Por Fernando Crivelli Posse.
“Cuando una sociedad comienza a creer que sus actos son el resultado inevitable de sus circunstancias, la responsabilidad deja de ser una virtud y se convierte en una palabra vacía; y cuando nadie responde por lo que hace, cualquier norma termina siendo apenas una recomendación.”
Existe una idea que se ha instalado silenciosamente en la cultura contemporánea y que merece ser examinada con mayor severidad: la tendencia a explicar la conducta humana hasta el punto de disolver la responsabilidad de quien actúa. Todo parece tener una causa exterior. La educación, el ambiente, la economía, la familia, las circunstancias, la presión social, la ideología, la historia personal. Cada explicación puede aportar una parte de la verdad, pero cuando la explicación pretende reemplazar a la responsabilidad, dejamos de comprender al hombre para convertirlo en una consecuencia de aquello que lo rodea.
No se trata de negar la influencia que ejercen las circunstancias sobre nuestras decisiones. Sería absurdo desconocer que el hombre vive condicionado por una época, una cultura, una familia, una educación y unas determinadas condiciones materiales. La cuestión decisiva aparece en otro lugar: estar condicionado no significa estar determinado. Entre aquello que influye sobre nuestra conducta y aquello que finalmente decidimos hacer existe un espacio que ninguna sociedad puede eliminar sin destruir, al mismo tiempo, la idea misma de responsabilidad.
Allí reside una de las cuestiones centrales de la vida moral y también de la vida republicana. Solo puede exigirse responsabilidad a quien conserva la posibilidad de elegir. Si toda conducta fuera simplemente el resultado inevitable de fuerzas externas, entonces desaparecería la diferencia entre quien actúa correctamente y quien transgrede, entre quien cumple su deber y quien lo abandona. Podríamos explicar las conductas, pero ya no podríamos juzgarlas.
La consecuencia sería enorme. Una sociedad que explica todo termina justificándolo todo.
Max Scheler permite introducir aquí una cuestión todavía más profunda: los valores no constituyen una masa indiferenciada en la que todo vale lo mismo. Existe una jerarquía. No ocupa el mismo lugar aquello que simplemente nos resulta agradable que aquello que consideramos saludable; tampoco puede equipararse lo útil con lo verdadero, ni el bienestar material con aquellos valores que otorgan sentido y orientación a la existencia. La vida humana no consiste solamente en elegir, sino también en aprender qué merece ser elegido por encima de qué.
El problema contemporáneo aparece cuando esa jerarquía se desordena. No necesariamente desaparecen los valores; cambian de lugar. Lo conveniente comienza a imponerse sobre lo justo; lo útil sobre lo verdadero; el éxito sobre el mérito; el reconocimiento sobre la dignidad; la comodidad sobre el deber. Y una vez que los valores pierden su orden, también comienza a perderlo la conducta.
Una sociedad puede conservar magníficos discursos sobre la honestidad, la solidaridad, la justicia o el respeto y, al mismo tiempo, organizar su vida cotidiana alrededor de criterios completamente diferentes. Allí aparece una contradicción que no siempre advertimos: no somos solamente aquello que decimos valorar; somos, en buena medida, aquello a lo que subordinamos nuestras decisiones.
Por eso la responsabilidad no consiste únicamente en responder por las consecuencias de un acto. Supone algo anterior: reconocer que nuestras elecciones tienen un fundamento que debemos asumir como propio. La libertad no es la ausencia de límites ni la posibilidad de hacer cualquier cosa. Es la capacidad de elegir dentro de una realidad determinada y, al mismo tiempo, responder por aquello que elegimos.
Este punto resulta particularmente importante para una sociedad que ha desarrollado una extraordinaria capacidad para encontrar explicaciones y una capacidad mucho menor para asumir responsabilidades. Comprender las causas de una conducta no equivale a justificarla. Conocer el contexto de una decisión puede ayudarnos a juzgarla con mayor inteligencia, pero no elimina necesariamente la responsabilidad de quien decidió. Explicar no es absolver. Comprender no es justificar.
Cuando esta diferencia desaparece, la cultura comienza a producir un efecto paradójico: cada individuo aprende a reclamar autonomía para elegir, pero procura encontrar fuera de sí mismo las razones que lo eximan de responder por aquello que eligió. Se reclama libertad para actuar y, simultáneamente, se busca una explicación que permita no hacerse cargo de las consecuencias. Libertad cuando conviene; justificativos cuando llegan las sanciones.
Una sociedad así termina debilitando su propia estructura moral. Si nadie es verdaderamente responsable, tampoco existe un deber que pueda ser exigido con seriedad. Y si el deber deja de ser exigible, las normas pierden su fundamento interior y comienzan a obedecerse solamente cuando existe una sanción capaz de imponerlas.
Una comunidad civilizada no puede depender exclusivamente del miedo al castigo. Necesita ciudadanos que comprendan que existen conductas que deben realizarse aun cuando nadie esté mirando y límites que deben respetarse aun cuando resulte más conveniente atravesarlos.
Esta cuestión adquiere una dimensión política cuando recordamos que las repúblicas no fueron concebidas solamente para organizar el poder, sino para formar ciudadanos capaces de ejercerlo y limitarlo responsablemente. La libertad republicana no puede sobrevivir si la responsabilidad queda reducida a una obligación de los demás. No alcanza con exigir que los funcionarios respondan por sus actos si el ciudadano considera que sus propias decisiones carecen de consecuencias públicas.
La responsabilidad tiene, además, una dimensión cultural. Cada generación recibe un mundo que no construyó completamente y entrega otro que tampoco le pertenece exclusivamente. Somos responsables no solamente de aquello que hacemos, sino también, en alguna medida, de aquello que contribuimos a transmitir. Una conducta individual puede terminar convertida en costumbre; una costumbre puede transformarse en expectativa; una expectativa puede terminar funcionando como norma social.
Por eso la educación moral de una sociedad no ocurre únicamente en las escuelas. Ocurre en las familias, en las instituciones, en la conversación pública y en la manera en que los adultos enfrentan sus propias decisiones. Los jóvenes aprenden responsabilidad observando adultos que asumen las consecuencias de sus actos, no escuchando únicamente discursos acerca del deber.
Argentina necesita recuperar esa dimensión de la vida pública. No como una prédica moralizante ni como una nostalgia de tiempos supuestamente mejores, sino como una condición elemental de cualquier sociedad que pretenda conservar instituciones libres. Sin responsabilidad no existe ciudadanía plena; sin ciudadanía responsable, la libertad termina convertida en simple capacidad de elección.
La cuestión de fondo no es entonces si estamos condicionados. Naturalmente lo estamos. La cuestión es si, dentro de esos condicionamientos, seguimos siendo capaces de elegir y responder por aquello que elegimos.
Una sociedad comienza a fortalecerse cuando vuelve a comprender que las circunstancias pueden explicar una decisión, pero no necesariamente eximirnos de ella; que la cultura puede influir sobre nuestras preferencias, pero no reemplaza nuestra voluntad; y que la libertad adquiere su verdadera dimensión precisamente cuando se encuentra acompañada por el deber de responder.
Porque una comunidad puede soportar muchas imperfecciones. Lo que no puede soportar indefinidamente es una cultura en la que todos tienen una explicación para sus actos, pero nadie acepta la responsabilidad por ellos.
Continuará…

No elegir también es una decisión responsable, negarse a ejercer la libertad es un engaño desintegrador para la persona y la sociedad
Excelente reflexión