Por Catalina Lonac.
“ La vida humana es una narración y una narración no puede vivirse a velocidad de algoritmo “
Cuando todo acelera, todo desaparece.
Hubo un tiempo en que la humanidad medía el progreso por la profundidad de sus ideas. Hoy parece medirlo por la velocidad de sus procesadores. Nunca la historia avanzó con semejante rapidez. Sin embargo, cuanto más veloz se vuelve el mundo, más difícil resulta comprenderlo. La velocidad ha dejado de ser una ventaja para convertirse en un ambiente. Vivimos dentro de ella como un pez en el agua, sin advertirla.
Existe una intuición filosófica que merece ser pensada. Cuando algo se acelera más allá de nuestra capacidad de percepción, deja de existir para nosotros. No porque desaparezca físicamente, sino porque pierde su presencia. Se vuelve invisible.
La luz de una estrella que viaja millones de años llega hasta nuestros ojos mucho después de que esa estrella haya muerto. Las aspas de un ventilador, cuando giran lentamente, son perfectamente distinguibles; cuando alcanzan gran velocidad se transforman en un disco transparente. Lo mismo sucede con la sociedad contemporánea. Todo se mueve tanto que termina pareciendo inmóvil o invisible.
Heidegger advirtió que el verdadero peligro de la técnica no reside en las máquinas, sino en que terminemos viendo el mundo únicamente como un conjunto de recursos disponibles para ser explotados. La técnica deja entonces de ser una herramienta y comienza a determinar nuestra forma de pensar; sin advertirlo dejamos de preguntarnos el sentido para preguntarnos solo por la eficiencia.
Décadas después, el francés Paul Virilio sostuvo que toda innovación tecnológica implica una aceleración de la realidad. Inventar el tren significó también inventar el descarrilamiento; inventar el avión implicó inventar el accidente aéreo. Hoy podríamos agregar que inventar la IA supone también un nuevo tipo de riesgo: la obsolescencia de la reflexión humana.
Paradójicamente, cuanto más rápido vivimos, menos tiempo sentimos tener. La consecuencia es una forma inédita de pobreza: la pobreza de atención.
Leemos sin comprender. Escuchamos sin oír. Miramos sin observar. Respondemos antes de pensar.
Simone Weil escribió que la atención constituye la forma más pura de la generosidad. Hoy esa capacidad se ha convertido en el recurso más escaso del planeta.
La potencia de la IA es extraordinaria, pero precisamente allí aparece la pregunta decisiva: si las respuestas son inmediatas, ¿quién conservará el tiempo necesario para formular buenas preguntas?
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene que la sociedad contemporánea ya no está dominada por la prohibición, sino por el exceso. Y todo exceso termina anestesiando aquello que pretende potenciar.
No estamos perdiendo información; estamos perdiendo significado.
La historia, que siempre fue una conversación entre pasado y futuro, corre el riesgo de transformarse en una sucesión interminable de presentes sin espesor.
Quizás el mayor desafío de nuestra época no sea tecnológico, sino antropológico. ¿Puede el cerebro humano adaptarse indefinidamente a una aceleración creciente? ¿Puede la educación formar criterio si el conocimiento envejece antes de concluir un ciclo académico? ¿Puede el amor sobrevivir cuando incluso los afectos son sometidos a la lógica de la inmediatez?
La naturaleza parece responder con otra velocidad. Los árboles necesitan décadas para alcanzar su plenitud. Las montañas tardan millones de años en formarse. El vino mejora con el tiempo. El pensamiento filosófico nunca fue instantáneo.
Tal vez, en todo esto, el futuro no pertenezca a quienes desarrollan la tecnología más poderosa, sino a quienes sean capaces de preservar aquello que ninguna máquina puede acelerar: la contemplación, la memoria, la prudencia y el juicio.
Los demás se invisibilizarán como las aspas prendidas de un ventilador.
