Amor

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Por Fabián Soberón.

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   La muerte es un enigma pero no es un hecho extraño. La muerte es lo común. Todos nos morimos. Morir es común y es lo esperado. Nadie escapa a la muerte. En cambio, la existencia es lo extraordinario. Solo se vive una única vez. Frente al océano del olvido y de la muerte, la existencia de una persona es excepcional. La existencia es lo anómalo. Lo que debería asombrarnos no es la muerte sino la vida. ¿Por qué vivimos? ¿Cuál es el sentido de la existencia? Nadie lo sabe. Los indicios apuntan a la falta de sentido y por eso mismo la vida se convierte en un hecho fuera de lo común. Vivimos y no sabemos por qué vivimos. En esa extraña situación pasamos por el mundo. Lo que hace más increíble el fenómeno es que la existencia es breve e insignificante. El océano de la inexistencia es abrumador y es mayor a cualquier forma de vida. Frente a los siglos de inexistencia ser una persona durante unos cien años es una singularidad y una excepción. ¿Por qué ocurre esto? Nadie lo sabe y quizás en eso consista vivir: en aceptar la paradoja de no entender y disfrutar de la alegría a pesar de transitar la imposibilidad de la comprensión.

   Si la vida es una excepción –en el marco del mar de la abultada inexistencia– el amor resulta un hecho misterioso y doblemente excepcional. En nuestro tiempo, amar no es imposible sino una trama inesperada y maravillosa.

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   Frente a las múltiples formas del mal (accidente, daño físico, enfermedad, crimen, crueldad, etc.) lo único que nos salva –lo que atenúa el dolor que produce el mal– es el amor en sus variadas formas. Ya sabemos que no es lo mismo el amor entre hermanos que el amor en una pareja o el amor de una hija por los padres o de los padres hacia un hijo. 

   A pesar de que lo constatamos en la piel, el amor es un misterio. No sé cuál es su origen. Puedo decir algo sobre su existencia, pero nada sobre su origen y razón de ser. En contra de lo que dice Leibniz –que todo tiene su razón de ser–, el amor existe sin una razón suficiente. El amor acaece cuando alguien se solaza con la felicidad del otro y adora estar con alguien por el solo hecho de compartir el tiempo con esa persona. No sé por qué –no sé dónde y por qué se origina– existe el amor. ¿El amor se agota en su sustento biológico? Parto de la idea de que no todas las culturas han conocido lo que llamamos amor. Lo cierto es que puedo decir que hubo un tiempo en que el amor se manifestó entre las personas. Debido al amor es que hemos podido sortear la vida con menos dolor. El mundo es una mezcla de bondad y maldad y no son ciertas las visiones extremas que sostienen que el mundo es el reino del mal o el reino de la bondad –ya lo pensó Bertrand Russell–: lo que ha hecho que la realidad sea más llevadera es el amor, al menos en los tiempos que me ha tocado vivir. No sé si en un futuro lejano seguirá existiendo. Quizás desaparezca. Y en ese caso ya encontrarán las personas de ese período la forma de sortear el dolor. 

   “Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir”, escribió Borges. En contra de lo que pensó el poema, sospecho que frente al amor podemos desocultarnos y arriesgar. El riesgo más placentero es el que surge de las posibilidades del amor. Esto no significa que el resultado sea siempre una victoria o un solaz. El amor puede brindarnos alegría o pena, y es cierto –en el seno prolífico del corazón– que nos dará un dolor más liviano que el daño. 

 

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