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Por Hugo Robles Lama.

La noche del plomo

«La imprenta es un ejército de 26 soldados de plomo con el que se puede conquistar el mundo» 

 Johannes Gutenberg

Uno podría preguntarse si aquellos objetos que poblaban los anaqueles de nuestra infancia no eran, en realidad, los últimos restos de un orden —austero, solemne— que el tiempo, en su marcha implacable, se encargó de desmantelar. Había en ellos una inmutabilidad, una suerte de higiene en los ritos sociales que sostenía, con una precisión casi matemática. La arquitectura de aquel mundo se oponía —o al menos, retardaba— su inevitable derrumbe.

Hay en el plomo una higiene de la inmovilidad. Una densidad que repele el juego ligero y que, sin embargo, sostiene dos de las crónicas más persistentes de nuestra memoria: la del soldadito de Hans Christian Andersen y la de Johannes Gutenberg, ese hombre que comprendió que la palabra no debía ser un soplo, sino un objeto sólido, repetible, una mercancía del sentido.

El soldadito de plomo, es sabido, nace de la escasez doméstica y de una vieja cuchara fundida en un crisol. Andersen nos dice que fue el último de veinticinco hermanos; como el metal no alcanzó para más, quedó condenado a sostenerse sobre una sola pierna. Hay algo en esa fijeza del soldado, ahí, firme sobre su única extremidad y con el fusil al hombro que se emparenta con los tipos de la imprenta.

El artesano Johannes Gensfleisch, Gutenberg, montaba en su taller de Mainz una máquina del tiempo. Prefiguraba, en ese gesto técnico, la fijeza absoluta de la palabra.

Un tipo de imprenta es, en esencia, un soldadito de plomo: una pequeña efigie metálica, severa, disciplinada, que espera en su caja el momento de entrar en formación para librar la gran batalla de la interpretación.

Gutenberg compartía con el artesano de juguetes la alquimia del metal fundido. Para perfeccionar su escritura artificial, debió dar con la proporción exacta de una aleación —plomo, estaño y antimonio— que permitiera al metal enfriarse sin contraerse. Esta técnica prometía escribir más deprisa que mil monjes, transformando el pensamiento humano, de un manuscrito único, en una legión uniforme. El plomo de Gutenberg no buscaba la milicia, sino la persistencia del signo frente a la fragilidad, siempre al acecho, de la memoria.

En el cuento de Andersen, el soldadito habita un mundo de una belleza estática y precaria, donde el horizonte es un castillo de papel y un trozo de espejo hace las veces de lago. Es un contrapunto fascinante: el mundo del juguete es un simulacro de fragilidad, mientras que el mundo de Gutenberg es una industria de la permanencia. Mientras el soldadito contempla a su bailarina de papel, Gutenberg se dedica a la tarea de componer miles de páginas para su gran Biblia. Son, en el fondo, dos formas de habitar el papel: como la escenografía de un sueño infantil o como el soporte de un dogma reproducido a gran escala.

La trayectoria del soldadito es un descenso hacia la disolución. Cae de una ventana, navega por las alcantarillas en un barco de periódico y termina en el estómago de un pez. Es una odisea de la pasividad: «continuaba firme y sin mover un músculo», nos dice el relato. Gutenberg, en cambio, vive la odisea de la ambición técnica. No es un juguete del destino, sino un hombre que intenta forzar el curso de la historia a través de la multiplicación del conocimiento, aunque termine sus días entre deudas y litigios, desplazado por su propio invento.

Hay una melancolía compartida en sus finales. El soldadito regresa milagrosamente al salón de su infancia solo para ser arrojado al fuego de la chimenea, sin motivo alguno. Allí, bajo el calor abrasador, el metal pierde su forma militar y se funde en un pequeño corazón de plomo entre las cenizas. Gutenberg también se fundió en la inmensidad de su obra; hoy su nombre es una abstracción cultural, una marca; el hombre de carne y hueso se disolvió entre acreedores y talleres que ya no le pertenecían.

Al mirar atrás, hacia esos días de orden y objetos pesados que poblaban las bibliotecas de antes, reconozco en mí esa incompetencia para fijar el catastro de lo que hemos abandonado. Vivimos entre estos dos mundos de plomo: el del objeto que se sacrifica por una fijeza moral —el soldado que no se dobla— y el del signo que se multiplica para vencer al olvido. Quizás, tras la noche del plomo, no nos quede más que la esperanza: que alguien logre encontrar, todavía, ese corazón metálico. Un núcleo que, en su dureza, nos fije a nuestra propia fragilidad. A esa transparencia —la que Gutenberg, antes de las letras, ya intentaba atrapar— cuando su único oficio, acaso el más revelador, se resumía en una sola acción: pulir espejos. 

 

 

 

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