Por Daniel Posse.
La agonía no lo ablandó. Lo miró de nuevo: persistía en su actitud desafiante, y sería por eso que la rabia le seguía creciendo en las entrañas. ¿Cómo era posible que no le tuviera miedo? Después de todo, él era el Señor de Santa Ana, el hacedor, el progenitor de toda esa vastedad de cañas y surcos, de ese lugar en el que todo olía y sabía a humo y a melaza. Parecía que su poder no le otorgaba la gloria de la veneración. Poseía todas las condiciones para ser una suerte de semidiós en esos confines: era blanco, europeo, rico. Por un momento reconoció que había en estos mestizos una rebeldía innata, un orgullo rígido. La rabia fluía generosa. Le costaba aceptar que un mísero peón lo enfrentara.
— ¡Ser iguales! —lo que faltaba que pidieran—. ¡Eso nunca! —vociferó enardecido.
No podía creer que el peón lo hubiera amenazado, contestando con una maldición a su maltrato. Clodomiro no lo soportó e inmediatamente desenfundó el revólver; lo descargó en el cuerpo moreno hasta quedarse sin balas. Igual seguía con el rostro rojo de ira; respiró varias veces con profundidad para no sofocarse.
El obrero había caído dejando un sonido seco en el aire, pero todavía seguía respirando. Desmontó, tomó el machete de la silla y lo hundió en el pecho hasta que la respiración se interrumpió de golpe; ahí la sangre se mezcló con el lecho húmedo del surco. Estaba asombrado: el maldito ni siquiera esbozó una súplica, ni la más mínima queja. Reconoció en ese momento la valentía del mestizo, pero aceptó la idea de que ese coraje venía de la condición neta de animal salvaje que poseía. Quizá tanto valor se debiera a la carencia de alma.
Regresó a la casa grande. La tarde sepultaba nubarrones naranjas. En el límite del horizonte, dos halcones sellaban el cielo en vuelos zigzagueantes. Cuando hizo un largo trecho, giró para ver si todavía estaba ahí: el cuerpo sin vida florecía lánguido, abierto, enrojecido, sobre el despunte de la caña recién cortada. El camino cercado de moreras desnudas, con incipientes brotes, anunciaba la proximidad de la primavera. La tierra blanca y suelta trepaba por sus botas, por eso se la sacudía a cada paso. Miró al poniente; la imagen de la montaña siempre lo aliviaba, más aún cuando se veía el perfil de la chimenea, con su hilera de humo dividiendo la silueta del cerro. Esa pila de ladrillos circular y tiznada era su proclama: decía a los cuatro vientos que él era el Señor.
Aparecieron las casas: las primeras pequeñas, con veredas de piedras, iguales, de techos a dos aguas, con calles idénticas. Le gustaba ese universo de líneas y de formas donde los ladrillos, en gestos y en sombras, jugaban a cambiar como lo hace el día. Una de las entradas del parque lo confrontó. Las plantas eran partes de un rompecabezas que no terminaba de armar sobre el mundo. Surgió la casa grande como un umbral hacia el centro del paraíso. Abrió el pequeño portón, se desplazó por el sendero empedrado y rodeado de canteros con violetas. La puerta estaba abierta; entró y la cerró. De pie, en medio de la recepción, llamó a la servidumbre.
Llegó Rosa, con su piel de cobre y sus ojos vivaces; un rostro donde parecía haberse resumido todo el coraje de los bandos de la conquista. El olor de ella lo envolvió como si fuera un bálsamo y sintió arder su sexo. Con los ojos cerrados, en silencio, la tomó de los brazos, la sujetó y le desgarró el uniforme; sus pechos se derramaron como un aliento de rosas morenas. Rosa intentó gritar, pero el miedo la paralizó. Clodomiro empujó hasta quedar exhausto; ahí tuvo conciencia de que estaba sobre ella. Respiró profundamente. El cuerpo de Rosa estaba frío: no sintió a la muerte cuando se apoderó del cuerpo moreno. La rabia lo inundó con más fuerza. Golpeó con los puños cerrados sobre el piso de madera; gritó hasta el agobio. Se levantó y meditó al beber un coñac. La medianoche se deshacía en estrellas. Llamó al capataz de su confianza y mandó a llevar los cuerpos hasta la caldera. El fuego se comió hasta los huesos.
Clodomiro entendía muy bien que debía aprender a manejar su ira. Sabía que las cosas, últimamente, se le estaban yendo de las manos.
La semana transcurrió sin sobresaltos; la zafra avanzaba mucho mejor que en el inicio. La mañana era clara y caliente. Entró uno de los capataces y le avisó que un oficial de la policía lo buscaba. Seguro que era para hacer las averiguaciones de rutina, como cada vez que desaparecía alguien. Más allá de la denuncia, quién se atrevería a decir algo. El agente era de mediana estatura, típicamente criollo, pero no podía ocultar algún ascendiente vasco, no solo por el apellido sino por los rasgos; sin embargo, su piel oscura denunciaba la mezcla como un cartel luminoso. José Uxzbirretea lo saludó y, al sentarse, cruzó las piernas; lo observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Empezó a hablar de manera pausada:
—Imagino, Don, que usted tendrá una vaga idea de lo sucedido, porque eran empleados suyos, ¿no?
—Sí, el capataz me informó de las desapariciones.
El policía sonrió, rascándose la nariz, y lo miró directamente a los ojos.
—Usted sabe cómo ocurrieron, pero eso no importa. Digamos que puedo callarlo a cambio de algunos favores y recompensas, ¿me entiende? ¿No es así? Además, los rumores que circulan sobre el supuesto pacto entre usted y el diablo serían una buena excusa. ¿No le parece, Don?
El galope del caballo se escuchó como un estruendo lejano; Clodomiro adivinó el ritmo de los pasos. Miró el reloj. Crujió la puerta de entrada. Los pasos se hicieron más cercanos; pudo oler el sudor y la colonia barata. Una ráfaga de aire fresco, que tal vez se coló por la puerta recién abierta, hizo notar aún más el calor del fuego de la caldera.
José Uxzbirretea saludó; sonreía y acomodaba el uniforme a cada paso. Las botas brillaban; se había engalanado como para una gran fiesta. Después de todo, este paso podría significar su pase de clase. Clodomiro lo observó y contestó el saludo. Metió la mano en una funda y, sin darle tiempo, descargó la escopeta en el pecho de José. El cuerpo se desplomó como una bolsa llena de huesos; no alcanzó a gritar. Su boca, aún abierta por el asombro, quedó desencajada. Clodomiro lo cargó y, de un envión, tiró el cuerpo dentro de la caldera mientras pensaba: «Gracias por la buena excusa».
Los gritos del mito- De Sueños y Azar- Editorial Nuestra América- 2004
