Por Guido Brotto.
La velocidad del juicio reemplaza a la paciencia de la escucha, y el desacuerdo suele desembocarse en la exclusión antes que en el encuentro. La dificultad de nuestro tiempo no consiste únicamente en la existencia del conflicto, sino en la pérdida de la disposición a comprender antes de condenar. Allí donde desaparece la escucha, el otro deja de ser un interlocutor para convertirse en un adversario o, peor aún, en alguien cuya existencia resulta irrelevante.
El olvido del otro ha sido una de las lacras más persistentes de la tradición occidental. Con frecuencia se ha buscado afirmar la propia identidad mediante la negación de la diferencia, como si la unidad solo pudiera alcanzarse eliminando aquello que la cuestiona. Sin embargo, la identidad no se fortalece eliminando al otro, sino descubriéndose frente a él. Solo quien es capaz de reconocer la alteridad comprende verdaderamente quien es.
La tradición occidental nos empuja y mantiene un cierto orden sistemático, ofreciendo categorías, instituciones y formar de interpretar el mundo. Pero ese orden, por sí solo, no resuelve el problema fundamental. Somos nosotros, la humanidad, quienes debemos reconciliarnos con nuestra propia condición: aceptar nuestra fragilidad, nuestras contradicciones y la imposibilidad de construir una comunidad auténtica mientras una parte de ella permanezca excluida.
La reconciliación plantea inmediatamente una pregunta que no puede eludirse: ¿Cómo concebirla sin justicia, sin verdad? Toda reconciliación que exija olvidar los hechos, silenciar a las víctimas o renunciar a la verdad termina siendo apenas una apariencia de paz. La justicia no impide la reconciliación; la hace posible. Solo cuando la verdad encuentra un lugar puede comenzar a cerrarse una herida, porque únicamente aquello que ha sido reconocido puede ser verdaderamente superado.
El film debe focalizarse en que sienten las nuevas generaciones. Comprender el origen de las fracturas que todavía atraviesan el presente. El pasado; continúa actuando mientras permanezca sin ser pensado.
Cada generación recibe una memoria que no eligió, pero sí puede decidir cómo relacionarse con ella. En el silencio heredado se juega no solo la interpretación del pasado, sino también la posibilidad de un futuro compartido.
