Por Hugo Robles Lama.
La pincelada china
Dedicado a Marcelo Figueroa uno de los mejores dibujantes de embarcaciones y pequeños viajeros.
Llego al estudio de la calle Reconquista un martes a la noche, cuando el frío ablanda la grasa de los bodegones y los colectivos hacen retumbar las persianas de hierro. Chen me espera con una botella de ginebra barata y dos monitores encendidos en la penumbra. En uno corre un río de tinta digital que no termina nunca; en el otro, una línea de cascos negros avanza sobre una multitud de píxeles borrosos.
—Te llamé porque la calle se quedó sin poesía —dice Chen sirviendo dos vasos picados.
Le pregunto de qué me habla. Chen es un tipo flaco de ojos rojos y nostalgia de imperios caídos. Dice ser pariente lejano de Zhu Rouji, conocido en la historia del arte como Shitao, el príncipe de la dinastía Ming que prefirió hacerse monje errante antes que someterse a los invasores manchúes.
En la pantalla derecha corre el videojuego táctico “Riot: Civil Unrest». Me muestra cómo la movilización de manifestantes se aprieta contra las vallas en una avenida convulsa.
—Su creador, Leonard Menchiari, vivió las cargas policiales en Italia y volcó ese trauma en un simulador de protestas reales —explica Chen encendiendo un cigarrillo ordinario—. Lo terrible de ”Riot: Civil Unrest» es que no te deja elegir un bando moralmente superior. Si te ponés del lado de los uniformados, tu único oficio es aguantar la posición y rogar que a nadie le tiemble el pulso, consciente de que un garrotazo de más te deja servido en los titulares de la mañana. Del otro lado del vallado, al frente de la protesta, entendés en un segundo lo rápido que la masa se desborda cuando el pánico masticado se transforma en rabia. Menchiari apela a un pixel art brumoso para meterte de lleno en la claustrofobia y el caos de la calle, dejando en claro que apretar un gatillo o tirar una molotov es siempre la decisión más estúpida. Este juego no nació para entretener a nadie, sino para plantarte un espejo crudo que te recuerde lo fino que es el hilo de la paz social cuando la incomunicación gana la partida.
En el monitor izquierdo, la escena transcurre en calma. Un rollo de pintura tradicional avanza de derecha a izquierda dibujando cimas, pinos y riachuelos entre la niebla.
—Este es “Shan Shui Infinite» —dice Chen tecleando en su terminal—. Es una obra del programador Lingdong Huang escrita en JavaScript puro. Lingdong se inspiró en los rollos del siglo XIV, como “Morada en las montañas Fuchun” de Huang Gongwang. Mediante código abierto bajo licencia MIT, Huang transformó el arte chino clásico en gráficos vectoriales procedimentales. Cada montaña nace como una curva de coseno multiplicada por ruido Perlin. El algoritmo evalúa la elevación y, si supera un límite programático fijado en el código, levanta picos de piedra; si no, deja brotar árboles, pabellones, embarcaciones y pequeños viajeros.
Es la definición exacta del paisaje posible: el lienzo eterno generado en el navegador donde cada semilla matemática pinta una obra irrepetible que rueda infinitamente.
—Se parece al Tao —digo yo, recordando un libro ajado que guardo en el abrigo. El hálito primordial que se despliega en los principios complementarios del yin y el yang, dejando el vacío mediano como espacio activo de creación.
Chen toma un trago largo y saca de un cajón una lámina desplegable.
—Mi antepasado Zhu Rouji, huérfano tras la caída de su familia en 1644, escribió el tratado “Palabras sobre la pintura del monje melón amargo». Allí formuló la teoría del gesto único o pincelada inigualable. En su obra maestra de 1671,”El monje Ginting en otoño», Shitao demostró que una sola pincelada contiene el comienzo y el fin de las diez mil cosas. Es la célula viva de la composición, capaz de traducir la visión espiritual al conectarse con el Tao.
En esa traza irrepetible ejecutada a mano alzada y sin apoyar el brazo sobre la mesa, reside la respuesta que la computadora busca a ciegas. Basta cargar el pincel de pelo de lobo o cabra para sintetizar el universo entero en papel de arroz.
—El gesto único es lo opuesto al algoritmo de Lingdong Huang —reflexiona Chen—. La máquina repite cálculos; la pincelada inigualable ocurre una sola vez y rechaza el remiendo. La tinta diluida y la palidez insípida exigen una entrega donde no hay margen para corregir el error.
Nos quedamos en silencio. Afuera, en la noche porteña, suena la sirena lejana de un patrullero.
—En el fondo —concluye Chen—, la protesta de Menchiari y la pintura de Shitao buscan romper el cerco. El manifestante y el monje intentan transformar la realidad.
—¿Y cuál triunfa? —pregunto arropándome con el abrigo gastado.
Chen apaga el juego de Menchiari y deja el algoritmo de Lingdong Huang corriendo en la penumbra.
—Ninguno, pibe —contesta cerrando la botella—. En este mundo triste, los dos bandos se van con las manos vacías y los paisajes infinitos se esfuman en cuanto se corta la luz.
