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Tristeza Não Tem Fim

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Por Enrico Colombres.

«Divididos seremos esclavos; unidos, estoy seguro de que los batiremos. Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor».

— José de San Martín, carta a Estanislao López, Mendoza, 13 de marzo de 1819.

Javier Milei parece decidido a demostrar que un presidente puede confundir la política exterior de un país con su cuenta personal en las redes sociales. El problema es que cada insulto, cada provocación y cada gesto de desprecio dirigido contra Brasil no lo paga él. Lo pagan las fábricas argentinas que necesitan exportar, los trabajadores que dependen de ellas, las pequeñas empresas proveedoras y una economía que no está en condiciones de perder mercados por los caprichos ideológicos de su presidente.

La relación entre la Argentina y Brasil atraviesa uno de sus momentos diplomáticos más delicados de las últimas décadas. La tensión acumulada desde la llegada de Milei al poder escaló después de su participación en un acto de campaña de Flávio Bolsonaro, candidato a la presidencia y adversario de Luiz Inácio Lula da Silva. Allí, el presidente argentino volvió a agraviar a Lula y atacó también a integrantes de las instituciones brasileñas.

Brasil respondió llamando a consultas a su embajador y dejando la representación diplomática en manos de un encargado de negocios. No se trata de un simple enojo entre dos dirigentes. Cuando un país retira a su embajador comunica que el vínculo político dejó de funcionar con normalidad. Es una decisión excepcional entre naciones que comparten frontera, historia, intereses estratégicos, cadenas productivas y el principal proceso de integración económica de América del Sur.

Milei podría discrepar profundamente con Lula. Podría cuestionar sus políticas, sus alianzas internacionales o su visión sobre el papel del Estado. Esa discusión sería legítima. Lo que no puede hacer, sin comprometer los intereses argentinos, es utilizar la investidura presidencial para participar en una campaña electoral extranjera y convertir una diferencia ideológica en una agresión institucional.

El presidente argentino no viajó a Brasil como un militante sin responsabilidades. Viajó representando, quisiera o no, a una nación de casi 47 millones de habitantes. Cuando habla en territorio brasileño no lo hace solamente Javier Milei. Habla el jefe del Estado argentino. Y cuando insulta al presidente brasileño, quien queda expuesta no es únicamente su personalidad desmesurada. Queda expuesta la Argentina.

Nada indica que el Gobierno haya calculado el costo diplomático, industrial y comercial de esta conducta. La política exterior parece resolverse según los impulsos del Presidente y la reacción inmediata de sus seguidores en internet, como si la popularidad digital pudiera sustituir la defensa de los intereses nacionales.

Brasil no es un país periférico para la economía argentina. Durante 2025, el intercambio bilateral alcanzó los 31.195 millones de dólares, el nivel más alto en trece años. La Argentina exportó 12.771 millones e importó 18.424 millones. En julio de 2026, aun con una caída interanual del intercambio, el comercio entre ambos países llegó a 2.569 millones de dólares. Las exportaciones argentinas sumaron 1.153 millones y acumularon cinco meses consecutivos de crecimiento.

Detrás de esos números existen empleos, inversiones, plantas industriales y economías regionales. Brasil compra vehículos, autopartes, trigo, cebada, productos químicos, plásticos, maquinaria y manufacturas argentinas. Es uno de los pocos mercados donde la Argentina todavía puede colocar producción con valor agregado.

La industria automotriz muestra con crudeza esa dependencia. En 2025, Brasil recibió el 67,2 por ciento de los vehículos exportados por nuestro país. Durante el primer cuatrimestre de 2026 la participación se mantuvo por encima del 65 por ciento y en julio rondó el 63 por ciento de los envíos del sector.

El cuadro interno vuelve todavía más imprudente cualquier conflicto. Entre enero y julio de 2026, la producción automotriz argentina cayó un 18 por ciento interanual y se ubicó en 235.847 unidades. Las terminales exportaron 150.270 vehículos, casi dos tercios de todo lo fabricado. Con un mercado interno debilitado, Brasil continúa ocupando un lugar decisivo para sostener la actividad.

En semejante contexto, enfrentarse gratuitamente con el principal comprador de la industria argentina no es valentía ni defensa de la libertad. Es irresponsabilidad económica.

No es necesario que Lula ordene una represalia comercial para que aparezcan las consecuencias. Las relaciones económicas no se deterioran únicamente mediante sanciones formales. También se dañan cuando desaparece el diálogo político, se frenan negociaciones técnicas, se postergan acuerdos, se endurecen controles o las empresas comienzan a percibir que la relación entre ambos gobiernos carece de previsibilidad.

Una automotriz que debe decidir dónde fabricar su próximo modelo analiza costos, infraestructura, estabilidad, tamaño del mercado y acceso a los países vecinos. Si la Argentina ofrece recesión, apertura importadora, debilitamiento industrial y conflicto permanente con Brasil, la decisión empresarial será bastante sencilla. La inversión se dirigirá hacia el mercado más grande y estable. Y ese mercado no es el argentino.

Mientras Milei construye su identidad internacional alrededor de alianzas personales con dirigentes de derecha, Brasil conserva una política exterior basada en intereses permanentes. El Gobierno brasileño puede cambiar, pero su aparato diplomático, su estrategia industrial y su objetivo de liderazgo regional continúan. La Argentina, en cambio, parece haber reemplazado su política exterior por una sucesión de adhesiones personales, enemistades ideológicas y espectáculos presidenciales.

También hay una desigualdad evidente que el Gobierno pretende ignorar. Brasil puede soportar mucho mejor un deterioro de la relación bilateral. Tiene más de 200 millones de habitantes, un mercado interno enorme, una economía industrial diversificada y una red internacional de socios considerablemente más amplia. La Argentina necesita a Brasil mucho más de lo que Brasil necesita a la Argentina. Convertir esa asimetría en provocación es una forma rudimentaria de autolesión.

Algunos sostendrán que los negocios continuarán porque los empresarios no se guían por simpatías políticas. Es parcialmente cierto. Pero los grandes negocios internacionales necesitan marcos institucionales, acuerdos sanitarios, reglas aduaneras, financiamiento, infraestructura, coordinación gubernamental y confianza. Cuando la diplomacia se rompe, cada uno de esos mecanismos se vuelve más lento, costoso e incierto.

También está en juego el Mercosur. Milei puede considerar que el bloque limita la libertad comercial argentina, pero salir al mundo no significa dinamitar primero el mercado regional y esperar después que aparezcan compradores más convenientes. Los países serios diversifican sus relaciones sin destruir las existentes. Negocian con Estados Unidos, China, Europa, India y Medio Oriente mientras preservan a sus socios naturales. Nadie fortalece su posición internacional aislándose de su propio vecindario.

La discusión no consiste en elegir entre Milei y Lula. Esa es la trampa de una conversación reducida a fanatismos personales. Lo que está en juego es si aceptamos que el futuro industrial de la Argentina quede subordinado al temperamento de un presidente.

Milei no fue elegido para seleccionar ideológicamente a los gobiernos con los cuales el país puede comerciar. Fue elegido para administrar el Estado y defender los intereses nacionales. Brasil seguirá existiendo después de Lula, del mismo modo que la Argentina seguirá existiendo después de Milei. La diplomacia se construye precisamente sobre esa evidencia. Los presidentes pasan. Los pueblos, las fronteras y los intereses económicos permanecen.

Una política exterior adulta debería descomprimir inmediatamente el conflicto, reconstruir los canales diplomáticos y separar la relación entre los Estados de la disputa electoral brasileña. También debería convocar a las provincias industriales, las terminales automotrices, los sindicatos y las pequeñas y medianas empresas para evaluar el daño potencial. Pero para hacer eso primero habría que aceptar que gobernar implica algo más que provocar, insultar y conseguir aplausos.

La conclusión es incómoda porque no permite esconderse detrás de ninguna consigna. Si se pierden inversiones, cierran autopartistas, se reducen turnos en las fábricas y miles de trabajadores quedan en la calle, Milei probablemente culpará al socialismo, la política, los empresarios o cualquier enemigo disponible. Pero los argentinos tendremos que admitir algo peor: habremos permitido que un presidente pusiera en riesgo el principal vínculo económico del país para alimentar su ego y participar en una batalla electoral ajena.

Brasil podrá buscar otros proveedores. Las empresas podrán mudar su producción. El capital encontrará otro destino. Los únicos que no podrán trasladarse con la misma facilidad serán los trabajadores argentinos. Ellos se quedarán aquí, contemplando las persianas bajas de las fábricas, mientras el Presidente celebra en las redes sociales otra pelea que cree haber ganado.

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