Por Sergio G. Lizárraga.
A la memoria de mis padres y hermano Poroto.
La tierra seca,
Triste doncella estéril,
Ninguna flor.
Aún llovizna.
Envuelto en celofanes
Viene el paisaje.
La madrugada
Frota sus alas blancas
En mi ventana.
Pájaro herido,
Y …aún sus alas rotas
Baten el aire.
Noche
A ratos,
la luna, galante, asoma
su radiante blancura
por detrás de las nubes
que inscriben en el cielo
sus puntos suspensivos…
Grillos desafinados
repiten como un eco
los recuerdos lejanos
de otras noches de luna
cuando la propia sombra
a ratos nos seguía
y a ratos caminaba a nuestro lado….
Es noche de nostalgias,
de los cuentos de hadas.
Es la noche perdida
detrás del ancho muro de la infancia.
Noche del alma…
Aurora
Hay un gajo de luna
Que se quiebra en los cerros.
Hay una suelta de raudas mariposas
Que sobrevuelan el humor de los esteros
Y unos ayes de quenas, lánguidos,
En el viento…
Hay una voz que llega
Lastimando el silencio
Con silabas de sombras
Que ruedan desde lejos.
Hay llamas misteriosas
Que cuelgan de los árboles
Y encienden en las ramas
Multitudes de rosas…
Y, mientras en el cielo
Las nubes desenredan
Su levedad de tul,
Las cenizas del alba
Vuelan hacia la luz…
“La tierra seca, / Triste doncella estéril, / Ninguna flor” … palabras que no se construyen como una queja sino más bien, como una poética, porque para María Argelia Aydar, la esterilidad puede ser una condición para la escritura, y el poema, por lo tanto, lo que queda cuando ya no se espera nada.
Brevedad, corte, despojo, versos que se abren a la luna personificada, a los grillos que repiten recuerdos, a las quenas que lastiman el silencio. La sintaxis se fragmenta, los versos respiran como jadeos. Hay una tensión entre lo mínimo y lo universal, entre la ventana y el cielo, entre la ceniza y la luz.
La escritora santiagueña, afincada hace décadas en Tucumán, incursionó en narrativa, teatro, ensayo y lírica. Esta destreza es tan notable como su generosidad, desplegada en años de docencia, y en particular, en la formación de una generación de escritores en los talleres literarios que tuvo a cargo en el colegio Gral. San Martín de Tafí Viejo. Su escritura, por lo tanto, no se detuvo en sus cuentos o poemas; se trasladó al aula, al taller, al libro para niños y jóvenes, y convirtió cada palabra en un gesto concreto. Enseñar a leer, a escribir, a sentir la poesía en contextos donde la palabra siempre es una urgencia, como una escuela, es contribuir a que la poesía sea una de esas luces que se resisten a la sequedad.
María Argelia del Valle Aydar nació en San Pedro de Guasayán, Santiago del Estero, y se trasladó a San Miguel de Tucumán en 1948. Fue profesora de Lengua y Literatura en el nivel medio, oficio que sostuvo a lo largo de su vida junto a la escritura.
Su obra abarca poesía, cuento, novela y teatro breve. Entre sus libros se cuentan El muro de cristal (1991, cuentos para adolescentes), Las cenizas del sueño (1993, poesía), El Secreto del Valle (novela sobre un niño huérfano de los Valles Calchaquíes), Un amigo que espera y Flores de mis desvelos. Recibió premios y menciones a nivel provincial, nacional e internacional.
