Por Daniel Posse.
El rugido de las chimeneas del Ingenio Santa Ana parecía acoplarse aquel lunes al entusiasmo que bajaba desde los cañaverales. No era una zafra cualquiera; las elecciones presidenciales acababan de celebrarse y el pueblo obrero de las colonias todavía arrastraba el cansancio de una jornada histórica. Cuando los delegados del sindicato terminaron el recuento en la mesa de la administración, la noticia corrió por los callejones como un reguero de pólvora y se transformó en leyenda federal: en Santa Ana, Juan Domingo Perón había ganado con el cien por ciento de los votos. No había quedado una sola boleta en blanco, ni un solo sufragio para la oposición; hasta el último pelador de caña, el último conductor de zorras y el peón más viejo del trapiche habían sellado su lealtad con el conductor en las urnas.
La noticia llegó a los despachos de la Casa Rosada y, pocas semanas después, un telegrama oficial con el sello de la Presidencia de la Nación interrumpió la molienda. El mismísimo General, conmovido por la contundencia de aquel pueblo azucarero que le había ofrendado una votación perfecta, enviaba una recompensa para los «privilegiados» del norte. El veredicto de Perón fue directo: un pueblo que votaba con semejante unanimidad merecía un templo para su pasión más grande. El Estado nacional financiaría la construcción de un estadio de fútbol moderno para el Club Atlético Santa Ana, con tribunas de cemento, vestuarios de primer nivel y un sistema de iluminación que desafiaba la oscuridad de la yunga y el cañaveral.
Sin embargo, para los ojos más agudos, todo aquel despliegue oficial comenzó a revelar una naturaleza extraña. Se transformó en una suerte de función de circo montada en medio del pedemonte. La imponente estructura de cemento que se levantaba entre los cañaverales parecía la carpa de un espectáculo ambulante; una distracción idónea diseñada para que el peón olvidara el rigor diario. El fútbol operaba entonces como una analogía precisa de la vida en el feudo. Eran noventa minutos de una batalla reglamentada donde se permitía correr, gritar y simular una libertad aparente, solo para regresar, al sonar el silbato final, a la rigidez del surco y a la molienda implacable. Era el gran teatro del entretenimiento actuando como anestesia social.
El día de la inauguración, aquel despliegue político y deportivo adquirió un sentido completamente nuevo ante la mirada de la peonada de Santa Ana. Los hombres y mujeres que colmaron las tribunas no eran espectadores pasivos de una farsa; entendieron el estadio como su propia arena de resistencia. Frente a la opresión histórica que los Hileret habían fundado y que las sucesivas administraciones continuaban perpetuando, los obreros transformaron el regalo presidencial en su propio territorio liberado. En cada ovación, en cada pelota disputada con el alma sobre el césped y en el festejo ensordecedor de los goles, el pueblo humillado convertía el circo del poder en un acto de dignidad colectiva, arrebatándole el control de la alegría a la patronal para celebrar que, al menos en esa cancha, ellos eran los únicos dueños de su propio destino.
