Heil Sieg

Publicado el

Por Fabricio Falcucci.

Europa tiene museos para recordar el horror y urnas donde empieza a relativizarlo. Entre una cosa y la otra crece una pregunta incómoda. ¿Cuánto hemos aprendido del pasado si sus señales vuelven a resultar electoralmente atractivas?

El triunfo de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, con cerca del 44 % de los votos, encendió una alarma que excede las fronteras alemanas. Fue una elección regional y el resultado no le aseguró por sí solo el gobierno. Su alcance político, sin embargo, es profundo. Una fuerza de extrema derecha amplió su respaldo con un discurso que convierte la inmigración en amenaza y promete recuperar la nación mediante la exclusión.

Ulrich Siegmund, su candidato, tiene una imagen joven, sonriente y cercana. Maneja las redes y ofrece una nostalgia fácil de consumir. Una Alemania más segura, más ordenada, más alemana. Esa presentación convive con posiciones duras contra la inmigración y favorables a un acercamiento a Rusia. La sonrisa vuelve familiar lo que debería seguir provocando preguntas.

El título de esta nota condensa una resonancia inquietante. Siegmund defendió cánticos con su apellido que evocaban el “Sieg Heil” nazi y desestimó las objeciones como una vigilancia del lenguaje. No se trata de atribuirles a todos sus votantes una identidad nazi. Se trata de advertir qué empieza a tolerarse alrededor de un dirigente que aspira a gobernar. En Alemania, ese eco tiene una historia demasiado precisa para tratarlo como una travesura.

El extremismo gana terreno cuando consigue que la crueldad parezca razonable. Primero instala que algunos sobran. Después discute cuánto cuesta atenderlos, qué derechos merecen y cómo sacarlos de escena. El extranjero deja de ser una persona con una historia y se convierte en una carga. El adversario pasa a ser un enemigo. La convivencia queda sometida a una prueba de pertenencia que siempre administran quienes tienen el poder.

“El hombre es el lobo del hombre”, dice la fórmula que Hobbes retomó de la tradición latina. Su preocupación era cómo construir un orden capaz de contener la violencia y hacer posible la vida común. El presente obliga a formular otra pregunta. ¿Qué ocurre cuando quienes prometen protegernos necesitan convencernos de que debemos temernos unos a otros?

Una política alimentada por el miedo necesita renovar sus amenazas. Si la inseguridad, la falta de vivienda o el deterioro del trabajo pueden explicarse por la presencia de un grupo señalado, gobernar parece sencillo. Basta con castigarlo. La dificultad de resolver los problemas se reemplaza por la satisfacción de encontrar culpables.

Desde Argentina sería cómodo observar este proceso como una recaída ajena. Pero algunas de sus palabras ya circulan entre nosotros.

La baja de la edad de imputabilidad a los catorce años expresa una apuesta por ampliar la respuesta penal sobre la adolescencia. Los delitos exigen respuestas y las víctimas merecen protección. Precisamente por eso, una política seria debería demostrar cómo evitará nuevas violencias. Celebrar que el castigo llegue antes en la vida de una persona ofrece una satisfacción inmediata, aunque deja abiertas las preguntas sobre prevención, educación y posibilidades de reparación. Una sociedad debería inquietarse cuando encuentra más entusiasmo para encerrar a sus chicos que para discutir cómo impedir que lleguen hasta allí.

Ese rigor contrasta con la sensibilidad que ciertos sectores políticos reservan para los responsables del terrorismo de Estado. Las visitas de diputados oficialistas a represores condenados, entre ellos Alfredo Astiz, hicieron visible una disposición a acercarse a quienes organizaron secuestros, torturas y desapariciones. Esos gestos alimentan un clima favorable a presentar sus condenas como una injusticia y su eventual liberación como una reparación.

Las garantías corresponden a todas las personas. Una prisión domiciliaria debidamente fundada tampoco equivale a impunidad. La preocupación está en el uso selectivo de la compasión. La edad se vuelve irrelevante cuando se reclama castigar a un adolescente y decisiva cuando se busca aliviar la situación de un represor. Hay una concepción del orden en esa diferencia.

La política migratoria ofrece otro espejo. El endurecimiento de las condiciones de ingreso y permanencia, junto con el impulso al cobro de determinados servicios a extranjeros según su situación de residencia, se acompaña de un discurso que los presenta como posibles abusadores de recursos. Resulta una paradoja en un país construido también por sucesivas migraciones. Celebramos al abuelo que llegó con una valija mientras sospechamos del vecino que acaba de llegar con la suya. Pareciera que la inmigración se vuelve una virtud cuando ya figura en nuestro árbol genealógico.

Alemania y Argentina tienen historias e instituciones distintas. El paralelismo aparece en una forma de organizar el malestar. Señalar a los vulnerables, prometer disciplina y presentar los derechos como obstáculos para recuperar una grandeza perdida. Bajo esa lógica, la libertad corre el riesgo de convertirse en un privilegio de pertenencia.

Polibio describió la transformación cíclica de los regímenes y su tendencia a degradarse. Su advertencia permite pensar la fragilidad de la democracia, incluso cuando parece consolidada. Las instituciones también se desgastan desde adentro, cuando la convivencia pierde valor y la fuerza empieza a resultar seductora.

Marx escribió que los grandes hechos y personajes reaparecen “una vez como tragedia y la otra como farsa”. Pero la farsa puede producir víctimas reales. La apariencia grotesca de un dirigente, sus exageraciones o su espectáculo permanente no disminuyen su capacidad de hacer daño. A veces, incluso, ayudan a subestimarla.

Nada de esto vuelve inevitable una repetición. Comprender el descontento social, ofrecer respuestas materiales y sostener la igualdad siguen siendo tareas políticas posibles. La memoria sirve cuando interviene en esas decisiones, cuando permite reconocer una injusticia antes de que tenga monumento.

El peligro empieza cuando una sociedad conoce perfectamente el significado de un saludo, de una amenaza o de una promesa de expulsión y decide que esta vez puede dejarlos pasar. El odio cambia de acento. Nuestra responsabilidad es reconocerlo también cuando habla como nosotros.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

últimas noticas

La institución ilegible

Por José Mariano. «La democracia es idealmente el gobierno del poder visible». — Norberto Bobbio, El...

Ciudades inteligentes

Por Marcela Zadoff.  “El poder surge cuando las personas actúan juntas.”  — Hannah Arendt Somos ciudadanos y...

La ilusión contable del superávit y la usura del asfalto

Por Fernando Pérez. En su célebre Teoría General, John Maynard Keynes advertía que el verdadero...

La austeridad que olvidó la República

Por Fernando Crivelli Posse. “La República no le exige pobreza a quien gobierna. Le exige...

Más noticias

La institución ilegible

Por José Mariano. «La democracia es idealmente el gobierno del poder visible». — Norberto Bobbio, El...

Ciudades inteligentes

Por Marcela Zadoff.  “El poder surge cuando las personas actúan juntas.”  — Hannah Arendt Somos ciudadanos y...

La ilusión contable del superávit y la usura del asfalto

Por Fernando Pérez. En su célebre Teoría General, John Maynard Keynes advertía que el verdadero...