Por José Mariano.
Entrevista en 10 Actos a Manuel Ernesto Rivas y Daniel Posse
J.M.: En Territorios, el espacio geográfico del NOA deja de ser un fondo decorativo para volverse un cuerpo que asfixia, sangra o esconde crímenes. Manuel, tu narrativa se apoya en el suspenso y el policial negro; Daniel, la tuya en el realismo mágico y la densidad mítica de las ciénagas tucumanas. ¿Es el territorio del norte argentino una condena inevitable o el único refugio que les queda para resguardar la identidad?
Manuel Ernesto Rivas: Funciona como ambas cosas. En el policial que escribo, el territorio es una condena porque el aislamiento geográfico y el feudalismo político cronifican la impunidad. El cañaveral, el monte o el pueblo chico se vuelven cómplices del secreto. Pero a la vez es refugio: narrar ese dolor con nuestra propia voz, sin el filtro esteticista de Buenos Aires, es el único acto de soberanía cultural que nos queda. En mi caso escribo desde la contundencia, y lo que parecía ingenuo no lo es. En mis textos la ironía y el terror emerge como una causal y una consecuencia.
Daniel Posse: Yo no lo veo como condena, sino como un útero trágico. La humedad de Aguilares o el barro de la ciénaga son estados de la conciencia colectiva. El cuerpo del trabajador de la zafra o del desterrado está hecho de esa misma greda. Es refugio porque en el mito nuestra gente encuentra un lenguaje místico para procesar traumas históricos que la razón occidental o la justicia oficial no pueden o no quieren explicar. Como también la desilusión partidaria y el engaño emergen como parte de un mecanismo cotidiano.
J.M: Las violencias en sus relatos tienen naturalezas distintas. Manuel desnuda la corrupción, el crimen y las redes de poder local; Daniel invoca fuerzas ancestrales y apariciones. ¿Cómo dialoga la violencia social del presente con la violencia mítica de la tierra?
Manuel Ernesto Rivas: En el norte, el crimen rara vez es el acto aislado de un psicópata; es sistémico, casi institucional. Nace del murmullo y del miedo heredado. El suspenso en mis cuentos estira ese silencio social hasta que se vuelve insoportable. La geografía tucumana ofrece las sombras perfectas para enterrar verdades cotidianas. Los miedos en mis textos son arte y parte esencial en el cuerpo del relato.
Daniel Posse: La violencia mítica es la respuesta de la tierra a la injusticia social que denuncia Manuel. Cuando el terrateniente o el monopolio aplastan al hombre, el territorio engendra sus propios monstruos de justicia: el Perro Familiar, las luces malas, las ánimas. No son supersticiones para turistas; son la manifestación de que la sangre derramada en el surco tiene memoria y reclama su lugar. Creo que los textos de Manuel poseen esa violencia desde una cotidianidad de apariencia inocente, pero no lo son. Mis textos lo hacen desde una visceralidad que grita y que construyen y deconstruyen ese grito y sus propios ecos.
J.M.: Daniel, vos vivís en Buenos Aires manteniendo un cordón umbilical intacto con Tucumán; Manuel, vos militás la escritura y la edición desde el propio suelo tucumano. ¿Se escribe el mismo territorio desde la distancia del desarraigo que desde la inmediatez del calor local?
Daniel Posse: La distancia purifica el lenguaje; le quita el costumbrismo del día a día y deja la médula lírica, el dolor del desgarro para mi. Vivir en Buenos Aires me obliga a hacer una arqueología de la memoria para no diluirme en la masa rioplatense. Escribo desde el hambre de paisaje.
Manuel Ernesto Rivas: El peligro de quedarse es naturalizar el dolor o el paisaje. Mi escritura se nutre de la inmediatez: el olor a bagazo en las épocas de zafra, el calor agobiante, la corrupción que ves en el diario local todas las mañanas. La alianza con Daniel equilibra el mapa de Territorios: su mirada mítica y nostálgica complementa mi pulso urbano y descarnado.
J.M.: El habla tucumana suele ser encasillada por el centralismo cultural como «humorística» o «arcaica». ¿Cómo operan el fraseo, el ritmo y el léxico del norte en la construcción de una literatura de alta densidad dramática en sus textos?
Manuel Ernesto Rivas: Usamos el lenguaje local como un bisturí, no como un chiste. En el policial, el habla norteña sirve para construir la tensión psicológica del sospechoso, el laconismo del paisano que sabe demasiado y prefiere callar. Es recuperar el derecho a nombrar la tragedia con nuestra propia fonética.
Daniel Posse: Para mí, el habla del NOA es una lengua sagrada y herida. En la oralidad de los viejos, en el fogón, hay un ritmo poético que el canon literario porteño desconoce. Escribir metiendo el barro y el fraseo local en la sintaxis es un acto de sabotaje estético. Desafiamos la pulcritud de la biblioteca rioplatense. Creo que debemos dejar de creer que hablar con el acento rioplatense es mejor que nuestros tonos y acentos. Por lo menos yo intento mostrar ese tono, ese acento y al mismo tiempo universalizarlo. Quizás en esto influye mi profesión de comunicador.
J.M.: El NOA fue el laboratorio del terror de Estado antes y durante la última dictadura (con el Operativo Independencia en Tucumán). ¿De qué manera esa memoria traumática sigue brotando en los «territorios» que ustedes narran hoy?
Manuel Ernesto Rivas: Las estructuras de impunidad que permitieron la desaparición de personas no se disolvieron del todo; mutaron en mafias locales, trata o redes criminales modernas que yo retrato en mis ficciones de suspenso. El pasado represivo dejó un miedo estructural en las calles del interior.
Daniel Posse: En mis relatos, los desaparecidos y los despojados de la dictadura vuelven como presencias fantasmáticas o humedades que reclaman justicia en las ciénagas. El monte tucumano quedó preñado de cuerpos y de dolor; la literatura no puede mirar para otro lado. El fantasma norteño es un hecho político.
J.M.: En los pueblos del interior argentino suelen convivir un fuerte conservadurismo religioso y pasiones subterráneas desatadas. ¿Cómo abordan el cuerpo, el deseo y el pecado en una literatura que brota de comunidades tan vigiladas por la mirada del prójimo?
Manuel Ernesto Rivas: El pudor provinciano es el motor perfecto para el policial psicológico. Lo reprimido siempre vuelve en forma de crimen, de extorsión o de locura. Mis personajes urbanos se debaten constantemente entre la fachada moral que le muestran al pueblo y las bajezas oscuras que cometen en la clandestinidad.
Daniel Posse: En mi obra, el cuerpo es naturaleza; se funde con el monte y el río. El deseo rompe el mandato de la Iglesia local y adquiere dimensiones paganas, casi salvajes. El pecado no se vive con la culpa occidentalizada del centro del país, sino con la fatalidad trágica de quien responde a un llamado de la tierra o del destino. Esa ruptura del mandato se hace desde una naturalización y búsqueda de la sobrevivencia.
J.M.: Manuel, tu producción solista incluye La abominación de los espejos, y en Territorios el doble y el engaño visual siguen vigentes. ¿Por qué el espejo es un elemento tan perturbador cuando se aplica a la realidad social del interior argentino?
Manuel Ernesto Rivas: Porque el interior vive sumergido en un simulacro: la ilusión de que «acá no pasa nada», de que somos una comunidad pacífica y tradicional. El espejo en mi literatura no refleja la realidad de manera limpia; la distorsiona para mostrar el monstruo oculto detrás de las buenas costumbres. El doble es la contracara criminal que todos intentan negar.
J.M.: Daniel, las ciénagas y los terrenos pantanosos son una constante en tu poética. ¿Qué es lo que verdaderamente se hunde y qué es lo que flota en tus pantanos literarios?
Daniel Posse: En la ciénaga se hunde el tiempo lineal y la soberbia humana del progreso. La ciénaga es el espacio donde el pasado no pasa; queda suspendido, pudriéndose o germinando en secreto. Lo que flota son los mitos y las verdades incómodas que el pueblo intentó sepultar. Es el terreno de la resistencia porque no se deja pavimentar fácilmente por la modernidad.
J.M.: En un ambiente literario global dominado por el individualismo y el ego del autor, ustedes deciden fusionar sus estilos en una antología compartida. ¿Cómo negociaron estéticamente el cruce entre el policial urbano de Rivas y la prosa mítica de Posse sin bastardear la identidad de ninguno?
Manuel Ernesto Rivas: No hubo que negociar, hubo que dialogar. Entendimos que el NOA no es homogéneo: conviven la terminal de ómnibus ruidosa de la capital tucumana y el silencio espeso del cerro. Al juntar nuestras miradas, Territorios se convirtió en una cartografía completa, demostrando que el crimen y el mito son dos caras de la misma moneda norteña.
Daniel Posse: Fue un ejercicio de despersonalización y hermandad. Dejamos de lado las vanidades para construir un manifiesto estético. Mis ciénagas necesitaban del cable a tierra y la tensión que Manuel maneja con maestría; su realismo urbano cobraba otra dimensión al rozarse con mis fantasmas. Es un puente orgánico.
J.M.: Publicar Territorios a través del sello Letras de Fuego es un posicionamiento político explícito. ¿Es posible ganarle la batalla de la visibilidad al monopolio editorial rioplatense, o este libro es un mensaje en la botella destinado a la resistencia periférica?
Manuel Ernesto Rivas: No escribimos para pedirle permiso a Buenos Aires ni para que nos validen en un suplemento cultural del puerto. Escribimos para construir nuestro propio mercado de ideas y distribución en el Norte Grande. La autogestión editorial es la única forma real de ejercer la soberanía cultural.
Daniel Posse: Es un grito de guerra estético. Demostramos que nuestras provincias (Tucumán, Salta, Catamarca, Santiago, etc) no necesitan intermediarios culturales para dialogar con el mundo. Territorios no es un mensaje de auxilio en una botella; es un hito de piedra plantado en el mapa que avisa que acá hay una literatura viva, universal y que no se va a dejar colonizar por las lógicas comerciales del mercado porteño. Para poder hacer esto que intenta hacer Territorios, fue necesario además hacer una alianza estratégica con una editorial de Buenos Aires, que posee una trayectoria a nivel nacional e internacional, como lo es Nuestra América.
