Apus, apus

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Por Alfredo Elías Acevedo.

​Los vencejos llegan con la primavera. Aparecen sobre las ciudades de Europa, sobre las costas del norte de África, sobre las llanuras y las montañas de Asia Central, y durante unos meses ocupan el cielo con una insistencia que termina por volverlos invisibles. Se los ve cruzar las calles, girar sobre las torres, desaparecer detrás de los edificios y reaparecer mucho más arriba, allí donde el ojo ya no consigue seguirlos.

​Pertenecen al orden de las apodiformes, Apus apus es su nombre científico, Apus significa sin pies. No es una metáfora: sus patas son tan pequeñas que apenas sirven para caminar. Pueden aferrarse a una pared, a una grieta o a un acantilado, pero no están hechas para sostener el cuerpo sobre una superficie horizontal. El vencejo parece haber perdido, en el curso de su evolución, aquello que para nosotros define a un animal terrestre: la posibilidad de detenerse. Solo toca la tierra para reproducirse, durante unas semanas ocupa una grieta en un muro, un hueco bajo un tejado o una cavidad en una roca; allí pone los huevos, los incuba y posteriormente alimenta a los pichones. Después, los jóvenes abandonan el nido y el animal vuelve al aire. Durante casi diez meses no volverá a posarse.

​Todo lo necesario para vivir sucede entonces arriba, en los cielos. Se alimenta de los insectos que encuentra durante el vuelo, desde mosquitos hasta pulgones, hormigas con alas y pequeños escarabajos. Bebe rozando con el cuerpo la superficie del agua y puede aparearse en el aire. Cuando llega la noche, asciende hasta alturas donde el paisaje terrestre comienza a desaparecer, y allí duerme. La palabra parece incorrecta: dormir. Estamos acostumbrados a que el sueño exija un lugar: una cama, una rama, una madriguera, o una cueva, alguna superficie sobre la que el cuerpo pueda abandonarse sin caer. El vencejo no necesita nada de eso; una parte de su cerebro puede entrar en reposo mientras la otra permanece activa y el cuerpo continúa desplazándose en la oscuridad. Así puede pasar la noche; así puede pasar meses, en un estado crepuscular continuo, mientras sueña que el mundo es solo esa otra forma imprecisa en la imaginación de las aves.

​Cuando uno piensa en estas cosas durante suficiente tiempo, el vencejo deja de parecer un animal que ha desarrollado una extraordinaria capacidad de vuelo. La diferencia es pequeña, pero decisiva: ya no parece que el vuelo sea una de sus facultades, sino que nosotros hemos cometido un error al llamarlo vuelo. Tal vez, para el vencejo, aquello que llamamos vuelo sea simplemente la forma en que existe. La tierra sería entonces la excepción, una interrupción breve en la continuidad del aire.

​Por eso el nombre resulta extraño: Apus, sin pies. Como si la ciencia hubiera tenido que comenzar por aquello que le falta para describir una criatura cuya existencia se desarrolla casi enteramente en otro lugar. Durante siglos imaginamos a los ángeles descendiendo del cielo y les dimos alas porque no teníamos otra manera de representar un cuerpo que pudiera atravesar el espacio sin pertenecer por completo a ninguna superficie. El vencejo no necesita esa imaginación; tiene alas, pero no parece utilizarlas para abandonar la tierra, sino para no regresar a ella.

​Quizá no haya nada misterioso en esto; solo evolución, adaptación, selección natural y una especie perfectamente ajustada a su nicho ecológico. Pero algunas tardes, cuando los vencejos se reúnen sobre los tejados y comienzan a girar hasta confundirse con la profundidad azul, uno puede tener la impresión de estar viendo algo que no ha venido del cielo, sino algo que, por alguna razón, ha conseguido no caer de él.

 

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