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Las mujeres que sostienen más de lo que se ve

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Por Catalina Irades.

Hay una forma de trabajo que no figura en ningún contrato, no recibe salario y rara vez aparece en las estadísticas. Sin embargo, organiza la vida cotidiana de millones de personas.

Es el trabajo invisible.

No consiste únicamente en cocinar, limpiar o cuidar. Consiste, sobre todo, en anticipar. Recordar. Organizar. Resolver. Sostener. Pensar en aquello que todavía no ocurrió para que nada falle cuando ocurra.

En la actualidad, muchas mujeres son profesionales, emprendedoras, comerciantes, docentes, médicas, psicólogas, empleadas, empresarias o trabajadoras independientes. Pero, al finalizar esa jornada, comienza otra que permanece prácticamente inadvertida: la administración emocional y logística de la vida cotidiana.

La socióloga Arlie Russell Hochschild denominó a este fenómeno “la segunda jornada”: el trabajo que continúa cuando concluye el empleo remunerado. Décadas después, ese concepto resulta insuficiente. Hoy no solo existe una segunda jornada; existe una carga mental permanente, una actividad psíquica que exige planificar, recordar, anticipar necesidades y sostener emocionalmente a quienes dependen de esa organización invisible.

El problema no es únicamente la cantidad de tareas.

Es la responsabilidad de que nada se desmorone.

Desde el psicoanálisis, esta cuestión puede leerse de otro modo. Freud mostró que el sufrimiento psíquico no surge exclusivamente de los acontecimientos externos, sino también de las exigencias que la cultura impone sobre el sujeto. En El malestar en la cultura advirtió que toda organización social exige renuncias y produce ideales que orientan nuestra manera de vivir.

La mujer contemporánea parece habitar una paradoja singular.

Conquistó espacios de autonomía, formación académica, liderazgo y participación pública que durante siglos le fueron negados. Sin embargo, esa transformación no eliminó los mandatos históricos vinculados al cuidado. Los superpuso.

Hoy se espera que sea económicamente autónoma, profesionalmente competente, afectivamente disponible, madre presente, pareja comprometida, hija atenta y administradora de una compleja red de vínculos y responsabilidades.

No son tareas aisladas.

Son expectativas culturales que conviven sobre una misma persona.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la sociedad actual ya no funciona principalmente mediante la prohibición, sino mediante el rendimiento. La consigna dejó de ser “debes obedecer” para convertirse en “puedes lograrlo todo”. Esa promesa de libertad es, muchas veces, un nuevo mandato.

Cuando todo parece posible, cualquier límite se vive como un fracaso personal.

En la clínica esto aparece con frecuencia. No como grandes crisis, sino como mujeres profundamente competentes que llegan agotadas sin comprender por qué. Trabajan, producen, resuelven y sostienen. Pero sienten que nunca alcanzan.

No porque hagan poco.

Porque el ideal al que intentan responder es imposible.

Donald Winnicott cuestionó hace décadas el mito de la perfección al proponer la idea de la “madre suficientemente buena”. El desarrollo saludable no requiere una mujer perfecta, sino una presencia humana, con límites, errores y posibilidad de descanso. Sin embargo, la cultura continúa premiando lo contrario: la mujer que nunca se detiene, que siempre puede un poco más y que rara vez pide ayuda.

Quizás el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea demostrar que las mujeres pueden hacerlo todo.

Eso ya quedó demostrado.

El desafío es preguntarnos por qué una sociedad sigue organizándose como si fueran ellas quienes debieran sostener, además de su desarrollo profesional, la mayor parte del trabajo invisible que hace posible la vida cotidiana.

La salud mental también se juega allí.

En reconocer que cuidar tiene un costo.

Que sostener consume recursos psíquicos.

Y que una cultura más saludable no es aquella que celebra a las mujeres por su capacidad de soportarlo todo, sino aquella que distribuye de manera más justa las responsabilidades del cuidado.

Porque una sociedad no se mide únicamente por las oportunidades que ofrece.

También se mide por el peso que decide repartir.

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