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La obligación de opinar

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Por José Mariano.

«Yo siempre digo la verdad. Incluso cuando miento.»
— Antonio Raimundo Montana

Los argentinos siempre hablamos.

Hablamos en los cafés, en las sobremesas, en las filas de los bancos y en las canchas de fútbol. Hablamos de política, de economía, de historia y de justicia con una naturalidad que a veces sorprende a quienes vienen de sociedades menos conversadoras. Somos un país de discusión permanente, de hipótesis improvisadas, de argumentos incompletos y de intuiciones lanzadas al aire para ver qué ocurre cuando se las confronta con otros.

La opinión siempre formó parte de ese ejercicio colectivo de imaginación. Las conversaciones no exigían certezas. Se podía ensayar una idea, probar un argumento, cambiar de posición a mitad de camino o incluso defender algo únicamente por el placer intelectual de pensarlo desde otro lugar. La opinión no definía a quien la pronunciaba. Era apenas una estación dentro de una conversación más larga.

Lo que cambió fue la función social de la opinión.

Las opiniones ya no aparecen únicamente cuando alguien las solicita. Se anticipan a la conversación. Buscan hacerse visibles antes de ser necesarias. La presión contemporánea no consiste solamente en estar informado. Consiste en tomar posición. No alcanza con saber. Hay que pronunciarse. La tecnología aceleró el fenómeno, pero no lo explica. El cambio más profundo tiene que ver con la forma en que construimos reconocimiento, pertenencia e identidad dentro de nuestras comunidades.

La opinión dejó de ser solamente el resultado de un juicio. Se convirtió también en una forma de reconocimiento. Opinamos para interpretar el mundo y para ocupar un lugar dentro de él. Las opiniones empezaron a responder menos a los hechos y más a las identidades que necesitan reafirmar. Importa lo que dicen sobre nosotros, a quién nos acercan y qué lugar nos permiten ocupar.

La opinión deja de ser una exploración y se convierte en una contraseña.

Por eso muchas personas toleran contradicciones evidentes, abusos de poder o hechos que condenarían inmediatamente si provinieran del grupo contrario. No se trata de hipocresía. Se trata de pertenencia.

Cuando la opinión se convierte en identidad, la autocrítica deja de ser una virtud intelectual y comienza a sentirse como una amenaza. Criticar una idea del propio grupo empieza a parecerse a una forma de deslealtad porque la pertenencia exige pruebas permanentes de reconocimiento. También exige silencios. Y exige aceptar como verdadero aquello que el grupo necesita considerar verdadero para seguir siendo grupo.

Por eso cambiar de opinión se volvió tan difícil. Cuando una idea pasa a formar parte de la identidad, modificarla deja de sentirse como una revisión intelectual y comienza a experimentarse como una pérdida. Ya no se abandona solamente una idea. Se abandona un lugar.

Los argumentos dejan de discutirse y comienzan a defenderse. La conversación pública pierde parte de su dimensión deliberativa y adquiere una lógica cada vez más cercana a las pertenencias y las lealtades.

La verdad pierde centralidad. La pertenencia ocupa su lugar. Entonces aparece la pregunta que termina organizando todas las demás: ¿De qué lado estás?

Antes las opiniones ocupaban una mesa. Hoy ocupan identidades.

Las respuestas dejan de dirigirse al argumento y empiezan a dirigirse al personaje que la sociedad supone que somos. A esta transformación se suma otra característica de nuestro tiempo: la obligación de reaccionar rápido. Todo exige una respuesta instantánea, una declaración inmediata y una toma de posición visible.

Pero el pensamiento no funciona con la lógica de la inmediatez. Pensar requiere tiempo, distancia y la posibilidad de demorarse, de dudar y de volver sobre uno mismo antes de llegar a una conclusión. El juicio necesita un espacio entre el acontecimiento y la respuesta. Cuando toda experiencia debe transformarse rápidamente en una opinión pública, ese espacio desaparece. Y con él desaparece también el lugar donde las ideas pueden madurar antes de hacerse visibles.

Nuestra época asiste a la desaparición del mundo interior.

No porque pensemos menos ni porque las ideas hayan perdido importancia, sino porque cada vez quedan menos lugares donde una intuición pueda convivir con nosotros antes de convertirse en declaración pública.

Una sociedad plural necesita opiniones. Lo que no puede permitirse es reemplazar el juicio por la pertenencia y la comprensión por el reconocimiento.

Recuperar el derecho a demorarse se convirtió en una forma de libertad. También el derecho a no saber todavía. El derecho a cambiar de opinión. Y el derecho a conservar un lugar donde el pensamiento todavía no necesite exhibirse para existir.

 

Esto es Fuga.

Edición 58.

 

6 COMENTARIOS

  1. Los últimos 40 años .fueron la clave de este razonamiento..y creo que la educacion desvastada por los mismos…permiten todavía algo mas del adoctrinamiento..ya va en decadencia

  2. Muy buena y necesaria columna José. Desde hace tiempo carecemos de espacios de diálogo y se instaló el intercambio ciego de opiniones, como una competencia en la que tenemos que llevarnos la victoria. Además son opiniones que se intentan imponer al interlocutor. En general se abandonó la reflexión, el pensamiento crítico y la enorme y estupenda posibilidad de detenernos, escuchar y aprender de los demás.

  3. Es muy común opinar desde cualquier ámbito. Es importante estar bien informado y de fuentes fidedignas para poder expresar algún argumento. Cómo dices en tu columna José muchas veces no tenemos el derecho a demorar la opinión, la misma exige inmediatez. Felicitaciones

  4. Que lujo leerte José!
    Quizás una de las últimas formas de libertad sea conservar un espacio donde todavía podamos pensar antes de opinar. Cuando la identidad habla más fuerte que la verdad, el silencio reflexivo también se vuelve un acto de coraje.

    Excelente

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