Por Marcelo Velasco.
«El exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma»
Byung-Chul Han
El filósofo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describe una transformación de nuestro tiempo: dejamos de vivir únicamente bajo mandatos externos para convertirnos también en nuestros propios exigentes supervisores. Ya no necesitamos que alguien nos ordene permanentemente producir más, mejorar o superarnos. Hemos aprendido a hacerlo por nuestra cuenta.
Y quizás allí se encuentre una de las contradicciones más profundas de nuestra época: creemos que somos libres porque podemos elegir qué queremos ser, pero rara vez nos preguntamos si también somos libres para no querer ser extraordinarios.
Desde pequeños escuchamos que podemos llegar a ser lo que nos propongamos. La frase parece inofensiva, incluso necesaria. Nos invita a confiar en nuestras capacidades, a esforzarnos y a no resignarnos frente a las dificultades. Sin embargo, detrás de esa promesa se esconde una pregunta difícil: ¿qué sucede cuando hacemos todo lo posible y, aun así, no alcanzamos aquello que imaginábamos?
Durante mucho tiempo, el éxito fue una posibilidad. Hoy parece haberse convertido en una obligación.
Ya no alcanza con tener un trabajo, formar una familia, cultivar amistades o disfrutar de una vida relativamente tranquila. Debemos progresar, emprender, reinventarnos, aprender constantemente, demostrar resultados y, si es posible, compartirlos. La vida dejó de ser solamente una experiencia para convertirse también en una especie de currículum que necesita actualizarse.
Las redes sociales profundizaron esa transformación. Allí cada persona puede construir una versión cuidadosamente seleccionada de su existencia. Vemos viajes, ascensos, cuerpos perfectos, emprendimientos exitosos, familias felices y logros personales. Lo que casi nunca vemos es la incertidumbre, el cansancio, las dificultades económicas, los conflictos familiares o esos días en los que simplemente no ocurre nada digno de ser contado.
Y entonces comenzamos a comparar nuestra vida completa, con todas sus imperfecciones, con los mejores momentos de la vida de los demás.
El problema no está en que alguien comparta sus logros, celebrar el esfuerzo ajeno también es una forma de reconocerlo. La dificultad aparece cuando esa exhibición permanente termina estableciendo un modelo de existencia frente al cual todo lo demás parece insuficiente.
Quien no viaja siente que se está perdiendo el mundo. Quien no emprende cree que carece de ambición. Quien no asciende interpreta que se ha quedado atrás. Incluso quien decide descansar puede experimentar la sensación de estar desperdiciando el tiempo.
Hace no mucho tiempo conversaba con un vecino que llevaba décadas abriendo su negocio a la misma hora cada mañana. Nunca había fundado una empresa tecnológica, jamás dio una conferencia motivacional y probablemente nadie escribirá un libro sobre su trayectoria. Sin embargo, conocía por su nombre a buena parte de sus clientes y había logrado algo cada vez menos valorado: construir una vida estable y un vínculo genuino con su comunidad.
Mientras lo escuchaba, pensé que su historia difícilmente captaría la atención de un algoritmo… y sin embargo, había algo profundamente valioso en ella.
Tal vez una parte del problema sea que hemos comenzado a admirar más lo excepcional que lo significativo.
Hemos llegado a un punto en el que hasta el descanso necesita justificarse por su utilidad. Dormimos para rendir mejor, caminamos para reducir el estrés, leemos para desarrollar habilidades y buscamos momentos de silencio para recuperar la productividad. Pareciera que ninguna actividad puede tener valor por sí misma. Todo debe servir para algo más. Hasta el ocio corre el riesgo de convertirse en otra tarea pendiente.
Hay una diferencia que conviene recuperar: crecer no es lo mismo que competir permanentemente. Superarse puede ser una aspiración legítima. Vivir convencidos de que nunca somos suficientes es otra cosa.
Una sociedad que estimula el aprendizaje, la creatividad y el esfuerzo puede abrir oportunidades. Pero cuando esos valores se transforman en exigencias ininterrumpidas, el desarrollo personal comienza a parecerse demasiado a una carrera en la que nadie sabe exactamente dónde está la meta.
Tampoco todos parten del mismo lugar. No todos cuentan con las mismas oportunidades ni enfrentan las mismas dificultades. Sin embargo, buena parte del discurso contemporáneo sobre el éxito insiste en presentar los resultados como una consecuencia casi exclusiva de la actitud individual.
Si alguien triunfa, atribuimos el resultado a su esfuerzo. Si fracasa, buscamos la explicación en su disciplina, su mentalidad o su motivación.
Con frecuencia, quien no logra progresar económicamente carga con una doble condena: las dificultades materiales y la sensación de haber fallado. El joven que no consigue independizarse, el trabajador que no llega a fin de mes o quien atraviesa una crisis familiar no solo enfrenta sus problemas… muchas veces también debe soportar el peso de sentirse responsable absoluto de ellos.
Quizás sería más útil preguntarnos menos qué hizo mal una persona y más qué circunstancias está atravesando.
Pero la cuestión no se agota en la desigualdad económica, también hay una pérdida cultural más silenciosa: hemos aprendido a mirar con cierta indiferencia aquellas vidas que no producen historias extraordinarias.
Tal vez el problema esté precisamente allí: confundimos visibilidad con importancia, reconocimiento con dignidad y éxito con sentido.
Pensemos en una docente que durante décadas acompaña a generaciones enteras de estudiantes. O en esa hija que reorganiza su vida para cuidar a sus padres cuando envejecen. O en quien trabaja cada día para sostener a su familia sin esperar reconocimiento alguno.
Probablemente ninguna de esas historias llegue a una portada, acumule miles de seguidores o se vuelva viral.
Sin embargo, cuesta sostener seriamente que tengan menos valor que aquellas que reciben atención pública.
No son necesariamente extraordinarias en el sentido que hoy atribuimos a esa palabra. Son, simplemente, profundamente humanas.
Existe, además, una paradoja que casi nunca advertimos: si todos estamos obligados a ser extraordinarios, lo extraordinario deja de ser excepcional y se convierte en una nueva forma de normalidad.
La exigencia, entonces, nunca termina. Siempre habrá alguien más exitoso, más joven, más reconocido, más preparado o aparentemente más feliz. La comparación se vuelve interminable porque el objetivo cambia constantemente.
Quizás por eso resulte necesario recuperar una idea sencilla: una vida no necesita ser admirada para ser valiosa.
Hablar del derecho a no ser extraordinario no significa defender la resignación, despreciar el mérito ni cuestionar a quienes persiguen grandes proyectos. Tampoco supone romantizar la precariedad o sugerir que las personas deban conformarse con condiciones de vida injustas. Significa reconocer que cada individuo debería contar con oportunidades reales para desarrollar sus capacidades, pero también con la libertad de decidir qué lugar quiere otorgarles al reconocimiento, a la ambición y al éxito.
Porque la libertad no consiste únicamente en poder aspirar a más. También debería incluir la posibilidad de considerar suficiente aquello que tenemos, sin sentir que estamos fallando frente a una expectativa colectiva.
No todo tiene que transformarse en una experiencia memorable. No todas las conversaciones deben dejar una enseñanza. No todos los proyectos necesitan convertirse en negocios. No todos los talentos deben producir dinero. No todos los momentos felices requieren una fotografía que los certifique.
Hay algo profundamente humano en aquello que no necesita exhibirse.
Quizás la verdadera conquista de nuestro tiempo no consista en llegar más lejos, producir más o conseguir la admiración de los demás, sino en recuperar la posibilidad de vivir sin sentir que nuestra existencia permanece constantemente bajo evaluación.
Después de todo, una vida puede ser sencilla sin ser insignificante, discreta sin ser mediocre y anónima sin carecer de sentido. Tal vez sea precisamente esa convicción la que pueda resguardarnos de aquello que Byung-Chul Han describe como el «infarto del alma» (depresión, agotamiento psíquico), una trampa en la que, tarde o temprano, casi todos terminamos cayendo sin advertirlo.
Y acaso la pregunta que deberíamos hacernos no sea cuánto estamos dispuestos a hacer para convertirnos en alguien extraordinario, sino en qué momento comenzamos a creer que ser simplemente alguien ya no era suficiente.
