que me dice.
Con el tiempo
ese borde y yo somos la misma cosa
los dos pujamos por entrar en la carne, bien adentro, como semilla.
No, ya no le temo
he sabido que toda cicatriz
guarda algo de misterio
la mía,
siempre anda susurrando un pueblo
debajo de los hilos.
Eliana Costilla es profesora y licenciada en letras por la Universidad Nacional de Tucumán. Ha participado en numerosas antologías a nivel provincial, nacional e internacional entre las que se destacan Palabras al mundo (Instituto Cultural Latinoamericano, 2016), Todo lo frágil (Oxímoron editora, 2021), Sombras de violencia (Editorial Gold, Colombia, 2022), La voz que nos habita (Puerta Blanca, 2022), Miradas (Avis negra, 2023), Poesía que arde (Trazo Lunar, 2024), entre otras.
Fue seleccionada para formar parte de la 1 antología Escritos de Mujeres contra la violencia de género del Ente Cultural de Tucumán. Obtuvo el primer premio en el 1° concurso de poesía Tafí Viejo Ediciones en el año 2022, que posteriormente formó parte del libro digital Tucumán es metáfora. Lleva publicados 3 libros de su autoría: Con sabor a Surco (Ediciones del parque, 2022), Mariposas mutantes (Editorial Puerta Roja 2024), Serendipia, llevo atravesado un cuerpo (Libros Tucumán, 2025).

