Por Marcela Zadoff.
“Ser es ser percibido”
— Berkeley
La cultura reúne ideas, costumbres y emociones que, a lo largo del tiempo, se sedimentan en la identidad de cada nación. Gota a gota, como un delicioso café se decanta lentamente.
Dentro de ese marco general conviene examinar las tensiones que atraviesa el proceso de producción de objetos culturales: un ámbito donde algunos actores buscan apropiarse de símbolos compartidos, otros los utilizan para su provecho. En el ámbito educativo el discurso coquetea con la creatividad, pero el sistema la combate, la censura, la ideologiza constantemente.
Los sistemas de adoctrinamiento incluso operan no sólo sobre la cultura sino sobre la historia y la lengua madre, con una absoluta caradurez. Es el “vamos por todo” tan temido.
Ciertas instituciones emplean su poder para reafirmar sus fundamentos —Monarquía, Iglesia, Estado—. Su capacidad para legitimar o deslegitimar expresiones recorre los siglos, conformando un dominio que no es fácil de atravesar hasta llegar al público, cuyo rol queda reducido al de receptor o consumidor.
Para nosotros, por ejemplo, resulta difícil comprender la monarquía, naturalizada en otras sociedades. En cambio, hemos visto en Córdoba que arriaron varias banderas argentinas para reemplazarlas por otra que representa a una minoría estridente, incluso en un mástil custodiado por Veteranos de Malvinas. El efecto fue el contrario al buscado: el valor del pabellón nacional está profundamente arraigado y la sociedad rechaza que sea sustituido.
Después de años de relatos que pretenden reescribir la cultura argentina, la solidez de emblemas que nos incluyen a todos no debería enfrentar una travesía. Deben ser respetados porque nos representan. Es esa bandera que elevaste durante años de escuela, ese himno precioso que cantamos a viva voz de este lado del televisor mientras se corea en un estadio a miles de kilómetros.
“Oh juremos con gloria morir”.
¿Habrá espacio para la creatividad? La cultura suele oscilar entre extremos, por canonización, luego desgaste por reiteración y lo opuesto como novedad. Aquello que ocupa el espacio de poder quiere permanecer, asfixiando manifestaciones con origen legítimo, pero sin respaldo comercial para un público conformista. A pesar de ello, al idealismo le sucede el realismo y viceversa.
Algunos ejemplos muestran esta conformidad, el miedo o rechazo de lo diferente, el espejo que no queremos ver y la imagen edulcorada de la malvada madrastra derrotada por el conformismo.
La historia del Fausto es ilustrativa: en el relato original, el protagonista vende su alma al diablo. Al final de su vida de excesos y pecados, como es de esperar, el maligno se lleva el alma al infierno. Goethe se vio obligado a modificar dicho final, según criterios de la Iglesia y el Estado, por ello la versión difundida concluye con su arrepentimiento y salvación, el alma asciende sin purgatorio ni castigo. Una resolución más amable para el público, pero que traiciona la idea original. Sin embargo, hoy es factible preguntarnos qué es más efectivo para redimir pecadores: ¿El merecido castigo o el perdón incondicional?
¡Eppur si muove!
Sería bueno saber qué pensó Goethe, qué pensaba Nietzsche mientras su hermana recortaba sus escritos con tijeretazos de censura, relegando al tacho de basura las ideas más disruptivas del autor.
Algo similar ocurrió con Atracción Fatal, de Adrian Lyne. En el montaje original, después de que Dan ahoga a la amante en la bañera, debe despedirse de su esposa y su hija y retirarse de la vivienda. Cierra la puerta clausurando la historia y la familia. Pero la reacción de los productores en la proyección privada fue adversa. Dijeron que era socialmente revulsiva. Entonces se optó por un cierre conciliador: la esposa perdona y la escena final es un abrazo familiar que restituye la armonía.
La modificación supera incluso el absurdo de una mujer que revive sin toser y de una esposa dulce convertida en tiradora experta que dispara sin vacilar. La amante es quien pierde todo —hasta la vida— por la obsesión amorosa. El infiel no pierde nada.
El tango también atravesó un proceso de depuración. Nacido en el arrabal y el lunfardo, se expandió hasta alcanzar gran popularidad. Entonces fue estilizado por Gardel y Le Pera. De “la concha de la lora” a “las nieves del tiempo platearon mi sien”, una aplanadora lo transformó en producto exportable, cantado con la maravillosa voz de un Carlos de sonrisa sin caries y jopo peinado con gomina, bailado por una pareja heterosexual que viaja del conventillo a París.
Por estas razones sería más sencillo escribir sobre la Selección cuando termine el Mundial, pero aquí estamos, un día antes, intentando identificar aquello que nos une sin vanagloriarnos de ello, pero necesariamente dejando atrás la grieta y el resentimiento.
La Selección es un ejemplo claro de cómo es posible sostener un proyecto común, con protagonistas diversos. Sus jugadores provienen de territorios diferentes —del litoral, del norte, la Patagonia, Córdoba, conurbano bonaerense— y se formaron en clubes pequeños hasta llegar a los grandes equipos, algunos “eternos rivales” cuyos partidos son “el clásico”. Jugaron en ligas locales, en el ascenso, en Europa, en México, en Estados Unidos y en Arabia. Cada trayectoria es distinta, y algunas incluso reciben reconocimiento internacional: el club de Emiliano Martínez, Aston Villa, lo felicitó públicamente por su desempeño, celebrando que un jugador formado en Mar del Plata y surgido de Independiente sea hoy figura mundial. Todas esas historias confluyen en un equipo que funciona porque comparte bases comunes: pertenencia, esfuerzo y un objetivo que los excede individualmente.
Tanto es el esfuerzo oficial por despolitizar el fútbol que el presidente no estará en Casa Rosada para los festejos de mañana. Están invitados los jugadores, que vayan a la casa del pueblo y salgan al balcón, para vivir la fiesta sin confrontación en un lugar de encuentros y con el lógico operativo de seguridad.
Porque la manera de superar la división es elevarse por encima de ella; la forma de desactivar el odio es responder con verdad y sostener la ética. En especial si se trata de una ocasión festiva que nos involucra a todos los argentinos.
Comprender que convivimos en la diversidad, igual que la Selección: lo que comparten es ser argentinos y jugar bien al fútbol. Diferentes procedencias, economías, clubes… todo integrado por bases comunes que sostienen al equipo.
Hagamos lo mismo. Dejemos para el lunes las diferencias. Y dejemos el odio atrás para siempre.

Coincido. Tratemos de tender puentes seguros para unir antes que muros para impedir
Muchas gracias Miguel.