Por Guido Brotto.
Hay algo misterioso en el trueque. Dos personas se encuentran con objetos distintos y, durante un instante, consiguen volverlos equivalentes.
Porque el trueque deja expuesto algo que el dinero suele ocultar: el valor no está completamente en las cosas. Aparece cuando alguien lo reconoce. Lo que para uno puede haber perdido importancia, para otro puede ser exactamente lo que estaba buscando.
Por eso, en un trueque no se intercambian solamente objetos.
Se encuentran dos formas de valorar el mundo.
Žižek advierte que un producto nunca termina en el producto. Siempre arrastra consigo una promesa, una identidad, una pequeña fantasía sobre aquello que podríamos llegar a ser al poseerlo.
El trueque vuelve visible esa parte invisible.
Porque cuando desaparece el precio, queda al descubierto aquello que cada uno cree estar recibiendo realmente.
Sin embargo, muchos pueden estar de acuerdo con él como idea, pero al momento de practicarlo aparece una incomodidad.
El dinero funciona como un tercero que evita explicar demasiado. El precio ya está ahí. En el trueque, en cambio, somos nosotros quienes debemos decir cuánto vale lo nuestro y cuánto vale lo del otro.
El dinero disimula la negociación.
El trueque la vuelve personal.
Y entonces aparece el territorio.
Porque ningún trueque ocurre en el vacío. Para que dos cosas distintas puedan intercambiarse tiene que existir, aunque sea por un instante, un espacio común donde ambas partes reconozcan la legitimidad del intercambio.
Ese territorio puede ser una comunidad, una amistad, un barrio o simplemente la confianza entre dos desconocidos.
El trueque necesita algo que el dinero muchas veces vuelve innecesario:
Reconocerse mutuamente.
Hay además una ilusión que el trueque pone en peligro: la propiedad.
Creemos que tenemos cosas. Que nos pertenecen. Las acumulamos, las guardamos y construimos alrededor de ellas una pequeña certeza: esto es mío.
Pero basta un intercambio para que esa certeza se desarme.
Aquello que hasta hace unos segundos formaba parte de mi mundo comienza a circular por el mundo de otro. Y quizá allí aparezca otra de las magias del trueque: las cosas dejan de ser únicamente posesiones y recuperan su condición de tránsito.
Circular también es producir valor.
Si esa circulación pudiera extenderse dentro de un territorio, el trueque dejaría de ser solamente una práctica entre individuos. Podría convertirse en una manera de activar aquello que una comunidad ya posee: objetos, conocimientos, oficios, tiempo, capacidades.
No se trataría solamente de tener.
Se trataría de participar.
El territorio también puede fabricar aquello que luego intercambia.
Una comunidad podría organizarse alrededor de determinados saberes, materiales y capacidades. Un municipio fabricar instrumentos musicales. Otro producir libros. Otro desarrollar alimentos, herramientas o conocimientos específicos. Entonces el intercambio ya no ocurriría solamente entre individuos, sino también entre territorios capaces de reconocer lo que cada uno sabe hacer.
Tal vez su fuerza esté precisamente en no pretender reemplazarlo todo, sino en abrir una circulación allí donde antes sólo veíamos carencia, propiedad o dinero.
La pregunta cambiaría.
Ya no sería solamente cuánto posee un territorio, sino qué es capaz de producir, ofrecer y hacer circular.
Porque un territorio también puede descubrir su riqueza cuando encuentra algo para darle al otro.
Tal vez allí aparezca la verdadera potencia del trueque.
Al alterar una dinámica económica que parecía natural, también se desestabilizan los vínculos que esa dinámica había organizado. Ya no alcanza con saber cuánto cuesta algo. Hay que saber qué necesita el otro, qué puede ofrecer, qué sabe hacer y qué somos capaces de producir juntos.
Entonces se abren relaciones que antes ni siquiera podían imaginarse.
Porque cambiar la forma en que circulan las cosas también modifica la forma en que circulamos nosotros.
