Las viejas causas

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Por José Mariano.

He visto a los mejores de mi generación
llegar tarde a todas partes,
besar a la persona equivocada,
dormir vestidos,
despertar en habitaciones que no recordaban
con una palabra todavía ardiendo en la boca.

Los he visto cambiar convicciones por salarios,
salarios por botellas,
botellas por promesas,
promesas por una noche
en la que alguien les dijera
que todavía eran hermosos.

Yo también estuve ahí.

Bebí cuando había que estar sobrio,
fui prudente cuando había que incendiarlo todo,
amé con cobardía,
traicioné por cansancio,
dije sí queriendo decir nunca
y dije nunca
cuando hubiera dado la vida por cinco minutos más.

Conozco los infortunios de la virtud.

Los hombres buenos también mienten.
Las mujeres valientes también huyen.
Los revolucionarios pagan impuestos.
Los poetas miran el precio del whisky.
Los amantes revisan el teléfono mientras aman.
Y alguno que juró morir por una causa
termina discutiendo por una cochera.

Así funciona el mundo.

O eso dicen.

Todo pasa
aunque parezca que nada está pasando.

Pasa el deseo por debajo de las puertas,
pasa el miedo de mano en mano,
pasa el dinero,
pasa el poder,
pasan los gobiernos y sus fotografías,
pasan los cuerpos que una noche creímos eternos,
pasa la juventud haciendo un ruido extraordinario
y después
ni siquiera se despide.

Pero algunas cosas no pasan.

Eso tardé años en entenderlo.

No pasa aquella canción
que escuchamos borrachos a las cuatro de la mañana
cuando todavía creíamos
que podíamos cambiar el mundo.

No pasa la primera injusticia
que nos hizo apretar los dientes.

No pasa el nombre del amigo muerto.

No pasa una mano
cuando fue la única mano.

No pasa la rabia
cuando aprendió a pensar.

Y no pasan ciertas palabras.

Libertad.

Igualdad.

Deseo.

Justicia.

Rebelión.

Palabras viejas,
gastadas por ministros, profesores, publicistas,
generales y vendedores de teléfonos,
palabras prostituidas en discursos
que ya nadie escucha.

Pero decilas otra vez.

Despacio.

Como quien encuentra un arma enterrada.

Libertad.

Todavía corta.

Justicia.

Todavía duele.

Rebelión.

Todavía hay alguien
que levanta la cabeza.

Las viejas causas no mueren.

Las abandonamos.

Quedan debajo de las cosas,
esperando que alguien vuelva a pronunciarlas
sin vergüenza.

Tal vez una revolución empiece así:

dos desconocidos hablando en una cocina,
una mujer que decide no obedecer,
un hombre que vuelve caminando solo
y comprende de golpe
que ha vivido demasiados años
según los deseos de otros.

Nada heroico.

Una pequeña desobediencia.

Después otra.

Después alguien abre una ventana.

Porque también he visto la embriaguez del poder.

He visto hombres mediocres entrar en habitaciones
y esperar que todos dejaran de respirar.

He visto al dinero comprar silencio,
al miedo comprar inteligencia,
a la comodidad comprar rebeldes.

Y he visto algo mejor:

he visto a alguien decir no.

Una sola sílaba.

No.

Y durante un segundo
todo el edificio tembló.

Por eso todavía bebo
por las causas perdidas,

por los amores que terminaron mal
pero fueron verdaderos mientras duraron,

por quienes conservaron una pregunta
cuando todos vendían respuestas,

por los que todavía sienten vergüenza
frente a la injusticia,

por los que llegan tarde,

por los que fracasan,

por los que vuelven,

por quienes alguna noche
miran alrededor
y descubren que la vida que les prometieron
era demasiado pequeña.

Brindo por ellos.

Y por nosotros,
aunque todavía no sepamos quiénes somos.

Que venga entonces la noche.

Que traiga sus excesos,
sus contradicciones,
sus cuerpos,
sus derrotas.

Ya hemos sobrevivido a otras.

Mañana tendremos resaca.

Mañana volverán las cuentas,
los ascensores,
las oficinas,
los hombres importantes,
las pantallas encendidas,
la obediencia perfectamente administrada.

Pero esta noche recordamos algo.

Algo mínimo.

Algo peligroso.

Todavía podemos nombrar las cosas.

Y mientras quede una palabra
que no hayan conseguido vaciar,

mientras alguien la pronuncie
y otro la escuche,

mientras una vieja causa
encuentre una boca nueva,

que nadie venga a decirnos

que todo está perdido.

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