InicioCartografías del sujeto​La indiferencia del bólido: Apuntes sobre el despertar cósmico

​La indiferencia del bólido: Apuntes sobre el despertar cósmico

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Por Alfredo Acevedo.

La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido. 

H.P. Lovecraft

​I. La bóveda del sueño (El cielo como pantalla)

​Uno mira el cielo a la espera de signos. Desde tiempos inmemoriales, la condición humana originaria ha estado marcada por un sonambulismo que busca en las alturas una mirada de vuelta, un presagio, una respuesta que ordene el caos de la existencia. Sin embargo, la bóveda celeste no es un espacio real para el sujeto dormido; funciona, más bien, como el techo o la pantalla donde una humanidad en penumbra proyecta sus propios mitos, sus demandas teológicas y sus expectativas científicas. Es el teatro donde escenificamos la ilusión de que el universo nos tiene en cuenta.

​Esta insistencia en descifrar el firmamento pertenece a la infancia de la existencia. Es la fase infantil del sujeto, aquella donde se asume que el universo posee una intencionalidad invertida, un mensaje oculto escrito con estrellas y asteroides que ha sido cifrado especialmente para nosotros. Creemos que la tormenta castiga, que la alineación de los planetas rige el temperamento y que un destello lejano trae un augurio. Sostener que el cosmos nos habla es la primera gran ficción que nos protege de la intemperie absoluta.

​II. La física del despertar: El mito del bólido y la indiferencia cósmica

​En este contexto, la trágica historia de los dinosaurios y el impacto del meteorito adquiere una dimensión radicalmente distinta si la despojamos de su narrativa apocalíptica tradicional. El bólido errante no fue un castigo divino, ni un heraldo de la fatalidad, ni el fin del mundo; fue, en rigor, el fin de su infancia. Aquel impacto representó la violenta interrupción de un prolongado sueño biológico y ontológico. Los bólidos que vagan por los cielos son intentos de ruptura, quiebres necesarios del largo letargo en el que está inmersa la vida.

​El realismo brutal nos confronta con una verdad incómoda: el cosmos es radicalmente extraño a nuestra imaginación, a nuestros deseos e intenciones. El cielo no está allí para hacernos saber nada. El bólido que viaja por la inmensidad no porta un propósito ni un sentido; es pura contingencia física, un cuerpo que yerra sin rumbo por la intensidad del vacío. Al final, la única señal auténtica que el universo nos devuelve es su eterna e imperturbable indiferencia. El Real del espacio nos dice, con su silencio negro, que no hay nada por saber, ni nada por decir.

​III. La gravedad de la carne: El costo del sentido y el desasimiento analítico

​Frente al desamparo de esa indiferencia cósmica, el ser humano busca refugio en la escala de su propia biografía. Para guarecerse del vacío, el sujeto se cubre con capas sucesivas de identificaciones, construyendo una armadura de sentidos que le otorgue un lugar en el deseo del Otro. Sin embargo, portar este conjunto de ficciones identitarias arrastra un costo excesivo: el sufrimiento. Portar sentido es la gravedad del lenguaje actuando directamente sobre los cuerpos, encadenándolos a una deuda simbólica interminable y a la exigencia de representar siempre un papel para los demás.

​El desasimiento de este imperio identificatorio guarda una analogía perfecta con el tramo final de un análisis. Llegar al final del recorrido analítico implica soltarse de la demanda del Otro, abandonar el registro de la espera y de las promesas que nunca serán cumplidas. Es el momento en que la singularidad del tiempo, tarde o temprano, nos hace saber que nada ocurrirá, que nada nuevo en sí podría llegar desde afuera. Es allí donde se arriba a la conclusión sobria, desprovista de toda mística: «al fin solo hay esto». Un más allá radical del imperio de las identificaciones, donde el cuerpo se aligera al dejar de portar el peso del sentido ajeno.

​IV. Conclusión: El realismo especulativo de los cuerpos (La colisión forzosa)

​Este desasimiento nos conduce a una forma de realismo especulativo aplicado a la existencia cotidiana. Una de las claves de la vida pasa por la destitución de la atribución que hacemos de los otros, desarmando la ilusión neurótica de que sus actos responden a un destino trazado. En rigor, nadie ha despertado aún. Como sugería Ricardo Piglia, en la vida real la contingencia del encuentro nos condena a la opacidad: quizás no llegamos a conocer más que un veinte por ciento del otro. Nos movemos en una penumbra continua, como mónadas sonámbulas que apenas colisionan en la superficie de un mundo plano.

​Frente a este desencuentro crónico, la literatura no interviene como un milagro de transparencia ni como una llave de salida a este gran encierro ontológico. Al contrario, la literatura obra al revés: consiste en arrojar oscuridad sobre la transparencia inútil de un mundo funcional que nos exige ser legibles y llanos. En el texto, el escritor no nos entrega una verdad digerida, sino que despliega al otro en toda su densidad nocturna, preservando su enigma. Con cierta ironía,  Piglia decía que  prefería leer Ana Karénina de Tolstói, antes que conformarse con la dolorosa e ineludible parcialidad de las relaciones cotidianas, no para salvarse, sino para asistir a la dimensión total de esa sombra que la realidad intenta disimular.

​Fuera de la página, sin embargo, el encuentro sigue siendo la física del accidente. Sin conocernos en un registro continuo, chocamos y nos inscribimos como marcas indelebles en la biografía de los demás, tal como un rayo o un choque forzoso altera irreversiblemente una trayectoria. Cuando el cielo deja de prometer signos y el Otro es destituido de su función de garante, la gravedad del lenguaje cesa su presión sobre la carne. Lo que queda entonces es la serenidad del desierto: el destello del impacto contingente, la superficie limpia del propio trazo y el silencio que le sigue.

 

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