Por Maria Jose Messina Astigueta.
Hace poco un cliente me contó, medio avergonzado, que llevaba ocho meses pagando una suscripción que no usaba. No fue distracción. Buscó cómo darse de baja, no encontró el botón, y terminó resignándose. No es un caso aislado: es, cada vez más, la norma. Y sin embargo seguimos hablando de estas situaciones como si fueran un lunar de despiste personal, cuando en realidad son el resultado de un diseño hecho, a propósito, para que eso pase.
Hay algo parecido a lo que Ortega y Gasset llamaba hemiplejía moral en la forma en que solemos mirar esto: nos indignamos cuando el cargo indebido nos toca a nosotros, y nos olvidamos por completo cuando le toca al vecino. Vemos el problema solo cuando nos roza. El resto del tiempo, funciona como ruido de fondo: una molestia menor del mundo digital, no una injusticia sistemática que afecta de manera desigual a quien tiene menos tiempo, menos herramientas o menos paciencia para pelear un reclamo.
Nos repetimos hace años que la tecnología es neutra, que todo depende del uso que le demos. A esta altura, esa frase me suena más a coartada que a diagnóstico. Ninguna pantalla que usamos hoy fue pensada para que decidamos con calma: está pensada para que decidamos rápido, en el momento justo en que menos criterio tenemos. Eso no es un efecto secundario del diseño. Es el diseño.
Lo que perdemos sin darnos cuenta
Hay una idea que circula en la filosofía de la tecnología, pensada originalmente para la educación, que me parece que explica mejor que cualquier norma lo que está en juego: la de «soberanía cognitiva». La capacidad de mirar el mundo con criterio propio, en lugar de aceptar automáticamente lo que un sistema decidió mostrarnos. Me gusta esa idea porque no habla de tecnología ni de leyes: habla de nosotros. De cuánto de lo que decidimos todavía es realmente nuestro.
Porque no nos está pasando solamente que compramos cosas que no queríamos. Nos está pasando algo más silencioso: nos estamos acostumbrando a no preguntarnos por qué decidimos lo que decidimos. Aceptamos, aceptamos, aceptamos. Términos, cookies, renovaciones automáticas. Y en algún punto dejamos de leer no porque no nos importe, sino porque aprendimos —correctamente— que leer no cambia nada: el diseño ya decidió por nosotros.
Byung-Chul Han viene diciendo algo parecido hace años, aunque hablando de política y no de consumo: que el poder ya no necesita prohibirnos nada. Le alcanza con conocernos mejor que nosotros mismos y ofrecernos, en el momento justo, exactamente lo que vamos a aceptar. No hace falta coaccionar a nadie cuando se puede seducir con precisión quirúrgica. Cambiá «poder» por «plataforma» y la descripción encaja perfecto con lo que nos pasa cada vez que compramos algo online: no nos obligan a nada, simplemente nos conocen demasiado bien.
La responsabilidad que no es del consumidor
Como abogada, veo con frecuencia esa vergüenza que mencionaba al principio: la persona que se siente tonta por no haber leído, por no haberse dado cuenta, por haber tardado en cancelar. Y cada vez que escucho ese relato pienso lo mismo: la culpa no es de quien no leyó una interfaz diseñada por equipos enteros de gente que sabe exactamente qué apretar para que no la leamos. Es una asimetría de fuerzas, no de voluntad.
Me parece que ahí está el punto ciego de buena parte del debate actual sobre consumo digital: seguimos discutiendo si hace falta más regulación, más letra chica explicada, más clics de confirmación. Y probablemente haga falta. Pero mientras discutimos los mecanismos, se nos escapa lo esencial: lo que estas plataformas erosionan no es solamente el bolsillo. Es la confianza en el propio juicio. Es esa sensación de no confiar más en la propia capacidad de decidir bien.
El falso dilema
Cada vez que este tema aparece en la conversación pública, se arma la misma grieta chica: de un lado, quienes piden prohibir y regular todo antes de que la tecnología nos devore; del otro, quienes agitan la bandera de la libertad de mercado y acusan de paternalista a cualquiera que cuestione el diseño de una app. Las dos posturas me resultan igual de cómodas, y las dos evitan la pregunta incómoda: no se trata de estar a favor o en contra de la tecnología, sino de animarse a mirar de cerca cómo funciona realmente, sin la ingenuidad de quien la celebra sin condiciones ni el pánico de quien la rechaza en bloque.
Esa mirada de cerca no requiere ideología, requiere tiempo y ganas de pensar, dos cosas que el propio diseño digital está entrenado para quitarnos. Cuanto menos nos detenemos a preguntar, más cómodo es el terreno para quien diseñó la interfaz. La prisa no es un accidente del sistema: es, muchas veces, su condición de posibilidad.
Lo que sí podemos hacer
No tengo una solución prolija para esto, y desconfío de quien la ofrezca. Pero sí tengo una convicción: no se trata de desconectarnos ni de volvernos expertos en diseño de interfaces antes de comprar un pasaje. Se trata de algo más simple y más difícil a la vez: dejar de tratar estas situaciones como anécdotas de descuido individual y empezar a nombrarlas como lo que son, una arquitectura pensada para producir un resultado. Nombrar es el primer paso para exigir explicaciones.
Hablamos del Antropoceno para nombrar una era donde la huella humana ya es una fuerza geológica. Algunos pensadores proponen un término más preciso todavía para nuestro presente: el tecnoceno, la idea de que no vivimos simplemente rodeados de tecnología, sino dentro de una época que la tecnología misma define y estructura. No es un objeto más entre otros que usamos: es el medio en el que ya transcurre casi todo lo que hacemos, incluida la forma en que compramos, decidimos y hasta dudamos. Pensar el consumo digital solo como un problema de cláusulas y botones es quedarse corto: es una era entera la que está moldeando, en silencio, nuestra manera de decidir.
Me gusta pensar que cada vez que alguien se detiene un segundo antes de aceptar sin leer, antes de confirmar sin preguntar, está haciendo algo pequeño pero genuino: interrumpir, aunque sea por un instante, la velocidad que ese tecnoceno da por descontada. No cambia el diseño de la plataforma. Pero cambia la relación que esa persona tiene con su propia decisión, que no es poco.
La próxima vez que alguien me cuente, un poco avergonzado, que «no se dio cuenta», no voy a pensar en su distracción. Voy a pensar en el diseño que lo llevó hasta ahí. Y me parece que ese cambio de mirada es, en el fondo, la única soberanía que todavía podemos recuperar.

Muy bueno el artículo. Nos pasa seguido a personas mayores que no sabemos darnos de baja de servicios que ya no queremos o estafas de «créditos otorgados» y que pagamos en silencio por vergüenza de haber sido estafados
Excelente análisis!!👏👏👏
Gracias!!Maria Jose!!…por detenerte …reflexionar …sentir….al *proximo*…
Cuando algo roza mi profundo sentido de la *autocracia*…hago mis reflexiones y sentires… tomo decisiones…y *acciono en conciencia*…pues estoy convencida que el mayor aporte al todo ..del que somos parte cada uno…lo cambio si yo cambio …
Es mi aporte a este tiempo de profunda transformacion que como humanidad estamos transitando…
Gracias!! Gracias!! Gracias!! Por constatar a traves de tu compartir …que la masa critica ..ya esta funcionando..
Excelente articulo. Es una situacion casi frecuente en las personas mayores. A veces no preguntamos para no sentirnos avergonzadas. Gracias por escribirlo y compartirlo!!!
Excelente análisis de lo que nos pasa en esta era de la tecnología que estamos viviendo.👏🏻👏🏻👏🏻Tratemos siempre que nuestra conciencia y nuestra voluntad sea siempre la que apriete el último «click».
Excelente artículo. Muy importante y esclarecedor
Muchas gracias Majo por tan interesante y reflexivo análisis!!! Besos
Excelente. Esclarecedor. Gracias
Muchas gracias María José !!!Excelente tema vigente,la tecnología es excelente usada con criterio y sentido común !!!
María José muchas gracias: real,excelente y claro lo que escribes Abrazo
Excelente Maria José! Muy buen análisis y q bien lo explicas con palabras. Gracias
Q bueno María José!! Un análisis y una reflexión excelente… muy esclarecedor… me pasó , no saber darme de baja y apretar mil botones hasta q pude … Gracias!!!!