Por Leonor Benedetto.
Acabo de leer, en un renombrado periódico europeo, (creo necesario aclarar la seriedad de la fuente para desechar las sospechas en la que cae en estos tiempos cualquier artículo de divulgación de que ha sido manufacturado por una habilidad no humana), que un grupo de estudiosos del andar de la raza humana sobre el planeta, entre los que se contaban historiadores, antropólogos, geólogos y hasta anatomistas, con el propósito de determinar el por qué habría sido elegido el cuerpo masculino y sus andanzas, cómo testigo y modelo de comportamiento de cuánto estudio se ha realizado hasta el presente para sacar conclusiones acerca de todo lo hecho por la Humanidad en el pasado. Y lógicamente, las conclusiones han sido tan parciales cómo que han dejado a la mitad de la población del planeta afuera de la estadística.
Después de sesudas deliberaciones parece que se hizo la luz y han concluido que la causa del olvido de la ingente masa femenina que ha convivido con la masculina desde el principio de los tiempos ha sido el tipo de materiales usado por las mujeres en sus quehaceres cotidianos. Mientras ellos tallaban piedra para flechas, ellas fabricaban cestas para recoger hojas, semillas y frutas, y convertían pieles de animales en abrigo, materiales altamente perecederos.
Aceptada esa teoría válida para esas remotas alboradas iluminadas por un fuego recién nacido que entibiaba una vida de carencias. Aunque hay verdad en esa idea de lo perecedero. Nada más perecedero que la vida humana, nada más frágil, nada más azaroso. Y es precisamente vida humana lo que proveen las mujeres al mundo.
Pero como la evolución de la especie no es lineal, y lo que escribo tampoco, me permito un salto temporal para imaginar el momento en que un sapiens, mirando un horizonte azul, con frío y hambre, posó su mirada en una planta comestible y fue capaz de suponer que si lograba multiplicarla acabaría con el hambre de su tribu y supo que acababa de descubrir la agricultura.
¿Se dio cuenta de que lo ocurrido en su cerebro era una idea? Las ideas, ¿son perecederas? Pocas cosas más imperecederas que una idea. Permanecen, inmóviles, tozudas, obcecadas. Las buenas y las malas, y mucho después de que el humano que les dio origen habite un camposanto.
Y hete aquí que estamos, último polvo cósmico de la evolución, jugando a la mancha venenosa con la posibilidad del exterminio. Lo perecedero cambia de forma y de fondo, contempla la búsqueda, la duda, la promesa y la posibilidad de la conciencia. Lo imperecedero maneja la certeza, lo que no cambia, lo que permanece. De nosotros depende.
P/D.1) “Para encontrar algo más profundo hay que dejar de aferrarse a lo que ya conocemos”.
P/D.2) “No se trata de renunciar a vivir, sino de renunciar a que una cosa particular- incluso una imagen de Dios- se convierta en aquello que sostiene nuestra existencia”.
P/D.3) “La propia Noche oscura del Alma conduce hacia la luz”.
San Juan de la Cruz (1542-1591)
